Reseña de Panza de Burro, un libro de Andrea Abreu

En el panorama literario nacional del año pasado, la novela Panza de burro de la joven escritora canaria Andrea Abreu (1995) ocupó un lugar destacado entre las nuevas publicaciones. Desde la primera edición en junio (a finales de octubre ya eran siete) despertó un enorme interés como se vio muy pronto reflejado en las abundantes reseñas publicadas en medios de comunicación y en innumerables comentarios en las redes sociales.

Un éxito sorprendente y rápido, posiblemente debido a que cuenta una historia sencilla, natural y, sobre todo, muy humana, y no una fascinante fábula legendaria o fantástica. Dos preadolescentes en plena interacción con el mundo son las protagonistas, aunque una de ellas, la narradora Shit, es la principal.

Ambas están dejando atrás la niñez y, sin desprenderse totalmente de ella, se encuentran en un momento decisivo de sus vidas por las que navegan al compás de los dictados impuestos por la naturaleza, siguiendo sus propios impulsos sin fingimientos ni imposturas, con la ingenuidad propia de la edad, pero sin inconsciencia. Corresponde a un período corto de tiempo, un verano, durante el cual, día a día, van tejiendo la estructura de la novela a través de complejas relaciones originadas por circunstancias y vivencias compartidas. Durante ese período van descubriendo un mundo en el que surgen situaciones desconocidas frente a las cuales deben asumir compromisos y actuar en consecuencia.

Someterse a las imposiciones de las convenciones sociales les origina más de un conflicto, aunque el esfuerzo por romper tabúes les sirve para aceptar con resolución la diversidad de la naturaleza humana. Conocen y experimentan diferentes sentimientos amorosos, incluido el que manifiestan por la naturaleza y por los animales. Se sienten muy vinculadas a su tierra, a su lugar, y lo exteriorizan para mostrar la idiosincrasia de su pueblo, aunque a veces se sustente en profundas ataduras atávicas. Y en el ámbito personal, descubren la incontinencia del deseo al tiempo que sienten el despertar de una sexualidad ignorada hasta entonces, mientras son conscientes de las transformaciones de sus cuerpos. También conocen la cara más agradable de la vida, la fiesta, la diversión, el placer de disfrutar con sus gentes en su medio, sin embargo al final, como suele suceder en la vida auténtica, la crueldad de la tragedia arruina todo. Actúan más con el corazón que con la razón por eso expresan espontáneamente emociones y sentimientos contrapuestos entre los que destacan el amor, la ternura, la alegría, la tristeza, los celos, el odio, el miedo, la pena, la compasión, la culpa, el arrepentimiento, la frustración… en correlación con valores como la amistad, la solidaridad, la fidelidad, la generosidad, la sinceridad, el compromiso, la oposición a la discriminación y a la violencia…

Viven en un pueblecito del norte de Tenerife, «en medio del monte» desde donde se divisa el mar, en una ladera muy escarpada del ‘vulcán’, con la presión permanente de la ‘panza de burro’ ocultando el sol, y se extiende hasta «la casa de doña Carmen […] el límite del mundo», del suyo porque saben que más allá hay otro del que tienen referencias directas y lo ansían: «timaginas haber nacido en la playa?», le dice Isora a Shit con añoranza. En realidad no es un territorio hostil pero les limita bastante sus anhelos de libertad para salir de su entorno. Sin embargo, no son conscientes de que están inmersas en el mundo global, en un universo compartido por millones de personas en el que ellas disfrutan jugando a las ‘barbis’, ‘pokémon’, ‘guenboi’, ‘beiborn’; comiendo ‘risketos’, ‘gusanitos’, ‘sangüi’; bebiendo ‘sevená’, ‘fanta’; deslumbradas por los impresionantes ‘bemeuves’ que circulan por las empinadas cuestas; escuchando al grupo ‘Aventura’ en un mp3; admirando a Shakira y a Jennifer López; siguiendo series de televisión como ‘El diario de Patricia’, ‘Jómer de los Sinson’ o ‘Pasión de gavilanes’; atraídas por la vida de relax de los ‘guiris’, y descubriendo el poder de comunicación del ‘mésinye’; todo ello durante el verano de las «Torres Gemelas».

