La novela. Definición y aspectos centrales.

La novela es uno de los géneros literarios más conocidos y leídos. En el mundo editorial, es una de las principales tipologías de publicación, con ventas a nivel mundial muy superiores a los libros de poesía, ensayo y cuento. No obstante, históricamente la novela es muy posterior a la poesía, al teatro y a otros tipos de narrativa como las fábulas. Mientras que la poesía o la lírica estaba consolidada en la antigua Grecia, la novela solo tomaría una forma definitiva con Don Quijote de la Mancha. En este contenido se explica con más profundidad qué es la novela, sus principales aspectos, rasgos históricos y sus más destacados exponentes.

Orígenes y desarrollo de la novela

En términos generales la novela es un género literario que narra hechos ficcionales. Estos hechos pueden ser basados en eventos, datos o cuestiones de la realidad o en hechos completamente imaginarios. A través de técnicas narrativas, la novela explora diferentes temáticas que pueden ser locales o universales y que pueden indagar tanto acerca de orientaciones y derivas del pensamiento filosófico como sobre problemáticas sociales específicas. La extensión de la novela varía y puede ser muy extensa, como Los Sorias (1998) del escritor argentino Alberto Laiseca que tiene casi 1400 páginas, o muy breve, como Los adioses (1954) del escritor uruguayo Juan Carlos Onetti.

La crítica y la historia literaria coinciden en señalar que la novela es un género literario surgido tardíamente si lo comparamos con la poesía, la épica o el drama, que son géneros que provienen desde la Antigüedad. Otra distinción evidente entre estos géneros consiste, como ha señalado el crítico Georg Lukacs en su libro imprescindible Teoría de la novela, en un aspecto relacionado con el tiempo: en la épica el tiempo es inmóvil puesto que remite siempre a un pasado donde el protagonista actuó heroicamente y en el drama, a través del diálogo escénico, el tiempo es convertido en espacio; en la novela, en cambio, el tiempo es un aspecto constitutivo que define las relaciones entre los componentes de la novela. La novela, así, puede ser definida como el arte de narrar el desarrollo del tiempo.

Se suele ubicar como la primera novela de la historia los relatos que conforman el volumen Genji monogatari, escritos en Japón hacia el siglo XI. Si bien hay en esa obra elementos que podemos identificar con la novela, todavía hay aspectos característicos ausentes que van a aparecer, en términos estrictos, con las formalidades del género desarrolladas a comienzos de la era moderna hacia los siglos XIV y XV y que se van a consolidar en el siglo XIX. Es por eso que en la historia de la literatura muchas veces se mencionan las narraciones que conforman El Decameron de Giovanni Bocaccio, escritas en Italia en el siglo XIV, y Los cuentos de Canterbury de Geoffrey Chaucer, escritos en Inglaterra también durante la segunda mitad del siglo XIV, como obras paradigmáticas en el origen del género de la novela en Europa.

Pero no será sino hasta la aparición de Don Quijote de la Mancha de Miguel de Cervantes y Saavedra en España en 1605 cuando la novela se consolide como un género literario propio de la modernidad. Con el Quijote de Cervantes la novela, a partir del relato de las aventuras y andanzas del hidalgo y Sancho Panza, se asienta en una estructura que va a ser replicada de ahí en más, con todas la variantes posibles, por los más grandes novelistas de la historia: Goethe, Dostoyevski, Stendhal, Balzac, Flaubert, Melville, Thomas Mann, por nombrar algunos de los más célebres, fueron todos escritores que siguieron el modelo cervantino y que llevaron la novela a convertirse en el gran arte de la modernidad.

De hecho, el siglo XIX ha sido considerado como “la era de la novela” ya que fue en ese periodo cuando este género literario alcanzó su máximo esplendor a través de obras como Papá Goriot (1834) del francés Honoré de Balzac, Oliver Twist (1839) del inglés Charles Dickens, Moby Dick (1851) del norteamericano Herman Melville, Madame Bovary (1857) del francés Gustave Flaubert, Crimen y castigo (1866) del ruso Fiodor Dostoyevski, Los papeles de Aspern (1888) y Otra vuelta de tuerca (1898) del anglo-norteamericano Henry James o Nana (1890) del francés Emile Zola, entre otras.

Ya entrado el siglo XX, con las guerras y los desarrollos técnicos, la novela, al igual que todos los fenómenos artísticos y todas las expresiones culturales, se modifican drásticamente. Del realismo característico del siglo XIX se pasa, como señala con énfasis Lukacs, a una separación tajante entre el sujeto y la realidad haciendo surgir así novelas donde el mundo ya no aparece representado como una totalidad sino que la novela explora en la fragmentación característica de los procesos de modernización.

