Literatura francesa

Hablamos de literatura francesa para referirnos a toda producción literaria que está escrita en francés y que es escrita por autores nacidos en este país. La literatura francesa ha tenido un gran impacto en la literatura universal y es uno de los principales puntos de referencia para autores y lectores de todo el mundo. El estudio de la literatura francesa está incluida, por lo menos someramente, en los programas escolares de la mayoría de países del planeta. En esta página podemos encontrar los siguientes contenidos:

El origen de lo que hoy llamamos literatura francesa se remonta, al igual que la literatura española y la literatura italiana, a la Edad Media, época en la que el latín va generando una serie de lenguas romances con una raíz común, entre ellas la francesa.

Literatura francesa Medieval

La literatura francesa medieval, entre los siglos XI y XV, vio diferentes géneros de trabajo creativo llevado a cabo por poetas, clérigos, jongleurs (juglares) y escritores. Las formas de las obras poéticas medievales incluyen la Jeu-Parti, Aube, Chant royal (Canto real) y Chanson de geste (Canción de gesta), mientras que los géneros de teatro incluyen el Juego de la pasión, el Juego del milagro, el Juego de la moralidad y el Juego de misterio.

El primer texto literario conocido en lengua francesa es la Secuencia de Santa Eulalia, escrita probablemente entre 881 y 882. Se trata de una adaptación en 29 versos de un poema latino de carácter religioso y moralizante. Destaca también la obra Juramentos de Estrasburgo, un texto que surge en el siglo IX. Le siguieron otros como la Vida de Saint Léger (siglo X) y la Vida de San Alejo (1040). Otros grandes textos de la literatura francesa datan de mediados de la Edad Media, hacia el siglo XI.

El Cantar de Gesta

Una de las formas poéticas más importantes de la Edad Media es el Cantar de Gesta y forma parte de la épica francesa que apareció a finales del siglo XI y se siguió desarrollando hasta bien entrado el siglo XV, dando lugar a la producción literaria más amplia en Europa por aquella época. La épica se clasifica en ciclos, atendiendo al héroe o familia en torno al cual se desarrolla el relato. Algunas características generales del Cantar de Gesta son: la sobriedad de la narración (con un elemento fantástico creciente en las últimas composiciones y que será la base futura de las novelas de caballerías) y la organización en tiradas o laisses de extensión variable a modo de estrofa, con versos de dieciséis sílabas en las primeras obras, que fueron sustituidos de manera tardía por los alejandrinos.

En los cantares de gesta se muestra la clase feudal a través del héroe épico. Este héroe, caballero de fuerza y resistencia sobrehumanas, es presentado como un ejemplo de fidelidad a su señor, y, por tanto, como representante de una sociedad cuya existencia está en juego. El resto de los personajes representan papeles también arquetípicos: el amigo confidente, el traidor, el enemigo, etc.

Su función en la narración es subrayar el heroísmo y las virtudes del héroe principal. En general, los temas de los cantares de gesta constituyen lo que el poeta Jean Bodel llamó “materia de Francia”, frente a los de relatos artúrico (materia de Bretaña) y los de temas de la Antigüedad (materia de Roma). Los ciclos más importantes son el Ciclo de Carlomagno o del Rey (donde se encuentra recogida la Chanson de Roland), el Ciclo de Guillermo de Orange y el Ciclo de Doon de Mayence.

La novela de caballería en Francia

Algo más adelante surgió en Francia un género que se acabaría imponiendo en todo el continente y cuyas influencias aún resuenan hoy en día. Hablamos de la Novela de caballería o Roman courtois, que en el caso francés trataron temas de la Antigüedad o sobre la mitología celta: Tristán e Isolda, Perceval o Los caballeros de la Mesa Redonda. Así, uno de los autores más famosos, no sólo en la literatura francesa, sino de estatura universal, es Chrétien de Troyes (obras destacadas: Erec et Enide – 1170, Yvain, el Caballero del León – 1170, Cligès – 1174-76), a quien se le considera el primer novelista de Francia, y estudiado por algunos intelectuales como el padre de la novela occidental. Destaca la leyenda popular de Tristán e Isolda, cuyas versiones más famosas son las del poeta anglonormando Thomas de Inglaterra y el normando Béroul (siglos XI y XII).

Tristán e Isolda. Pintura de Edmund Blaire Leighton, 1902
Tristán e Isolda. Pintura de Edmund Blaire Leighton, 1902. Se trata de una de la leyendas épicas más conocidas y más representativas en las novelas de caballería francesas.

En la narrativa también fueron importantes las sátiras y las fabliaux, las cuales eran puras críticas sociales y culturales de la época, compuestas en verso y escritas mayoritariamente de forma anónima; se desarrollaron entre el siglo XII y XIV. De tono realista, retratan imágenes instructivas de la vida cotidiana en la Francia medieval. Fueron de mucha influencia y crearon un legando de anécdotas para escritores posteriores como Geoffrey Chaucer y Giovanni Boccaccio. Destacan en este sentido los poemas llamados Roman de Renart (Siglos XII y XIII), los cuales parodian las grandes épicas y novelas de caballería.

Poemas alegóricos, Romance de la Rosa y Prosa

Los poemas alegóricos cobraron también mucha fuerza en Francia alrededor de esta época sobre todo de la mano de Alain de Lille quien escribió aparte de tratados, dos poemas por los que se hizo muy popular en su momento: De planctu naturae, una sátira sobre los deseos y vicios humanos, y Anticlaudianus, a un poema alegórico que trata sobre la creación y perfeccionamiento o purificación del alma humana por Dios y la naturaleza. Sin embargo, el poema que más ha influenciado a posteriores autores ha sido Roman de la rose (El romance de la rosa), escrito por Guillaume de Lorris (los primeros 4.058 versos) y posteriormente por Jean de Meun (unos 17.000 versos más), en el cual se celebra el amor cortés.

