Literatura Española

Se conoce como literatura española a todas aquellas producciones literarias escritas en español, o en los cuatro idiomas principales del Reino de España: gallego, catalán, castellano y euskera. Aunque la literatura en lengua vernácula no se escribió hasta la Edad Media, en lo que hoy es España se escribieron textos en otros idiomas de gran importancia histórica y literaria por autores latinos que nacieron o vivieron en la Península Ibérica como Lucano, Marcial, Quintiliano y Prudencio, Séneca el Joven y Séneca el Viejo. Sus obras son anteriores al surgimiento de las lenguas romances modernas. Las mujeres también escribieron en la Península Ibérica durante la época romana: Serena, quien se cree que fue poeta; Pola Argentaria, la esposa de Lucano, quien se cree que ayudó a escribir su Pharsalia; y la poeta y filósofa estoica Teófila. Más tarde, los escritores musulmanes y judíos españoles establecieron importantes ramas en la literatura árabe y la literatura hebrea escrita en España. Por otra parte, la literatura de las antiguas colonias españolas en las Américas se trata por separado en la página literatura latinoamericana.

Las épocas y movimientos principales en la historia de la literatura española son:

Literatura Española en la Edad Media

Durante los comienzos de la invasión musulmana de la Península Ibérica, en el 711, el latín hablado ya había comenzado su transformación hacia la lengua romance. Las glosas del siglo X en los textos latinos manuscritos de los monasterios de San Millán de la Cogolla (La Rioja) y Santo Domingo de Silos (Burgos), contienen los primeros rastros de una lengua castellana vernácula ya bastante desarrollada.

Por otra parte, los primeros textos en léngua mozárabe (dialecto romance de los españoles que vivían bajo el gobierno musulmán) se han encontrado en escrituras en hebreo y en árabe y que se denominaban muwashshaḥs, poemas en forma de estrofa sobre el amor. El mozárabe se conoce gracias a las jarchas, estrofas finales de las Moaxajas, poemas cultos de la «iberia musulmana».

Las jarchas prueban que ya existía una poesía popular posiblemente desde el siglo X, y están relacionadas con la lírica tradicional española (por ejemplo, el villancico) de la Baja Edad Media y el Renacimiento. La jarcha era generalmente un canto de amor femenino, y el motivo era la pasión romántica que se desarrollaba durante todo el poema. En este sentido, hay una relación temática con las cantigas gallego-portuguesas de finales del siglo XII hasta mediados del siglo XIV. Las mujeres poetas de la región de Andalucía que escribieron en árabe durante los siglos XI y XII incluyen al-Abbadiyya y Ḥafṣa bint al-Hājj al-Rukuniyya; las más conocidas fueron Wallada la Omeya, Butayna bint ʿAbbād y Umm al-Kiram bint Sumadih, todas pertenecientes a la realeza.

La obra más antigua y extensa que se conserva de la literatura española es el Cantar de mio Cid: es un cantar de gesta, un poema de gestas heroicas donde se narran las hazañas del Cid (Rodrigo Diaz de Vivar). El cantar de gesta era un poema épico narrativo medieval, de contexto feudal, similar a la chanson de gesta francesa (la más importante en Francia es La Chanson de Roland), aunque con versos algo más largos en estrofas irregulares, cada una basada en una única rima recurrente. Otros cantares de gesta o narraciones heroicas parcialmente recuperadas son Los siete infantes de Lara, El cerco de Zamora y El cantar de Bernardo del Carpio.

El árabe tuvo una gran influencia en la prosa que se produjo en toda la península durante esta época. El aprendizaje de los idiomas orientales entró en la España cristiana con la reconquista de Toledo (1085), con lo cual la ciudad se convirtió en un centro de traducción de las lenguas orientales. 

A mediados del siglo XII, los cristianos ya habían recuperado Córdoba, Valencia y Sevilla. Durante esta época tiene lugar la fundación de las universidades más antiguas de España. Bajo el Alfonso X El Sabio (1252 – 1284), la literatura vernácula alcanzó un alto prestigio ya que el castellano terminó reemplazando al latín. El papel de Alfonso X fue determinante, puesto que mandó a ordenar traducciones y compilaciones destinadas a fusionar todo el conocimiento (clásico, oriental, hebreo y cristiano) en la lengua castellana de la época. Estas obras incluyen el gran código legal Las Siete Partidas. Por otro lado, La Primera Crónica general, Estoria de España es el intento de compilar la historia universal a partir de la Creación (obra fundacional de la historiografía española) fue supervisada por Alfonso X y completada por su hijo Sancho IV, y fue la obra medieval más influyente de España. Alfonso X también fue un gran poeta, y compiló, entre 1270 y 1282, la mayor colección de poesía y música medieval de la España temprana: las Cantigas de Santa María en galaicoportugués.

Otro importante autor medieval fue Gonzalo de Berceo quien escribió Los Milagros de Nuestra Señora. Su obra pertenece a la poesía clerical juglar, un género literario medieval escrito por clérigos cuyo objetivo fue enseñar la fe cristiana de una forma amena e interesante. También escribió crónicas rimadas en lengua vernácula de la vida de los santos y los milagros de la Virgen, entre otros.

Ya en el siglo XIV, tras el período de traducción y compilación, llegaron autores que escribieron en prosa como Don Juan Manuel, sobrino de Alfonso X. Juan Manuel escribió El Libro de los enxiemplos del conde Lucanor et de Patronio, el cual consta de 51 cuentos morales, didácticos y prácticos. Los cuentos tienen como fuente de inspiración a las fábulas de Esopo y cuentos tradicionales árabes. Además, fue la primera colección española de ficción en prosa vernácula. Esta obra es importante dentro de la literatura española ya que el marco narrativo que une los relatos anticipa a la estructura novelística.

Por otro lado, en el campo de la poesía encontramos a Juan Ruiz (también llamado Arcipreste de Hita), quien escribió El Libro de buen amor en 1330, donde se combinan elementos de estilo de autores latinos como Ovidio, Esopo, y otros elementos tomados de la liturgia católica romana y la literatura del siglo XII. El Trotaconventos de Ruiz se convirtió en el primer gran personaje de ficción de la literatura española. De hecho, uno de los tópicos literarios (tema recurrente en la literatura) más populares de la época fue «el amor cortés» (expresión que fue acuñada por Gastón Paris en 1883), el cual expresaba el amor en forma noble, sincera y caballeresca, y que se origina en la poesía lírica en lengua occitana. El trovador, poeta provenzal de condición noble, y más respetado que los juglares plebeyos, era la figura destacada en este tema. La relación que se establecía entre el caballero y la dama era comparable a la relación de vasallaje (el enamorado idealiza a su amada y se pone a su servicio, convirtiéndose en una especie de siervo fiel que no pide nada a cambio de su pasión y se limita a sufrir y disfrutar de su adoración sin recompensa).​ Generalmente, el amor cortés era secreto y entre los miembros de la nobleza​. Dado que los matrimonios de conveniencia entre las familias era la norma, el amor cortés no era un amor bendecido por el sacramento del matrimonio, en el seno de parejas formales, sino que, en la gran mayoría de los casos, era adúltero o prohibido.

Literatura española en el siglo XV

El siglo XV fue un puente entre la Edad Media y el Renacimiento, aunque continuó con los mismos patrones medievales, es decir, el didáctico y religioso. Además, tuvo lugar durante este siglo una renovación de la poesía por la influencia italiana que provocó el redescubrimiento de las culturas antiguas. Los escritores italianos de los siglos XIII y XIV como Dante, Petrarca y Boccacio fueron tomados como modelos para los escritores españoles del siglo XV. También, frente al predominio de la obra anónima en siglos anteriores, en el siglo XV hubo una mayor conciencia artística, la figura del escritor llegó a ser más consciente de su trabajo y se preocupó de que se transmitiera con exactitud.

