Análisis de El otro cielo, un cuento de Cortázar

Reseña de El otro cielo - relato de Cortázar
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El otro cielo, publicado inicialmente en 1966, es uno de esos relatos de Cortázar que, además de ahondar en el sentir de un personaje humano, en la dialéctica de sus conductas, está escrito de una manera tal que incrementa esa sensación de sumergirse en el alma del personaje. El lector asiste a un tipo de confesión profunda del personaje principal consigo mismo. En el cuento, él entra y sale de un mundo familiar, moralmente correcto, y otro mundo, caracterizado por la vida en la calle, los cafés, el vino y el amor por fuera de la familia. Esta oscilación también es espacial y temporal: el personaje está en París y en Buenos Aires, está en los años de la Segunda Guerra Mundial, está en los años de la Guerra Franco Prusiana de 1870 y está durante la dictadura militar en Argentina, pero nada de esto se le advierte al lector, lo cual aumenta la intriga en el relato.

Es fácil que el lector inadvertido y poco golpeado por la literatura no siga la pista durante toda la narración. Como en otros relatos de Cortázar, aquí el lector también tiene otro grado de participación frente a la combinación de realidades y puertas invisibles que se abren sin que la narración lo haga explícito. En otros cuentos como en Todos los fuegos el fuego, por ejemplo, también se ve cómo en la literatura de Cortázar coexisten diversos universos, unidos por alguna característica. En El otro cielo, el puente que une esos distintos tiempos y lugares es el lugar, simbólico, del pasaje.

En El otro cielo, un corredor de bolsa recuerda un mundo urbano, el barrio de las galerías, aquellos pasajes cubiertos, que de adolescente le habían imantado. Cortázar incluye en este barrio el Pasaje Güemes (existe uno en Buenos Aires), la Galerie Viviene, le Passage des Panoramas (estos dos existen en París), entre otros lugares. El corredor de bolsa narra su verdadera pertenencia a esos lugares, en los que el vino, el humo, la amistad y, en su caso, el amor del submundo encarnado en la prostituta Josiane, le hacían sentirse él mismo, cómodamente él mismo. El barrio urbano, con galerías cubiertas que tienen otro tipo de cielo, portales, bulevares, buhardillas, cafés, celebraciones nocturnas y miedo es el mundo que recuerda con nostalgia. Este mundo de los pasajes, característico de la ciudad moderna recuera al Libro de los pasajes de Walter Benjamin (“París, capital del siglo XIX” escribió Benjamin). En la galería acristalada pasea el hombre moderno, el poeta maldito que era Baudelaire y que también habló de esa actitud de espectador ocioso y paseador por la ciudad.

El narrador se recuerda en ese barrio así: “Todavía hoy me cuesta cruzar el Pasaje Güemes sin enternecerme irónicamente con el recuerdo de la adolescencia al borde la caída; la antigua fascinación perdura para siempre y por eso me gustaba echar a andar sin rumbo fijo, sabiendo que en cualquier momento entraría en la zona de las galerías cubiertas donde cualquier sórdida botica polvorienta me atraía más que los escaparates tendidos a la insolencia de las abiertas”. En los pasajes el corredor de bolsa había encontrado la vida sin las ataduras a las formas sociales, siendo él sin poses. En su vida “oficial”, tiene a su madre y una buena novia, Irma, que no entiende por qué le gusta vagar por esos barrios: “jamás se me ocurriría hablarle de lo que realmente cuenta para mi” confiesa el corredor de bolsa, del cual no conocemos su nombre, solo que es sudamericano. También reflexiona esto: “[…] mi verdadero reposo estaba en otra parte […] volví a la ciudad y caminé hasta agotarme, con la camisa pegada al cuerpo, sentándome en los bares para beber cerveza, esperando no sé qué.”

Como lector he subrayado la frase “la antigua fascinación perdura para siempre”. Una sentencia que encuentro verdadera y que da una clave de lectura importante.

Se ha dicho que el gusto del personaje por ese mundo urbano y nocturno versus su vida de corredor de bolsa con novia y madre decentes representa dos personalidades en una lucha interna. Esto último me parece una interpretación psicológica muy superficial. Pero la dicotomía psicológica entre el deber y el querer, entre el deseo y la obligación, me parece una interpretación más acertada.

En esta obra, Cortázar muestra al Homo Sapiens que descubre un mundo más allá de lo normal, de la normalidad. Se trata del encanto de unirse a una tribu con otras reglas, hecha con otros amores, otros bienestares, otras felicidades. La tribu de los cafés, los bares, la noche, el amor único que ocurre en habitaciones muy transitadas. Es un relato sobre alguien que en el fondo quiere ser otro. Otro que había descubierto en su adolescencia a su doble vago, su doble libre y libertino, en exceso honesto y que todos tenemos, a veces muy despierto, a veces dominado y a veces en abierto conflicto. Un cuento de profundidad cortazariana.

Al final, cuando la guerra y el terror y aquel personaje oscuro y secreto que estrangulaba a las mujeres por la noche han cesado, se casa con su novia oficial y no con la prostituta. Espera un hijo y parece que seguirá el modelo regular y normal. No vuelve a ese barrio, la vida “decente” lo ha ganado, lo ha arrancado del bajo mundo y desde ese final es el que recuerda lo que ha sido narrado en el cuento. Creía que podía haber “reconquistado ese cielo”, pero todo el relato es la constatación de que no.

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Autor: julianbueno

Antropólogo, admirador de la literatura, la filosofía y el arte; escribir reseñas y análisis de libros es una manera de volver a ellos a través de nuestros apuntes. En Lectura-abierta.com todo el mundo está invitado a publicar sus experiencias de lectura.

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