Al respecto escribe Lukacs en Teoría de la novela: “La novela es la epopeya de una época para la cual no está ya sensiblemente dada la totalidad extensiva de la vida, una época para la cual la inmanencia del sentido a la vida se ha hecho problema, pero que, sin embargo, conserva el espíritu que busca totalidad, el temple de totalidad”. Surgen así obras como El proceso (1915) o La metamorfosis (1915) de Franz Kafka, Ulises (1922) de James Joyce, La conciencia de Zeno (1923) de Ítalo Svevo, Mrs. Dalloway (1925) de Virginia Woolf, En búsqueda del tiempo perdido (1913-1927) de Marcel Proust, El ruido y la furia (1929) de William Faulkner, El hombre sin atributos (1930) de Robert Musil, El pozo (1934) de Juan Carlos Onetti, La muerte de Virgilio (1945) de Hermann Broch, la trilogía de Samuel Beckett compuesta por las novelas Molloy (1951), Malone muere (1951) y El innombrable (1954), Trasatlántico (1953) de Witold Gombrowicz o Pedro Páramo (1955) de Juan Rulfo.

Se trata de novelas donde puede observarse claramente aquello que apunta Benito Varela en Renovación de la novela en el siglo XX cuando señala que: “El centro de gravedad de la novela se desplaza, a comienzos del siglo XX, desde el personaje biografiado, modelado por la fábula, a la búsqueda de una nueva realidad. Las exigencias de la anécdota son cada vez menores. Los protagonistas novelescos disgregan su personalidad en el interior de las estructuras sociales y económicas”.

Al avanzar el siglo XX, la novela toma distintas derivas. Unas de ellas profundizan en los vínculos tradicionales con el realismo decimonónico, como por ejemplo las novelas del escritor alemán Thomas Mann o algunas de las más representativas novelas de realismo socialista soviético como las del escritor Máximo Gorki o muchas de las más representativas de la literatura latinoamericana como La vorágine (1924) de José Eustasio Rivera, Los de abajo (1915) de Mariano Azuela o Yawar fiesta (1941) de José María Arguedas. Sin embargo, es necesario advertir que este tipo de realismo que explora la novelística del siglo XX es un realismo que indaga en la exploración de la forma y de los imaginarios, que irrumpe en la estructura tradicional de la novela decimonónica y que incorpora elementos del fluir de la conciencia para representar el mundo interior de sus personajes.

El desarrollo de la novela del siglo XX puede verse con estas características en la obra producida por autores de distintas lenguas como el italiano Cesare Pavese, los brasileros João Guimarães Rosa y Clarice Lispector, los norteamericanos Ernest Hemingway y Truman Capote, los franceses Louis-Ferdinand Celine y J.M.G Le Clezio, los españoles Camilo José Cela y Javier Marías, los colombianos Gabriel García Márquez y R.H. Moreno-Durán, los mexicanos Carlos Fuentes y Juan Villoro, los argentinos Manuel Puig y Juan José Saer, todos ellos autores exponentes de la novela como el arte de narrar el desarrollo del tiempo.

Del siglo XX también son muchas de las novelas más léidas en la historia. El principito (1946) de Antoine De Saint-Exupéry, El señor de los anillos (1954) J. R. R. Tolkien, Diez negritos (1939) de Agatha Christie, El guardián entre el centeno (1951) de J.D. Salinger, Cien años de soledad (1967) de Gabriel García Márquez, El alquimista (1998) de Paulo Coelho. Muchas de éstas, son novela de fantasía.

Hacia finales del siglo XX y ya entrado el siglo XXI la novela se encuentra en un estado donde los géneros han sido ya muchas veces transgredidos. Es así como encontramos obras donde el género ha dejado de ser una limitación y lo que se produce es una fusión entre novela, ensayo, poesía, diarios personales y crónica. Obras como Respiración artificial (1980) de Ricardo Piglia donde la narración de la novela se confunde con los despliegues ensayísticos del narrador o La novela luminosa (2005), del uruguayo Mario Levrero donde los diarios personales acerca de la imposibilidad de escribir una novela se convierte en la novela misma son ejemplos bastante ilustrativos de ello en la novelística latinoamericana. En otras lenguas estas fusiones se producen igualmente. Es el caso de novelas como La broma infinita (1997), del norteamericano David Foster Wallace, El adversario (2000) del francés Emmanuele Carrère o Austerlitz (2001) del alemán W.G. Sebald, todas ellas novelas que utilizan distintos registros provenientes del ensayo, de la crónica o de los diarios personales.