En la literatura española en el siglo XV se pueden distinguir tres periodos y contextos creativos: 

  1. Durante la Corte de Juan II, donde aparecen figuras como el Marqués de Santillana, quien coleccionó obras maestras de las literaturas extranjeras e incentivó la traducción. Su Proemio e carta al condestable de Portugal (1449) inició la historia y la crítica literarias en español. Además, los sonetos de Santillana en “estilo italiano” iniciaron el enriquecimiento formal de la poesía española. Todavía se le reconoce como un precursor del Renacimiento, aunque sus sonetos y largos poemas, que reflejan su formación de influencia italiana, a menudo quedan relegadas en favor de sus canciones rústicas de inspiración nativa también conocidas como “serranillas”. Otro poeta importante de esta época es Juan de Mena, quien compiló El Cancionero de Baena para el rey, una antología compuesta por 583 poemas. Esta colección mostró no sólo la decadencia de los trovadores gallego-portugueses, sino también el surgimiento de una poesía más intelectual que incorporaba símbolos, alegorías y alusiones clásicas en el tratamiento de temas morales, filosóficos y políticos (las canciones).
  1. Durante el reinado de Enrique IV: En este periodo destaca la figura de Jorge Manrique quien desarrolló la literatura satírica. Conocido por ser autor de las Coplas a la muerte de su padre (publicadas de forma póstuma entre 1480 y 1490), donde reflexiona sobre la brevedad de la vida y la finitud de los bienes terrenales.
  1. Durante el reinado de los Reyes Católicos, con la intensificación de las relaciones con Italia y la llegada de grandes humanistas a España. En este periodo Fernando de Rojas compuso La Celestina, la Comedia de Calixto y Melibea (1499), una novela de 16 “actos” en forma de diálogo publicada de forma anónima pero atribuida a Fernando de Rojas. El personaje dominante, la proxeneta Celestina, está representado de forma realista y le da a la obra el título con el que comúnmente se la conoce. Ha sido reconocida como la primera novela realista de España.

Renacimiento y el Siglo de Oro

La unificación de España en 1479, el establecimiento de su imperio marítimo, que comenzó con el primer viaje de Cristóbal Colón al Nuevo Mundo en 1492, la introducción de la imprenta en el país (1474) y la influencia cultural de Italia, contribuyeron al surgimiento del Renacimiento en España. La influencia de Dante (La divina comedia 1304-1313) y Francesco Petrarca (Cancionero) fue determinante.

Los primeros humanistas españoles incluyeron a los primeros gramáticos y lexicógrafos de cualquier lengua romance, de hecho, se publica la primera gramática de una lengua romance, la Gramática de la Lengua Castellana, compuesta por Antonio de Nebrija, así, el castellano se afirmó como lengua en toda la península. Juan Luis Vives (El socorro de los pobres – 1526), los hermanos Juan Valdés (Diálogo de la Lengua – 1535) y Alfonso de Valdés (Diálogo de Lactancio y un Arcediano – 1527), entre otros, fueron seguidores de Erasmo de Róterdam, cuyos escritos traducidos circularon a partir de 1536 y cuya influencia aparece en la figura contrarreformista de San Ignacio de Loyola (fundador de la Compañía de Jesús), y en el escritor y poeta religioso Luis de León (La perfecta casada – 1583). También hubo en España mujeres humanistas que enseñaron en las universidades, como Francisca de Nebrija y Lucía Medrano. También destacó Beatriz Galindo, conocida como La Latina, quien enseñó latín a la reina Isabel I; Luisa Sigea de Velasco (poema en latín Syntra escrito en 1546), humanista y escritora de poesía, diálogos y cartas en español y en latín, enseñó en la corte portuguesa. Estas figuras y obras de principios del Renacimiento prepararon el camino para el Siglo de Oro español, un período que suele datarse desde la publicación del Lazarillo de Tormes en 1554, la primera novela picaresca, hasta la muerte en 1681 del dramaturgo y poeta Pedro Calderón de la Barca (La vida es sueño1636).

Esta época es comparable a la era isabelina en Inglaterra, aunque es más larga, ya que el Siglo de Oro de España abarcó tanto el Renacimiento como el Barroco. Es un periodo que en el que se produjo un teatro y una poesía que igualan en estatura y calidad a la obra de Shakespeare, y además, es el momento de la célebre novela Don Quijote de Miguel de Cervantes. Esta obra, uno de los pilares de la novela moderna, ha tenido infinidad de análisis literarios, históricos y filosóficos, convirtiéndola en una de las más estudiadas en la historia de la literatura.

En el terreno de la poesía renacentista se originó a partir de la tradición oral, en ella se conservan los temas y las formas líricas de la Edad Media: 

  1. La lírica popular y oral: de origen medieval, en la península se puede dividir en jarchas (canciones mozárabes), lírica galaico-portuguesa (de influencia provenzal, destacaron las cantigas de amor y las cantigas de escarnio, y el tema principal como ya se ha dicho es el amor cortés) y finalmente la lírica castellana (no se han conservado manuscritos previos al siglo XV, la métrica utilizada es la del villancico tradicional o zéjel y los temas principales incluyen el planto, llanto o endecha, funerarias que expresan dolor por la muerte, las mayas, que celebran la llegada de la primavera y del amor en el mes de mayo, las canciones de trabajo, sobre labores del campo, las albadas, cantar el encuentro o la despedida de amantes al amanecer, la canciones de amor, los cantos de bodas, entre otros).
  1. La lírica no escrita, es decir, los romanceros: Los romances españoles están vinculados a la epopeya heroica medieval y han sobrevivido desde y mediante la tradición oral. Los primeros romances que se pueden datar son de mediados del siglo XV, aunque la forma del romance en sí se ha podido rastrear hasta el siglo XI, y narraban incidentes fronterizos o temas líricos. La forma romance (número indefinido de versos de ocho sílabas por verso, con rima asonante en los versos pares) fue rápidamente adoptada por poetas cultos y también se convirtió en el medio elegido para el verso narrativo popular. Desde el punto de vista estilístico, el Romancero se caracteriza por su simplicidad y sobriedad en recursos estilísticos o retóricos: descripciones sencillas y realistas, casi total ausencia de elementos fantásticos o maravillosos, escasez de adjetivos y metáforas. Los modelos de la poesía épica fueron las obras de los poetas italianos Ludovico Ariosto y Torquato Tasso, pero los temas y héroes de los poemas épicos españoles celebraron la conquista marítima o la defensa del imperio y la fe; los romances españoles se diferencian de las baladas europeas porque prefieren el realismo a lo fantástico y poseen un carácter dramático más marcado. Hay dos tipos de romancero: el romancero viejo (poemas de origen medieval separados de los cantares de gesta castellanos a partir del siglo XIV y transmitidos de forma oral hasta el XIX, cuando comenzaron a compilarse durante el Romanticismo por Agustín Durán, quien empezó a recogerlos en sus Colecciones de romances antiguos o Romanceros. Muchos romances provienen especialmente del siglo XV). Y el romancero nuevo (es el que comienza a formarse a partir del siglo XVI).
  1. Lírica culta y lírica cortesana trovadoresca (cancioneros): son composiciones poéticas creadas para ser cantadas que se están basadas en las poesías trovadorescas y que cuidan mucho la métrica y el estilo y la van a desarrollar autores cultos (poesía culta). En la poesía de cancionero los poetas demostraban su maestría. En el siglo XV los poetas empiezan a abandonar el gallego como la lengua propia de la lírica; a mediados de este siglo, un judío de Baena y escribano del rey, Juan Alfonso de Baena, le ofrece a Juan II un cancionero de cantigas propias del amor cortés provenzal, el Cancionero de Baena, el cancionero más famoso de la época como se ha mencionado anteriormente.

