El cuento. Definición y aspectos centrales.

¿Qué es el cuento?

La literatura tiene varios géneros. La novela, la poesía, el teatro. El cuento es también uno de ellos. El cuento es un género literario que, al igual que la novela, se logra mediante el arte de narrar. Por eso Carlos Pacheco en su artículo “Criterios para una conceptualización del cuento” ha considerado que “la definición del cuento es colocarse ante una paradoja, porque el cuento es presentado a la vez como el más definible y el menos definible de los géneros”.

Enrique Anderson Imbert en su libro Teoría y técnica del cuento describe al cuento como “una de las formas del arte de narrar, el arte de narrar es una de las formas de la literatura y la literatura es una de las formas de la ficción”.

En ese sentido el género del cuento está asociado a la ficción en cuanto, por un lado, como arte de narrar, recrea acciones que han sucedido en la realidad dándoles forma de relato y amoldándolas a una narración literaria, o bien simula acciones que no han sucedido en la realidad, creando, mediante el arte de narrar, situaciones, espacios y personajes. De ahí que Seymour Menton en su libro El cuento hispanoamericano defina el cuento como “una narración fingida en todo o en parte”. La ficcionalidad y lo narrativo son las características principales del género del cuento.

La palabra cuento viene de contar. Se pueden contar historias tomadas de lo real o se pueden contar historias completamente ficticias. Lo que hace que la narración de lo real o la narración de la ficción estén vinculadas al género del cuento es, precisamente, la elaboración estética de la ficcionalización: se ficcionaliza lo real o se ficcionaliza lo imaginario. En cuanto a su extensión, el cuento suele ser corto, aunque los hay también largos que muchas veces se confunden con novelas, como en el caso del cuento “Nombre falso” de Ricardo Piglia. Por otra parte, Augusto Monterroso ha escrito el que tal vez es el cuento más corto de la literatura en español: El dinosaurio (publicado en Obras completas y otros cuentos).

Cuentistas como Edgard Allan Poe en “La unidad de impresión”, Horacio Quiroga en “Decálogo del perfecto cuentista”, Julio Cortázar en “ Aspectos del cuento”, Julio Ramón Ribeyro en “Decálogo para cuentistas” o el mencionado Ricardo Piglia en “Tesis sobre el cuento”, han teorizado, cada uno a su manera, acerca del género. Algunos de ellos mencionan como una de las características principales del género del cuento, además de la necesidad de contar una historia, su extensión. Para Poe, por ejemplo, quien además de ser uno de los grandes cuentistas de la literatura universal y pionero del cuento moderno, fue un gran teórico del género, el cuento se asemeja al poema y se diferencia de la novela, porque su concepción inicial suele ser instantánea y porque su lectura debe darse en un tiempo breve e intenso.

Edgar Allan Poe habla de la unidad de impresión como una característica del cuento moderno. Esta unidad busca crear una intensidad del efecto mediante la economía del lenguaje, la condensación del relato y el rigor de la situación, los personajes y el escenario planteados.

A partir de estos elementos se pueden distinguir algunas características del cuento clásico, el cuento moderno y el cuento contemporáneo, advirtiendo como hecho fundamental la distinción entre cuento literario y cuento oral o tradicional. El cuento literario es relativamente reciente y se remonta, en tanto género literario, apenas a comienzos del siglo XIX. Por su parte, la narración oral implica contar historias fantásticas, religiosas, míticas y fabulosas y existe desde tiempos inmemoriales. Podemos sumar entre ellas las historias de diversas naturalezas que hacen parte de la Biblia o de Las mil y una noches.

De igual manera, esta distinción entre el cuento oral y el cuento literario se puede hacer respecto del cuento popular o folklórico tal y como lo entiende Vladimir Propp en su clásico libro Morfología del cuento (1928), donde hace un estudio de la lógica estructural del cuento maravilloso en el que identifica 31 funciones que se reiteran en las acciones de los personajes de los cuentos maravillosos populares rusos y que llevan a Propp a proponer que este tipo de cuentos contienen restos de antiguas ceremonias y rituales populares.

En el cuento clásico, que se caracteriza por la representación convencional de la realidad, según explica Lauro Zavala en “Un modelo para el estudio del cuento”, el tiempo está estructurado como una sucesión de acontecimientos organizados en un orden secuencial, el espacio está escrito de manera verosímil, los personajes son convencionales y el narrador es confiable, “su objetivo es ofrecer una representación de la realidad” y el final revela una verdad narrativa. De ahí que Zavala concluya que el cuento clásico “es circular (porque tiene una verdad única y central), epifánico (porque está organizado alrededor de una sorpresa final), secuencial (porque está estructurado de principio a fin), paratáctico (porque a cada fragmento le debe seguir el subsecuente y ningún otro) y realista (porque está sostenido por uh conjunto de convenciones genéricas). El objetivo último de esta clase de narración es la representación de una realidad narrativa”. Un ejemplo del cuento clásico es: «Bola de Sebo» (1880) de Guy deMaupassant y “El aristócrata solterón” (1892) de Arthur Conan Doyle.