Sin trama, y apenas con un intriga muy débil, los hechos se encadenan mediante capítulos breves que corresponden a episodios de una relación basada en una dependencia recíproca; sin embargo, el estilo muestra la característica más sobresaliente de la novela. Se trata de un relato oral, una novela para escuchar o para leer en voz alta, muy próxima a un diario, narrado por la protagonista principal con su registro propio: el habla coloquial. Un lenguaje vivo, enérgico, espontáneo, directo, franco, impulsivo, con cierto ritmo musical y en un tono grave, que impacta en el lector porque es extremadamente fonético. Y los es porque son abundantes las transcripciones de palabras y expresiones que emplea (‘secsi’, ‘dosientos’, ‘güevos’, ‘kinkis’), incluso incumpliendo normas ortográficas (como en los capítulos sin signos de puntuación), o recurriendo al lenguaje de las redes sociales («ola q tal? q ases? aqi aburrida y tu? y tu bn?» y a sonoras onomatopeyas (‘pipipipipipipipipipi). Además, tampoco respeta algunas normas gramaticales (‘fuistes’, ‘anduvistes’, ‘sanastes’, ‘perdonastes’, ‘habíamos niños de primero’), pero estas ‘licencias ortográficas y gramaticales’, que reflejan fielmente el habla real de las protagonistas, garantizan la verosimilitud del relato y acrecientan su condición literaria. Al uso del registro coloquial añade la singularidad de utilizar un lenguaje genuinamente canario mediante una gran variedad de palabras y de expresiones que constituyen la seña de identidad más inequívoca de su filiación geográfica, y que aportan una enorme riqueza expresiva, acentúan la oralidad y emocionan por la sensibilidad que transmiten. Los ejemplos abundan, uno muy significativo se aprecia en la frase recurrente y personal de Isora (la no narradora) cuando pide «un fisquito, namás». Además de ser auténticamente canaria, la convierte en un símbolo visible de la transgresión, de la voluntad de quebrantar con timidez, pero con mucha decisión, lo prohibido o lo no aconsejable como reflejo de una enérgica y resuelta personalidad tal como lo aprecia Shit: «Ella pensaba que la vida solo era una vez y que había que probar un fisquito». Esa presencia abundante de términos y expresiones canarias ha suscitado algunos comentarios por la dificultad de comprensión que pueden originar en lectores no isleños. Posiblemente sea cierto, pero la opinión mayoritaria coincide en señalar que se trata de un texto literario, un relato que representa una cultura autóctona con personalidad propia, en la que el conjunto de vocablos y expresiones componen una variedad del español que brinda la oportunidad de conocer otra realidad de nuestro ámbito lingüístico.

Por todo ello no debe extrañar el sorprendente éxito de Panza de burro, porque, como avancé al comienzo y ahora confirmo, se trata de una novela de ritmo ágil, espontánea, viva, muy humana, (¿atrevida?), que narra una historia con mucha naturalidad, sin sutilezas, ni máscaras, ni circunloquios, ni metáforas pero con símbolos muy elocuentes. Entre otros ‘mensajes’ se advierte con asombro que la candidez y la ingenuidad pueden actuar como impulsoras de la vida que fluye irremediablemente sin determinación. La autora ha demostrado un enorme talento para ofrecernos este relato conmovedor, vibrante, fiel e imaginativo a la vez, y de muy estimable calidad literaria. Confieso que me ha gustado, he disfrutado mucho leyéndola y mucho más releyéndola. Andrea Abreu ha comenzado un recorrido como novelista con muy buen pie, deseamos que lo mantenga en las próximas obras.

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