Otro de los autores más importantes del renacimiento en España fue Juan Boscán (poema Hero y Leandro y Epístola a Mendoza) quien revivió los intentos de italianizar la poesía española reintroduciendo la métrica italiana; precedió a Garcilaso de la Vega, con quien renació la lírica culta. Garcilaso añadió notas personales y temas característicos del Renacimiento a una técnica poética sinigual derivada de poetas medievales y clásicos, destacan los 40 sonetos y las 3 églogas que se publicaron póstumamente. Fray Luis de León, adoptando algunas de las técnicas del verso de Garcilaso, tipificó la “escuela de Salamanca”, que enfatizaba el contenido más que la forma.

Durante el Renacimiento también destaca la literatura religiosa, la cual impone una división entre lo natural y lo sobrenatural (frente a la Edad Media donde Dios, la Virgen y los Santos intervienen continuamente en todo tipo de asuntos humanos). Ahora hay, por un lado, escritores mundanos, como Garcilaso de la Vega y, por otro lado, autores que expresan sentimientos religiosos, tanto en verso como en prosa (todos impulsados por la Contrarreforma, es decir por la lucha contra la reforma protestante). Los mayores representantes de la literatura religiosa renacentista son: Fray Luis de León (La perfecta casada – 1583), San Juan de la Cruz (La noche oscura – 1622) y Santa Teresa de Jesús (El libro de la vida – 1588). Los dos estilos que priman dentro de la escritura religiosa son: 1) Ascética: La ascética trata de perfeccionar a las personas cumpliendo estrictamente las obligaciones cristianas. Y 2) Mística: La mística trata de expresar los prodigios que algunos privilegiados experimentan en su propia alma al entrar en comunicación con Dios.

En el terreno de la novela se presentan principalmente dos temáticas, la novela de caballerías y la novela picaresca: En cuanto a la novela de caballerías, su objetivo es entretener al lector narrando las hazañas y aventuras, en la mayoría de los casos, inverosímiles de los héroes que son, claramente caballeros. La novela que fija este género es Amadís de Gaula, escrita en 1508 supuestamente por Garci Rodríguez de Montalvo. Sin embargo, la novela más conocida de la época, es, por supuesto, Don Quijote de la Mancha, escrita por Miguel de Cervantes Saavedra en 1605, con el fin de parodiar el género caballeresco. Esta obra, marcará la historia de la literatura universal, hoy en día es la obra más traducida y leída después de la Biblia en todo el mundo. En 1614, fue publicada una segunda parte del Quijote de forma apócrifa bajo el nombre autoral, inventado o verdadero, de Alonso Fernández de Avellaneda y con un pie de imprenta falso. Es interesante que en el prólogo se trata de ofender gravemente a Cervantes tachándolo de envidioso, en respuesta a la ofensa causada a Lope de Vega, otro de los autores más importantes de esta época.

En segundo lugar, la novela picaresca se desarrollará principalmente en el barroco, lo que se conoce como la segunda parte del Siglo de Oro. La novela que abrió este género se considera que es El Lazarillo de Tormes (1544 aproximadamente) de autor desconocido. Esta, es una novela que refleja la pobreza fiscal y espiritual y la hipocresía de la España de la época, lo que en la novela se conoce como “la buena honra”. La obra crítica las diversas clases sociales y el falso concepto del “honor”. Es una obra con intención cómica, pero con un final bastante agrio.

El teatro también fue ampliamente desarrollado durante el Siglo de Oro (el cual abarca también gran parte de la literatura barroca), sus características fueron muy parecidas al teatro isabelino puesto que coexistieron y tuvieron influencias la una de la otras: se ruptura de las unidades aristotélicas de acción, tiempo y lugar, la acción está dividida en actos, y entre estos actos se desarrollaban los entremeses, jácaras y bailes. Los personajes que se utilizan se denominan personajes “tipo” o arquetipos (el rey, el señor mayor, al que llamaban ‘barbas’, el galán, la dama, el criado y la criada), el realismo en cuanto a la representación de las clases sociales es esencial, cada personaje habla tal y como es característico en su clase social, hay mezcla entre lo trágico y lo cómico, así se desarrolla más en profundidad la tragicomedia, o lo que se denomina Comedia Nueva. Los temas principales son el amor, el honor, la monarquía y la religión (en la que destacaban los autos sacramentales). Uno de los autores principales del teatro de la época fue Lope de Vega (La dama boba 1613, Las ferias de Madrid 1585-1588, Los embustes de Fabia 1588-1595, Arte nuevo de hacer comedias en este tiempo 1609, La Arcadia 1598) quien se conoce como el autor que abre la Comedia Nueva; no respetaba una cuarta unidad, la unidad de estilo o decoro que se encuentra sugerida en Aristóteles, se sirve de un teatro polimétrico que utiliza distintos tipos de verso y estrofa, según lo que se está representando. Lope de Vega también se caracteriza por utilizar el romance cuando un personaje cuenta hechos, sonetos cuando se trata de monólogos internos o cuando los personajes deben cambiar de traje entre bambalinas, aunque el verso predominante es el octosílabo. También destacaron Tirso de Molina (Don Gil de las calzas verdes 1615, La Santa Juana, y se le ha atribuido la introducción del mito de Don Juan por primera vez en El burlador de Sevilla 1617), y Calderón de la Barca (La vida es sueño – 1636, El Gran teatro del mundo – 1655, El alcalde de Zalamea – 1651)

Literatura del Barroco

La literatura española del Barroco es un periodo de creación literaria que abarca aproximadamente desde las obras iniciales de Góngora y Lope de Vega, en la década de 1580, hasta bien entrado el siglo XVIII ya que el Siglo de Oro abarca gran parte del Renacimiento, así como el Barroco. Así pues, muchos de los autores mencionados anteriormente, también se consideran en el periodo Barroco El siglo más característico del barroco literario español es el XVII, en el que alcanzan su máxima popularidad escritores como Baltasar Gracián, Francisco de Quevedo y Luis de Góngora, además de dramaturgos como los ya mencionados, Lope de Vega, Tirso de Molina, Calderón de la Barca y Juan Ruiz de Alarcón, o la producción poética de los citados Quevedo, Lope de Vega y Góngora. Los escritores y artistas en general, durante este periodo, tratan de evitar la representación de las grandes hazañas o glorias históricas, por el contrario, hay un gran surgimiento del realismo, la sátira se convierte en uno de los estilos más populares en la literatura, la fugacidad de la belleza y la juventud es uno de los temas principales, pero tratado de una forma grotesca y pesimista, a diferencia del renacimiento (Ver Soneto XXIII de Garcilaso de la Vega, en comparación con Soneto XXIV de Luis de Góngora).