Ejemplo de algunas novelas celebradas por la crítica: La caída de los gigantes de Ken Follett, El prisionero del cielo de Carlos Ruíz Zafón, El libro de las ilusiones de Paul Auster, La forma de las ruinas de Juan Gabriel Vásquez, Rayuela de Julio Cortázar, La luz que no puedes ver de Anthony Doerr.

Aspectos de la novela

En el 2019, en una presentación en Buenos Aires, la novelista norteamericana Lorrie Moore dio una conferencia respondiendo a la pregunta sobre qué constituye una novela. Es una pregunta común que ha atravesado los tiempos. Por ejemplo, en 1927, fue una pregunta que se hizo el novelista inglés E.M. Forster al dictar sus célebres conferencias sobre los Aspectos de la novela donde se centra en siete aspectos que considera necesarios para comprender el género: “la historia, la gente, el argumento, la fantasía, la profecía, la forma y el ritmo”, dice Forster. Y agrega: “Todos estamos de acuerdo en que el aspecto fundamental de una novela es que cuenta una historia”.

En efecto, si se repasa muchas de las definiciones que se han dado acerca de la novela, el relato de una historia es uno de los aspectos que aparecen una y otra vez. Pero, por supuesto, no es el único. Además, es necesario advertir que no todo relato de una historia es una novela, así como también podemos encontrar novelas donde la historia es lo de menos. Incluso, hay novelas donde la historia no termina nunca de empezar, como la del argentino Macedonio Fernández, Museo de la novela de la Eterna, escrita hacia 1925 y publicada póstumamente en 1967, una novela hecha de prólogos a la novela que nunca comienza y que, como señala Andrea Torres en su artículo “¿Quién ve, quién narra? Museo de la novela de la Eterna y La ciudad ausente”, “puede ser leída como el relato de cómo crear una novela; el relato sobre cómo se concibe, se articula y se produce un texto nuevo, por fuera de las determinaciones de una estética mimética”.
Debemos advertir que, al menos desde el siglo XIX, la novela como género literario ha sido entendido como un discurso compuesto de dos dimensiones principales que son la forma y el contenido.

Al hablar de la forma estamos hablando de la dimensión material del lenguaje, de aquello que los estructuralistas llaman el significante; el contenido, por su parte, tiene que ver con el significado, es decir, con aquello que se cuenta mediante el uso material del lenguaje.

La comprensión de la novela como un artefacto discursivo dual es la más común de las formas de entender este género literario. De hecho, esta dualidad ha dado lugar a la existencia de dos principales corrientes teóricas acerca de la novela. Por un lado el formalismo y por el otro el sociologismo. Sin embargo, podría agregarse una tercera vía de comprensión de la novela como género literario en donde forma y contenido son dimensiones irrevocables que ameritan una perspectiva que permita la percepción de la totalidad de las obras. En esta forma de aproximarse a la novela hay una crítica a la dimensión dual de la literatura que, como señala Luis Beltrán Almería en su artículo “La novela, género literario”, está “basada en el concepto de forma estética o forma interior”.

Pero, antes de avanzar hacia allá, volvamos a la conferencia de Lorrie Moore. Al comenzar su charla sobre qué constituye una novela ella dijo que, a pesar de estar en ese momento escribiendo una y a pesar de que ya había escrito varias anteriormente, no tenía todavía en claro qué es una novela. Aún así, más adelante en su conferencia, la novelista enumeró, como lo había hecho E.M. Forster casi un siglo antes, algunos aspectos que debería contener toda novela. Solo que para la norteamericana son bastantes menos que para el inglés, aunque de alguna manera los compila a todos. Moore habló de tres aspectos indispensables: lugar, personajes y voz.

A propósito del lugar apuntó que “una novela es un refugio, que no es exactamente un refugio, pero es sin dudas un lugar al que acudir para sobrevivir a cualquier tipo de invierno. Para permitir que tu mente se encienda y se fusione con la de otro”.

En ese sentido la novela, además de ser un género literario y además de ser el arte de narrar el desarrollo del tiempo, al ser entendida como una forma estética característica de la modernidad, es además, y quizás por sobre todas las cosas, un lugar de encuentro, un espacio donde se ponen en contacto los lectores, el lenguaje, la imaginación y la escritura.

Bibliografía y recursos

  • Lukacs, Georg (1916) Teoría de la novela. Debolsillo. Madrid. 2016
  • Varela, Jácome Benito. Renovación de la novela en el siglo XX. Destino. Madrid. 1967
  • Beltrán Almería, Luis. La novela, género literario. Letras, ISSN 1409-424X, Vol. 2, Nº. 66, 2019, págs. 13-45.
  • Reseñas de novelas.
  • ¿Qué es la literatura?