Entre los autores más representativos del género del cuento en el siglo XIX podemos mencionar, además del norteamericano Edgard Allan Poe con cuentos como “La caida de la casa Usher” (1839), “El gato negro”, “Corazón delator” o “El escarabajo de oro” (1843), al también norteamericano Henry James autor de “La lección del maestro” (1892) y “El altar de los muertos” (1895), entre muchos otros cuentos más, obras maestras del género. El ruso Nikolai Gogol fue autor también de algunas de las más representativas piezas del género como “La nariz” (1836) y “El capote” (1842), así como Anton Chejov autor de “La muerte de un funcionario” (1883) y “La dama del perrito” (1899). El francés Honoré de Balzac, célebre por sus novelas, fue también autor de grandes cuentos como “La mujer abandonada” (1832). El también francés Guy de Maupassant escribió “Bola de cebo” (1880), uno de sus más famosos textos literarios.

El cuento moderno, por su parte, es una reacción al cuento clásico. Se caracteriza por una estructura que permite múltiples interpretaciones. El tiempo en el cuento moderno no es secuencial sino simultánea y por lo general presentan un final abierto contrario al final epifánico del cuento clásico. Según Zavala, en el cuento moderno hay un “cuestionamiento de las formas tradicionales de representación de la realidad y por ello cada texto es irrepetible en la medida en que se apoya en la experimentación y el juego”. Un ejemplo del cuento moderno lo encontramos en “En memoria de Paulina” (1948) de Adolfo Bioy Casares.

En América Latina el cuento durante el siglo XIX dejó obras fundamentales del género como “El matadero” (1840) del argentino Esteban Echavarría, “El rey burgués” (1887) de Rubén Darío y “San Antoñito” (1899) y «El padre Casafús» del colombiano Tomás Carrasquilla.

El siglo XX tuvo un amplio desarrollo del género en distintas lenguas. Cabe mencionar autores de lengua inglesa como Ernest Hemingway, Raymond Carver, J.D. Salinger y John Cheever; autores en lengua alemana como Franz Kafka, autor, entre otras obras maestras, de “El artista del hambre” (1922), o en ruso como Isaak Bábel y su libro Cuentos de Odessa (1923).

En América Latina el cuento durante el siglo XX tuvo a autores que llevaron el género a su máxima expresión como el argentino Horacio Quiroga, autor de un decálogo fundamental acerca del género, además de grandes cuentos como “El hombre muerto” (1928); los uruguayos Felisberto Hernández, autor de “Nadie encendía las lámparas” (1947) y “La casa inundada” (1960), Juan Carlos Onetti, autor de “El infierno tan temido” (1962) y “Jacob y el otro” (1964) y Armonía Sommers con su volumen de cuentos titulado El derrumbamiento (1953), así como Mario Levrero quien, además de sus novelas, escribió muchos de los cuentos donde se ve reflejado su universo fantástico como “El sótano” (1967) o “La cinta de Moebius” (1975); la chilena Marta Brunet, autora del libro Raíz del sueño (1949); el mexicano Juan Rulfo y su influyente libro El llano en llamas (1953); los argentinos Jorge Luis Borges, autor, entre otras obras maestras, de “Los senderos que se bifurcan” (1941), «El Zahir«, «Los teólogos» y “El aleph” (1949), Julio Cortázar y sus cuentos “Continuidad en los parques” (1955) y «El perseguidor«, Silvina Ocampo con su volumen de cuentos La invitada (1941), Sara Gallardo con el volumen titulado El país del humo (1977), Ricardo Piglia y “Las actas del juicio” (1967); el colombiano Hernando Tellez con su cuento “Espuma y nada más” (1956); el guatemalteco Augusto Monterroso autor de La oveja negra y demás fábulas (1969); el venezolano Salvador Garmendia y su libro El Inquieto Anacobero y otros cuentos (1976); el paraguayo Augusto Roa Bastos y su cuento “Carpincheros” (1953); y el peruano Julio Ramón Ribeyro, autor de “Los gallinazos sin plumas” (1955) y “Silvio en el rosedal” (1977).

En el siglo XXI el género del cuento, como todos los géneros literarios, se ha visto intervenido en sus límites y ha tenido múltiples cruces. Eso hace, que en contraposición al cuento clásico o al cuento moderno, el cuento contemporáneo explore en las posibilidades de aperturas de diversas estrategias narrativas que se superponen unas con otras.

El cuento contemporáneo, como señala Lauro Zavala, es intertextual, itinerante y antirrepresentacional “porque en lugar de tener como supuesto la posibilidad de representar la realidad o de cuestionar las convenciones de la representación genérica se apoya en el presupuesto de que todo texto constituye una realidad autónoma, distinta de la cotidiana y sin embargo tal vez más real que aquella”.

Algunos autores representativos del cuento contemporáneo en España y América Latina son los cubanos Ena Lucía Portela y Antonio José Ponte; los argentinos Samanta Schweblin, Patricio Pron (Trayéndolo todo de regreso a casa, 2021) y Mariana Enriquez; los colombianos Evelio Rosero y Pablo Montoya; el peruano Carlos Yushimito y el mexicano Yuri Herrera; la chilena Alejandra Costamagna y los españoles Elvira Navarro, Eloy Tizón y Javier Sáez de Ibarra, por nombrar algunos.

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