La narrativa barroca es muy variada, aunque destacan sobre todo dos subgéneros: la novela y la prosa doctrinal. En la novela cabe destacar de nuevo la novela picaresca, que se asienta tras la novela picaresca renacentista, en este caso, destaca El Buscón de Francisco de Quevedo y Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán. Por otro lado, la novela cortesana también se desarrolla en gran medida, trata básicamente de historias de amor en palacios y en la corte y los protagonistas son personas de alto rango social (nobleza y realeza); aquí destacan las Novelas Ejemplares de Miguel de Cervantes. En segundo lugar, la prosa doctrinal se usa como arma de crítica, burla o reflexión. En su variante satírica se muestra una crítica mordaz contra la sociedad, criticando toda clase de vicios y defectos. El mundo se observa con un pesimismo y desengaño radicales, reduciendo la realidad a ilusión y engaño. En este caso destacan autores como Diego Saavedra Fajardo quien escribió Empresas políticas, Gracián describe las cualidades políticas y virtudes del gobernante en El político don Fernando el Católico, y Quevedo también se sirve de la biografía histórica en Vida de Marco Bruto para reflexionar sobre el clásico dilema del tiranicidio.

Como ha sido mencionado anteriormente, el teatro español tuvo su mayor apogeo durante el Siglo de Oro, el cual abarca tanto los finales del siglo XVI como el siglo XVII y parte del XVIII. Otros dramaturgos importantes del barroco a parte de los ya nombrados, fueron Francisco de Rojas Zorrilla (de 1640 a 1645 destacan No hay amigo para amigo, No hay ser padre siendo rey, Persiles y Sigismunda, Entre bobos anda el juego) y Sor Juana Inés de la Cruz (Los empeños de una casa y Amor es más laberinto, escrita junto con Juan de Guevara en teatro, y autos sacramentales como El divino Narciso, o El mártir del sacramento).

La Ilustración

En el siglo XVIII, con el rey Felipe V se instaura en España la dinastía de los Borbones y en ese mismo siglo encontramos el periodo de la Ilustración, llamada así por el movimiento que se inició en Francia. Hay un retorno a lo clásico, con una finalidad educativa y moral. Siguiendo los patrones de la Ilustración en Inglaterra y la Ilustración en Francia, se crearon numerosas academias, como la Real Academia de la Lengua Española (1713), fundada para velar por la integridad lingüística.

El siglo XVIII es la época en la que el conocimiento enciclopédico y por lo tanto, el desarrollo de las enciclopedias y antologías goza de más popularidad. El Teatro crítico universal de Feijóo (1726-1739), es un compendio de conocimientos que ejemplifica los intereses y logros de los enciclopedistas. Otro gran enciclopédico fue Gaspar Melchor de Jovellanos, quien produjo corrientes de informes, ensayos, memorias y estudios sobre agricultura, economía, organización política, derecho, industria, ciencias naturales y literatura, así como formas de mejorarlos, además de escribir teatro y poesía de corte neoclásico. Otro autor que destacó como teórico fue Pedro de Montengón y Paret; con obras como Eusebio (1786-1788) introdujo en España algunos géneros narrativos que ya eran populares en Francia, como las novelas filosóficas y pedagógicas al estilo de Jean-Jacques Rousseau. Montengón también publicó El Antenor (1778) y El Rodrigo (1793), un romance épico. Otra obra importante de la época es Fray Gerundio (1758) de José Francisco de Isla, que satiriza la oratoria exagerada del púlpito en las misas; este autor reincorporó aspectos de la novela picaresca. Este género también tuvo influencia en las obras de Diego de Torres Villarroel, cuya Vida, ascendencia, nacimiento, crianza y aventuras (1743–1758), ya es considerada tanto una novela como una autobiografía.

En teatro, la segunda mitad del siglo se teorizó sobre las “reglas” neoclásicas (principalmente las unidades de lugar, tiempo y acción). Por ejemplo, La Raquel (1778), tragedia neoclásica de Vicente García de la Huerta, mostró las cualidades de la escuela reformista. Por otra parte, Ramón de la Cruz, representando a los dramaturgos “nacionalistas” españoles contra los afrancesados ​​(imitadores de modelos franceses), recuperó los primeros pasos y entremeses de Lope de Rueda, Cervantes y Luis Quiñones de Benavente. En 1770 regresó a Madrid, donde escribió su tragedia heroica Don Sancho García (1771) al igual que Solaya o los circasianos y La Numancia.

Otro escritor que destacó en este siglo fue José Cadalso y sus obras más importantes son dos sátiras: Los eruditos a la violeta (publicada en 1772) y las Cartas marruecas (escrita en 1774, publicada en 1793), inspiradas en las ficciones epistolares de Oliver Goldsmith y Montesquieu en las que recoge una serie de ensayos sobre el atraso cultural, social y material de España. También es autor de Noches lúgubres (escritas c. 1774, publicadas en 1798), una obra gótica y de estilo byroniano que anticipa el romanticismo en España. También destacan las fábulas de Tomás de Iriarte (Fábulas literarias – 1782) y de Féliz María de Samaniego (Fábulas en verso castellano para el uso del Real Seminario Vascongado – 1784).

Varias escritoras surgieron también durante la Ilustración y estuvieron activas desde 1770 en adelante en el teatro español, tradicionalmente dominado por hombres. Escribieron teatro neoclásico: comedias lacrimosas, zarzuelas, sainetes, tragedias románticas y comedias costumbristas. Mientras algunas mujeres escribieron para pequeños públicos privados como en conventos y salones literarios, otras escribieron para el escenario público: Margarita Hickey y María Rosa Gálvez tuvieron bastante éxito. Por ejemplo, en la comedia Los figurones literarios (1804) María Rosa ridiculiza la pedantería; en su tragedia Florinda (1804) intenta reivindicar a la mujer a la que se culpa de la derrota de España ante los musulmanes; y en su drama bíblico Amnón (1804) relata la violación bíblica de Tamar por parte de su hermano Amnón. También destacó Josefa Amar y Borbón quien defendió la admisión de las mujeres en las academias cultas, afirmando su igual inteligencia en “Discurso en defensa del talento de las mujeres y de su aptitud para el gobierno y otros cargos en que se emplearon los hombres” (1786). Amar publicó sobre muchos temas, con mayor frecuencia el derecho de las mujeres a la educación.

Siglo XIX: Romanticismo, Realismo y Naturalismo

Romanticismo

Un movimiento muy importante que introdujo el romanticismo en España fue el costumbrismo; este movimiento contribuyó tanto al romanticismo como al realismo posterior a través de la prosa realista. El cuadro de costumbres y el artículo de costumbres (bocetos literarios breves sobre costumbres, modales o carácter) eran dos tipos de escritura costumbrista, típicamente publicados en la prensa popular o incluidos como un elemento de obras literarias más largas, como las novelas.

La literatura española de principios del siglo XIX sufrió las consecuencias de las guerras napoleónicas y sus repercusiones económicas. La agricultura de España quedó paralizada, sus industrias artesanales se redujeron y casi desaparecieron, y la industrialización quedó rezagada con respecto a la de otros países de Europa occidental a causa del absolutismo y la gran influencia que ejercía la religión. Estos problemas se agravaron más por la pérdida de las colonias americanas. Los intentos de Fernando VII de restaurar la monarquía absolutista llevaron a muchos liberales al exilio en Inglaterra y Francia, ambos países ya bajo la influencia del romanticismo. Se considera que el romanticismo español comenzó con la muerte de Fernando en 1833. Algunos intelectuales, sin embargo, reconocen a Cadalso y a otros autores “menores” de la ficción gótica como antecedentes españoles en el siglo XVIII.

Acerca del teatro romántico español, resaltan estos rasgos formales: la mezcla de géneros, rechazo de las unidades, y la diversificación de métricas que habían caracterizado a Lope de Vega y sus contemporáneos. Por lo tanto, algunos teóricos han argumentado que el florecimiento del romanticismo español no fue una influencia tardía ya que sus principios ya estaban presentes en España, pero su plena expresión fue retrasada por la persecución de la monarquía reaccionaria y tiránica a los miembros de un movimiento que era, en sus inicios, liberal y democrático. La producción de dramas románticos también se pospuso hasta después de la muerte de Fernando VII.

Un romanticismo revolucionario y otro tradicional

El romanticismo español está típicamente comprendido en dos ramas: una byronina y revolucionaria, y otra conservadora y tradicional. Por un lado, las obras de José de Espronceda y Delgado personifican el estilo byroniano, revolucionario y metafísico del romanticismo español, en Estudiante de Salamanca (en dos partes, 1836 y 1837), Canciones (1840) y El diablo mundo (inacabada, publicada en 1840) se encuentran entre las obras más populares de la época. José de Espronceda escribió sus mejores poemas tras entrar en contacto con la literatura del romanticismo inglés. Tenía debilidad por los marginados de la sociedad, como retrata en su poema La canción del pirata. En el teatro también se vieron obras de gran éxito como Don Álvaro o la fuerza del sino (1835) de Ángel de Saavedra, Duque de Rivas. Por otro lado, es representativo de una segunda rama el importante el prólogo al poema narrativo El moro expósito (1834), del crítico Antonio Alcalá Galiano, que expresa la estética e ideología cristiana y monárquica del lado más tradicional del romanticismo español. Su representante por excelencia es José Zorrilla y Moral, autor de la obra más importante de la época, Don Juan Tenorio (1844).

El romanticismo, la libertad individual y el pasado histórico

Uno de los temas románticos por excelencia es la libertad y la libertad individual en contraposición con el determinismo. El poeta romántico Gustavo Adolfo Bécquer, en Rimas (publicado póstumamente en 1871) expresó sus propias emociones torturadas, sufrimiento y soledad, pero también celebró el amor, la poesía y la intimidad mientras experimentaba con el verso libre. También recuperó el folclore y las leyendas tradicionales, estas narraciones tienen un carácter que evoca el pasado histórico y se caracterizan por una acción verosímil con una introducción de elementos fantásticos o insólitos. Fueron publicadas en periódicos madrileños de la época como El Contemporáneo o La América.

Varias escritoras notables surgieron bajo el romanticismo como Carolina Coronado quien escribió una colección de poesía, titulada Poesías, y publicada por primera vez en 1843. Sus poemas tienen muchos tintes feministas, aunque más tarde se volvió más conservadora. En 1850 publicó dos novelas cortas, Adoración y Paquita. Otra de sus obras más representativas es La Sigea (1854), y se trata de la primera de tres novelas históricas, que recrean la experiencia de la humanista renacentista Luisa Sigea de Velasco. Otra poeta, dramaturga y prosista Gertrudis Gómez de Avellaneda, aunque nacida en Cuba, pasó la mayor parte de su vida adulta en España. Fue autora de una novela abolicionista pionera, Sab (1841), así como de novelas sobre el pasado azteca de México y una novela que ya se considera protofeminista (Dos mujeres 1842). También escribió 16 obras originales extensas, 4 de las cuales fueron grandes éxitos. Rosalía de Castro es conocida principalmente por su poesía y sus novelas en gallego, pero su último poemario, En las orillas del Sar (1884), escrito en castellano, le atrajo a un público más amplio.

El realismo y el naturalismo: intentos de revivir la novela en España.

El auge de la novela regional tiene diversos exponentes en la literatura del siglo XIX en España. Esta escritura, anclada en la realidad de las regiones, se inició con El sombrero de tres picos (1874), un relato de malicia campesina de Pedro Antonio de Alarcón. Asímismo, el regionalismo andaluz prevaleció en muchas de las novelas de Juan Valera, pero sus tintes psicológicos en Pepita Jiménez (1874) y Doña Luz (1879) lo convirtieron en el padre de la novela psicológica española. El regionalista José María de Pereda escribió representaciones con minuciosos detalles de la naturaleza, que provocaban el efecto sublime típico del romanticismo en los individuos, sobrecogimiento, sensación de diminutez ante el gran orden cósmico y natural. Sus novelas más célebres, Sotileza (1884) y Peñas arriba (1895), sustentan una estructura de clases rígida y valores tradicionales de religión, familia y vida en el campo. Por otra parte, Emilia, condesa de Pardo Bazán, intentó combinar la estética naturalista con los valores católicos tradicionales en sus novelas como Los pazos de Ulloa (1886) y La madre naturaleza (1887), lo que generó un gran debate. Sus 19 novelas principales también representan la corriente principal del realismo español, experimentos con el simbolismo y el espiritualismo; y también figura entre los principales escritores de cuentos de España con unos 800 relatos. También destacó Ana García de la Torre, una contemporánea más progresista, que trató problemas de clase, de género y del proletariado, escribiendo especialmente sobre la “niña trabajadora” y retratando movimientos socialistas obreros utópicos.

Otro de los titanes de la literatura española de la época es Benito Pérez Galdós (1843 – 1920) quien perfeccionó la novela realista española y creó un nuevo tipo de novela histórica, reproduciendo muchos capítulos turbulentos de la historia española del siglo XIX. Su obra más famosa es Episodios nacionales (1873–79 y 1898–1912) los que comprenden 46 volúmenes y cubren los 70 años desde las Guerras Napoleónicas hasta la Primera República de España (1873-1874). Su obra también consta de las Novelas españolas contemporáneas, en las que retrata perfectamente la burocracia de Madrid y su clase media y la clase trabajadora. Entre estas muchas novelas se incluye su obra maestra, Fortunata y Jacinta (1886–87), un paradigma del realismo español. Esta obra en cuatro volúmenes presenta todo el espectro social de Madrid a través de las familias, amores y amistades de las dos mujeres en la vida de un burgués rico pero débil. Sus obras posteriores representan el naturalismo o reflejan el espiritualismo de principios de siglo. Galdós fue un liberal cuyas cruzadas con el catolicismo se ven representados en las críticas a las intervenciones de la Iglesia Católica Romana en asuntos cívicos, al caciquismo y a las tomas de poder reaccionarias. También escribió más de 20 obras de teatro exitosas y, a menudo, controvertidas. Algunos han argumentado que sus enemigos políticos conspiraron para negarle el Premio Nobel, pero hoy se ubica con realistas de clase mundial como el novelista inglés Charles Dickens y el novelista francés Honoré de Balzac.

A fines de la década de 1880, la industrialización estaba empezando a crecer y por consiguiente, el proletariado y las organizadores laborales nacionales e internacionales también. En ese contexto emergieron novelistas naturalistas como Vicente Blasco Ibáñez, contemporáneo de la Generación del 98 pero que en cuestiones de estética pertenecía al siglo XIX. Blasco Ibáñez escribió novela regional de Valencia, y trató los problemas sociales contemporáneos desde una perspectiva anarquista en novelas como La bodega (1905) y La horda (1905). Ganó renombre internacional con Los cuatro jinetes del apocalipsis (1916), sobre la Primera Guerra Mundial, y Mare nostrum (1918), sobre la guerra submarina alemana en el Mediterráneo.

Finalmente, otro de los grandes autores realistas es Leopoldo Alas (alias Clarín) quien ha sido considerado durante mucho tiempo un naturalista nato, pero sus obras no muestran la sordidez y el determinismo social típicos de ese movimiento. Sus escritos, muy ricos en detalles, contienen una abundante y mordaz ironía y sátira, ya que exponen los males de la sociedad española de la Restauración, sobre todo en La Regenta (1884-1885), novela que hoy se considera la novela más importante de finales de siglo XIX. Los cuentos de Alas también se ubican entre los mejores de la literatura española y mundial de la época.

Por otro lado, el teatro realista en España produjo pocas obras maestras, pero estableció una comedia costumbrista burguesa que se desarrolló aún más en el siglo XX. Manuel Tamayo y Baus alcanzó la fama con Un drama nuevo. Adelardo López de Ayala ridiculizó los vicios burgueses en El tejado de vidrio (1857) y Consuelo (1870). José Echegaray y Eizaguirre escribió más de 60 obras que incluyen tanto melodramas populares carentes de verosimilitud, carácter, motivación y situación, como serios dramas burgueses de problemática social. En 1904 compartió el Premio Nobel de Literatura con el poeta provenzal Frédéric Mistral

Siglo XX: Modernismo, Generación del 98

La Generación del 98 fue un movimiento literario y cultural que predominó durante las primeras décadas del siglo XX. Estuvo encabezado por un grupo de escritores y poetas españoles que se unieron cuando España perdió la guerra hispano-estadounidense contra Estados Unidos. Momento en el que España perdió sus últimas colonias (Cuba se independiza, Puerto Rico y Filipinas quedan bajo el poder de Estados Unidos). La generación del 98 tuvo una postura crítica ante las normas sociales y la situación política de la época. Atacó el esteticismo, un movimiento artístico inglés de finales del siglo XIX que se basaba en la exaltación de la belleza por encima de la moral. El término “generación del 98” fue designado en 1913 por el escritor español José Martínez Ruíz, conocido como Azorín. Los escritores de la generación del 98 se preocupaban por la herencia de España y su posición en el mundo moderno. Las características principales del movimiento fueron:

  • El desarrollo de un sentimiento patriótico y nacionalista
  • La creación de nuevas formas de expresión literaria como la novela impresionista
  • El uso de un lenguaje sencillo, priorizaban el contenido literario por encima de la forma (tan apenas utilizaban figuras retóricas)
  • La ideología política que predominaba en era la izquierda sobre todo movimientos anarquistas y socialistas, y el movimiento filosófico principal fue el existencialismo.

En este sentido, autores como Azorín y Unamuno se vieron profundamente influenciados por filósofos europeos como Nietzsche y Schopenhauer; así, su propósito fue ampliar el nivel intelectual de la población española, un proyecto que se llevará a cabo durante la generación del 27 en la población rural española con misiones como la de la Barraca.

Los autores principales de la generación del 98 fueron Joaquín Costa (Oligarquía y Caciquismo 1911), Miguel de Unamuno (Paz en la guerra 1897, Del sentimiento trágico de la vida 1913), José Martínez Ruiz -Azorín (La ruta de Don Quijote 1905, Don Juan 1922, Doña Inés 1925), José Ortega y Gasset (La rebelión de las masas, España invertebrada 1917), Pío Baroja (El árbol de la ciencia 1911), Vicente Blasco Ibáñez (La barraca 1898, Sangre y arena 1908), Ramón María del Valle-Inclán (El marqués de Bradomín 1907, Sonatas 1902-1905), Antonio Machado Ruiz (Campos de Castilla 1912), Manuel Machado Ruiz (El mal poema 1909), Ángel Ganivet (Idearium español 1897), Ramiro de Maeztu (Hacia otra España 1899) y Juan Ramón Jiménez (Platero y yo 1914).

Novecentismo

El término novecentistas se aplica a una generación de escritores que se encuentran entre la Generación de 1898 y la vanguardista Generación de 1927. Los novecentistas también han sido llamados «Generación de 1914»; el término fue acuñado por Lorenzo Luzuriaga, pedagogo y miembro de la Liga de Educación Política, en un artículo de 1947 donde reseña las Obras Completas de José Ortega y Gasset. Eligió ese año por ser en el que apareció el primer libro importante de Ortega y Gasset, Meditaciones del Quijote, quien, también en el mismo año, se afianzó como un intelectual con una gran presencia pública y popularidad gracias a su conferencia sobre Vieja y nueva política.

Los autores de esta generación fueron más clásicos y menos revolucionarios que sus predecesores ya que buscaban renovar los estándares intelectuales y estéticos al tiempo que reafirmaron los valores clásicos y tradicionales. Ortega y Gasset ejerció influencia sobre la novela como género con La deshumanización del arte (1925), que analizó el arte contemporáneo “despersonalizado” (es decir, no figurativo).

Benjamín Jarnés y otros autores trataron aplicar técnicas vanguardistas y experimentales en la novela, enfatizando la acción mínima, los personajes enajenados o alienados, la profundización psicológica de la memoria y los experimentos con monólogos interiores. El exponente paradigmático del vanguardismo, Ramón Gómez de la Serna, escribió unas 100 novelas, biografías, dramas, colecciones de artículos y cuentos, libros de arte y obras de humor.

Generación del 27

El nombre Generación del 27 identifica a los poetas que surgieron hacia 1927, en homenaje el 300 aniversario de la muerte del poeta barroco Luis de Góngora y Argote, a quien estos poetas rindieron homenaje. Estos destacados poetas, entre ellos Rafael Alberti (Sobre los ángeles – 1929), Vicente Aleixandre (La destrucción o el amor . 1935), Dámaso Alonso (Hijos de la ira – 1944), Luis Cernuda (La realidad y el deseo – 1936), Gerardo Diego (Poesía española. Antología 1915-1931 en 1932), Federico García Lorca (Romancero Gitano – 1928, Yerma – 1934, Poeta en Nueva York – 1940), Jorge Guillén (Cántico – 1928) y Pedro Salinas (La voz a ti debida – 1933), se inspiraron en el pasado de los temas y formas literarias, pero también incorporaron el vanguardismo, produciendo una poesía intensamente personal. Imágenes y metáforas, con frecuencia ilógicas, herméticas o irracionales, se convirtieron en el centro de la creación poética. La mayoría de estos poetas experimentaron con versos libres o formas exóticas extraídas de las tradiciones literarias japonesa, árabe y afrocaribeña. Al final de la Guerra Civil Española, en 1939, muchos escritores de la Generación del 27 estaban muertos o en el exilio.

El contexto histórico en el que surgió el grupo de la Generación del 27 se caracterizó por La dictadura de Primo de Rivera (España 1923-1930), La depresión de 1929 (caída de la bolsa y crisis mundial), La proclamación de la Segunda República Española (régimen democrático entre 1931 y 1939) y La Guerra Civil Española de 1936 (que terminó en 1939). Desde la creación del movimiento hasta el surgimiento de ésta guerra, los poetas comenzaron a difundir sus obras en aumento, por lo que se consideró al movimiento como una vía de escape a las emociones, ante los acontecimientos que acechaban a España durante esos años.

Durante esta época se desarrolló con intensidad sobre todo el teatro y la poesía. En el campo de la poesía, se hallan tres estapas que coinciden con el desarrollo de la Guerra Civil, el periodo anterior a la Guerra Civil, y la posguerra. 

A esta generación pertenecieron también las llamadas “sinsombrero”, mujeres transgresoras que durante los años 20, sobre todo en Madrid, se negaron a ir sin sombrero por la calle, acto que era terriblemente ofensivo para la sociedad de la época. Estas nueve artistas principales fueron: Ernestina de Champourcin (Presencia a oscuras 1952), María Teresa León (Contra viento y marea 1941), Concha Méndez (Surtidor 1928), María Zambrano (Filosofía y poesía 1939), Rosa Chacel (Estación, ida y vuelta 1930), Josefina de la Torre (Versos y estampas 1927), Margarita Gil Roësset (escultora), Margarita Manso (pintora) y Maruja Mallo (pintora).

Generación de la Guerra Civil y posguerra (años 40-50)

Una de las formas literarias con más desarrollo durante estos años fue la novela. El género ha variado constantemente en los sesenta años transcurridos desde 1936 hasta finales de siglo XX: la novela pasó de la defensa de un bando o de otro (fascista o republicano), de la novela-reportaje y de la poca elaboración, durante el conflicto, a la justificación de una ideología en la posguerra, con una subjetividad a menudo exagerada. Se percibió un realismo mayor en la década de los cincuenta y el principio de la siguiente, y, posteriormente a la Ley de Prensa de 1966, destacó cierta libertad de lenguaje, de opiniones y de técnicas narrativas.

La Guerra Civil española (1936-1939) llevó al exilio político a algunos novelistas prometedores, cuya narración se vio obligadas a madurar en el extranjero. Por ejemplo, Max Aub analizó el conflicto civil en el ciclo de novelas El laberinto mágico (1943–68). Ramón José Sender, cuyas novelas anteriores a la Guerra Civil habían sido más realistas y abiertamente sociopolíticas, desarrolló un interés por lo misterioso e irracional. Mientras que la serie de novelas Crónica del alba (1942–66), se centró de manera realista en la Guerra Civil, los mundos mágicos y mitológicos de Epitalamio del prieto Trinidad (1942) y Las criaturas saturnianas (1968) reflejaron preocupaciones más universales. Sender produjo unas 70 novelas siendo la más estimada Mosén Millán (1953; luego publicada como Réquiem por un campesino español). Después de más de tres décadas en el exilio, Sender por fin pudo regresar a España en 1974.

También destacó el novelista Francisco Ayala quien mostró un vanguardismo juvenil al principio de su carrera. En sus cuentos posteriores como las colecciones de Los usurpadores (1949) y La cabeza del cordero (1949) y novelas como Muertes de perro (1958) y su secuela El fondo del vaso (1962), cultivó temas que le permitieron recrear aspectos de la Guerra Civil. Estas obras ofrecen un panorama político y social español demoledor desde múltiples perspectivas y mediante complejas técnicas narrativas. Considerado por algunos como el mejor prosista de su época en lengua española, Ayala también publicó numerosos volúmenes de ensayos sobre filosofía, pedagogía, sociología y teoría política como los tres volúmenes del Tratado de sociología (1947) o una Introducción a las ciencias sociales, en 1952.

La Guerra Civil diezmó a los intelectuales, artistas y escritores españoles, y la cultura del país entró en declive. Durante un breve espacio de tiempo se dio el triunfalismo que duró hasta la década de 1940, cuando la Falange, el partido fascista español, se involucró en autoglorificación propagandística. Se denomina triunfalismo a la expresión literaria que se encuentra en obras monotemáticas y repetitivas que insultaban a los vencidos (republicanos) mostrándolos como animales. 

Por otro lado, La familia de Pascual Duarte (1942) de Camilo José Cela popularizó un realismo duro, sórdido y poco sentimental conocido como tremendismo. Continuando con su experimentación literaria, Cela desarrolló otras técnicas en La colmena (1951), retratando la sociedad madrileña dividida durante el invierno de 1941-1942. A su muerte, en 2002, Cela (quien ganó el Premio Nobel de Literatura en 1989) había publicado más de 100 libros, entre ellos una docena de novelas, numerosas colecciones de cuentos, libros de viajes, ensayos críticos, poesía y bocetos literarios. También destacó la figura de Carmen Laforet, quien también fue un importante pilar a la hora de revivir la ficción española durante la década de 1940. Es la autora de Nada (1945), una novela de desconcertante perspectiva adolescente sobre las secuelas de la guerra se convirtió instantáneamente en un éxito de ventas ya que disfrazada de una novela romántica “para mujeres” consiguió pasar la censura.

Una segunda corriente dentro de la posguerra es conocida como la “literatura social”, o “realismo crítico”, y llegó con la llamada Generación del Medio Siglo, compuesta por los adolescentes que vivieron desde esta joven perspectiva la guerra civil. Esta generación expresó una fuerte oposición al régimen franquista, aunque necesariamente encubierta. En obras como La hoja roja (1959), que examina la pobreza y la soledad entre los ancianos, y Las ratas (1962), que describe a la miserable existencia de gente profundamente rural sin educación y totalmente aislada de un núcleo más urbano, Miguel Delibes quiso transmitir una preocupación crítica por una sociedad cuyos valores naturales se encuentran bajo constante amenaza. De la misma manera, Los santos inocentes (1981) examinan la vida de una familia rural, de guardabosques al servicio de una familia adinerada. También es autor de Cinco horas con Mario (1966), una novela en la que el conflicto doméstico representa ideologías enfrentadas en la Guerra Civil. Delibes fue autor de más de 50 volúmenes de novelas, memorias, ensayos y libros de viajes y caza y recibió el prestigioso Premio Cervantes en 1993. 

Durante la década de 1950, varios novelistas jóvenes y comprometidos fortalecieron el desacuerdo intelectual. Ana María Matute, una de las novelistas más importantes de su generación, empleó el estilo lírico y expresionista con ficciones ambientadas en zonas montañosas de Castilla la Vieja, como en Los hijos muertos (1958), que buscaba reconciliar odios nacidos de la guerra, mostrando pérdidas irreparables en ambos lados. Su trilogía Los mercaderes (1959), Los soldados lloran de noche (1964) y La trampa (1969) divide a la humanidad en héroes (considerados idealistas y mártires) y comerciantes (motivados únicamente por el dinero). Otro importante autor fue Juan Goytisolo (Para vivir aquí – 1960), expatriado durante mucho tiempo en Francia y Marruecos, pasó de un estilo cinematográfico en su ficción de los años 50 y principios de los 60 al experimentalismo de la Nueva Novela en su trilogía de Mendiola: Señas de identidad (1966), Reivindicación del conde don Julián (1970) y Juan sin tierra (1975). Otro escritor catalán exiliado, más reconocido por sus cuentos que por sus incursiones en la novela es Pere Calders i Rossinyol (Cròniques de la veritat oculta – 1955).

Llenos de influencias literarias, perspectivas narrativas diferentes, cronología no lineal, complejidades de trama de estilo neobarroco y un énfasis en el lenguaje (forma) más que en la acción (contenido). Por otro lado, también destacó en estos años El Jarama (1956) de Rafael Sánchez Ferlosio, utilizando la impasibilidad pseudocientífica y las técnicas cinematográficas, describe la monótona existencia de la juventud urbana a través de sus conversaciones sin rumbo y expone la apatía de la posguerra.

Décadas de los 60 y 70

En cuanto a los escritores que destacaron durante las décadas de los 60 y los 70, se puede mencionar a Antonio Buero Vallejo (La fundación – 1974), Carmen Martín Gaite (Entre visillos – 1957) y Luis Martín Santos (Tiempo de silencio – 1962). En Cataluña econtramos a Quim Monzó con la novela L’udol del griso al caire de les clavegueres (1976). Durante estas décadas se produce una apertura a Europa por parte del estado franquista, se da lo que se denomina el boom del turismo, en este sentido, la literatura refleja un rechazo al realismo social y los escritores se centran en el individuo más que en la colectividad social. Además, se da un experimentalismo literario en el que se emplean técnicas de narración modernas como los saltos temporales (flashbacks y flashforwards) y se utiliza la perspectiva múltiple. Los temas predominantes son los recuerdos de la guerra, el paso del tiempo y la soledad. Estas innovaciones no se dan sólo en la narrativa, sino también en el teatro y la poesía.

Los nuevos narradores se moldearon como autores en la nueva democracia española tras la muerte en el 1975 del dictador Francisco Franco. La democracia española todavía se hallaba en una fase de construcción y de definición del contexto político, además, se debatía sobre la definitiva integración española en Occidente (esta época es denominada «Posibilismo»).

Literatura española desde los años 80 hasta la actualidad

Los escritores y novelistas de los años ochenta se caracterizaron en primer lugar por el propio hecho de vivir en una nueva democracia, lo cual permitió conocer, sin censuras, de todo lo que se publicaba a nivel mundial. Esta generación de escritores tiene estudios y ha establecido contactos con estructuras académicas extranjeras. En este sentido, muchos de ellos se dedican a la docencia lo cual facilita el cruce y la coordinación de grupos de críticos literarios y autores. Las voces narrativas de los autores de esta generación se centran en una voz personal, un «YO» que lo subjetiviza todo, porque desea subjetivizarlo todo, así, los temas que se tratan son íntimos, personales, individuales. El mundo se romantiza, lo «exterior» existe en la medida en que deja huella en el personaje. De esta manera, el tono discursivo suele ser el de un diálogo personal de un individuo que le habla a otro, que comprende la singularidad del lector.

Por otro lado, la generación de los poetas del 80 se caracteriza por la ausencia de impedimentos políticos para la realización de su obra, ya que el sistema de censura fue eliminado, y se permitió, por fin, la integración plena de España en el llamado primer mundo. Estos poetas trabajan mucho con el intimismo, mediante el cual expresan todos los sentimientos que se habían reprimido hasta ahora por culpa de la dictadura. En este sentido, los temas u motivos que se presentan son de carácter más bien anecdótico, por lo que es común que se utilice un lenguaje coloquial, del día a día y no culturalista, también es usual que utilicen mucho la forma de diálogo mediante el uso de la pluralidad de voces poéticas, con el propósito de narrativizar el poema. Se hace uso de la ironía, la parodia y en general del humor en un marco normalmente urbano.

Los autores y críticos rechazan la poética de la innovación, la poética novísima, que había pasado de ser innovadora a convertirse en una retórica más. Los escritores de esta década que destacan son Juan José Millás (Papel mojado 1983), Eduardo Mendoza (El misterio de la cripta embrujada – 1978; Sin noticias de Gurb – 1991), Antonio Muñoz Molina (El invierno en Lisboa – 1987), Javier Marías (El hombre sentimental – 1986), Luis Mateo Díez (La fuente de la edad 1986), Soledad Puértolas (El bandido doblemente armado 1980), o Andrés Trapiello (La vida fácil – 1985). Estos escritores, nacidos en los años 40 o 50, también han protagonizado las dos primeras décadas del siglo XXI; su obra, ya madura, se ha instalado como un referente para las nuevas generaciones de escritores.

Durante la década de los 90 reaparecieron varios autores, entre ellos Ana María Matute (1925 – 2014), con el Olvidado Rey Gudú (1997), en donde homenajea un mundo de cuentos infantiles, de sagas crípticas y de símbolos humanos. En aquellos años se empiezan a publicar las novelas de Almudena Grandes (1969 -2021), entre las que destaca Malena es un nombre de tango (1994), acerca de las indagaciones de una niña de doce años, perteneciente a la burguesía madrileña, para asumir su identidad tras su maduración sentimental. Otros autores como Luis Landero (Juegos de la edad tardía – 1989; El guitarrista – 2002) hacen su debut, y entre ellos brilla Arturo Pérez-Reverte con grandes éxitos de venta, como El capitán Alatriste (1996). Hay que subrayar que todos estos importantes autores (Millás, Mendoza, Marías, Puertólas, landero, Pérez-Reverte, etc.) han seguido publicando y desarrollando su obra hasta bien entrado el siglo XXI; muchos de ellos seguirán entregando nuevas obras hasta los años 2030 incluso y su influencia se hará notar durante todo el siglo.

A finales del siglo XX también se dio la conocida «generación Nirvana» que se asocia al madrileño José Ángel Mañas, desde sus Historias del Kronen (1994), crónica de un grupo de jóvenes de clases medias altas, cuyos alicientes vitales son el alcohol, las drogas, el sexo y aquello que implique violencia. Otro éxito destacable es la obra del cacereño Javier Cercas, Soldados de Salamina (2001), en el que presenta un género intermedio, entre la novela, el reportaje, la metaliteratura y otras opciones. La sombra del viento (2001) de Carlos Ruiz Zafón también destacó entre los super ventas del momento y relata la historia del adolescente Daniel Sempere, a quien su padre, en el Cementerio de los Libros Olvidados, ofrece La sombra del viento, novela de Julián Carax. Esta idea de que la realidad mezcla la necesidad y el azar se reúne en Nocilla Lab (2009) una novela de Agustín Fernández Mallo.

La falta de perspectiva sobre la narrativa más reciente problematiza componer un canon de autores y obras más recientes, pautas temáticas y estéticas. Sin embargo se pueden destacar: en primer lugar, la reconstrucción de la memoria histórica de la guerra civil y el franquismo que hace Rafael Chirbes con su serie La larga marcha (1996), La caída de Madrid (2000) y Los viejos amigos (2003), donde incluso se narra la memoria de la postguerra; Antonio Muñoz Molina también aborda el franquismo, por ejemplo en el El jinete polaco (1991). En segundo lugar también se da la decepción de los ideales de la generación. Este tema aparece en muchas novelas, entre ellas El río de la Luna (1981) de José Mª Guelbenzu. El tema de la transición democrática y de antiguos ideales traicionados es una realidad tan grande que es imposible que la literatura no la aborde; por ejemplo, estos factores están representados en El buque fantasma (1992) de Andrés Trapiello, y en El cielo de Madrid (2005) de Julio Llamazares. Finalmente, vale la pena destacar el trabajo sobre la insuficiencia de la realidad y la exploración de ámbitos imaginarios en la obra de Juan José Millás con su novela La soledad era esto (1990).

El siglo XXI ha traído una expansión aún más amplia del mercado literario, aunque el propio sector editorial no haya pasado por sus mejores días. Las nuevas sensibilidades y problemas como la globalización, la juventud, el consumo, el género y el consumo se ven representados en la nueva literatura española y en las nuevas literaturas de todo el mundo.

Bibliografía recomendada

Rico, Francisco. Historia y Crítica de la Literatura española. Editorial Crítica. Barcelona. 1980-2000

Ramón Menéndez Pidal. El romancero español (hispano-portugués, americano y sefardí, Teoría e investigación. Espasa Calpe. 1953

Ramón Menéndez Pidal, D. Catalán. A. y Galmés Cómo vive un romance. Dos ensayos sobre tradicionalidad Madrid, CSIC 1954

Antonio Sánchez Romeralo (“Sobre el estilo de la lírica tradicional española en los siglos XV y XVI” en las Actas del II Congreso Internacional de Hispanistas de 1967, y ahora desde la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes)

María Teresa Barbadillo de la Fuente también tiene una edición comentada y titulada Romancero y Lírica Tradicional (2002, en Edibolsillo)

 Ernst Robert Curtius. Literatura europea y Edad Media. 1955

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