El Romance de la Rosa fue inmensamente popular hasta bien entrado el Renacimiento y dio lugar a uno de los primeros y más importantes casos de la Querelle des Femmes («Debate sobre las mujeres»), una disputa literaria sobre la supuesta inferioridad o superioridad de las mujeres. El ataque de Christine de Pisan a la misoginia y obscenidad de El romance de la rosa, en el Épistre au Dieu d’Amours (1399), presagia su propio poema alegorico en defensa de las mujeres: Livre de la cité des dames (1404-05).

La prosa floreció desde aproximadamente 1200. Unos años antes, Robert de Boron había usado versos para su Joseph d’Arimathie en el que asociaba el Santo Grial con la Crucifixión, y su Merlín, pero ambos pronto se convirtieron en prosa. Otros romances artúricos lo adoptaron, en particular el gran Ciclo de la Vulgata escrito entre 1215 y 1235. Estos incluyeron el inmensamente popular Lancelot, el Queste del Saint Graal, y La Mort le Roi Artu (La muerte del rey Arturo), que describe el colapso del mundo artúrico. La leyenda de Tristán fue reelaborada y extendida en prosa. Para hilar sus romances mientras mantenían el interés de su público, los autores tejieron muchos personajes y aventuras, produciendo complejos patrones que se entrelazan, por ejemplo, Sir Thomas Malory simplificó estos patrones cuando los utilizó como patrón para su Le Morte d’Arthur (1470).

Teatro medieval en Francia

En el campo del teatro, se ve una clara evolución de la literatura medieval francesa de religiosa a profana. Los dramas litúrgicos del siglo XI estaban compuestos de pasajes extraídos de la Biblia en prosa latina. Trataban siempre del nacimiento y la pasión de Cristo. Con la aparición de actores aficionados en el siglo XII, se adoptó el francés en el drama profano o secular, que empleaba aún temas bíblicos. En el siglo XIII se ampliaron los temas religiosos con milagros sobre los santos y la Virgen María. De este periodo datan la primera obra pastoral y ópera cómica: El juego de Robin y de Marion, escrito por Adam de la Halle hacia 1275.

Los milagros de la Virgen María fueron el tema preferido durante el siglo XIV, y más adelante fueron adaptadas escenas de las canciones en estas obras religiosas. En el siglo siguiente, el interés popular por el teatro aumentó, y las producciones teatrales se liberaron de la influencia eclesiástica.

Literatura francesa en el Renacimiento

El término “Renacimiento”, fue utilizado por primera vez durante el siglo XVIII, y fue establecido definitivamente en el siglo XVIII por Jacob Burckhardt y Jules Michelet, quienes lo usaron para describir lo que percibían como un movimiento que representaba una ruptura con el pasado medieval e inauguraba las formas y valores de los Estados-Nación europeos modernos. Los ecos de la literatura clásica (que ya se escuchaban desde el siglo XII) se encuentran de nuevo desde mediados del siglo XV en el trabajo de los Grands Rhétoriqueurs (Grandes Retóricos) en el que se incluyen poetas como Guillaume Crétin (Chants royaulx et aultres petitz traictez – 1527), Octovien de Saint-Gellais (traducción de la Eneida y de las Heriodes de Ovidio al francés), Jean Marot (Voyage de Gênes y Voyage de Venise), Jean Bouchet (Les Annales d’Aquitaine: Faicts & gestes en sommaire des Roys de France, & d’Angleterre, & païs de Naples & de Milan – 1545) y Jean Lemaire de Belges (Las Epístolas del Amante verde – 1510), más conocidos por su compromiso con el juego formal, juegos de rima, y alegorización, en la tradición medieval. Cabe explicar que los Grands Rhétoriqueurs eran poetas de Francia, Bretaña, Borgoña y Flandes. La escritura inspirada en la tradición medieval continuó produciéndose hasta bien entrado el siglo XVI.

Es importante destacar que, durante este período, los escritores realizaban muchos viajes, ya fuera por elección para absorber las influencias culturales de otros países o por necesidad. Por ejemplo, François Rabelais (Gargantúa y Pantagruel – 1532), Joachim du Bellay (Las añoranzas – 1558) y el padre del género del «ensayo» Michel de Montaigne (Ensayos – 1571) viajaron desde Francia a Italia. Otros se quedaron en el exilio, sobre todo en Italia como Clément Marot.

Durante el renacimiento, la poesía alegórica continuó gozando de un estatus privilegiado en la literatura, y los autores tomaban como ejemplo a los Grand Rhétoriqueurs. Uno de los poetas más importantes de la época fue Clément Marot (Le Temple de Cupido – 1513-14). Marot no sólo escribió poemas alegóricos, sino que también compuso baladas, canciones, elegías, epistolarios… y llegó a ser poeta de la Corte a pesar de ser protestante, razón por la que tuvo que exiliarse. Mientras Marot traducía los Salmos, otros poetas estaban comprometidos con un tipo diferente de misticismo. Por ejemplo, en Lyon, un grupo importante de poetas en el que se incluye a Maurice Scève, Pernette du Guillet y Louise Labé estaban escribiendo poesía de amor neoplatonista y petrarquista, con una forma textual y estilística elevadas, en la que el deseo de una belleza terrenal envuelve al poeta que eleva sus poderes creativos y lo atrae hacia la belleza espiritual, la verdad y el conocimiento que ella refleja. En sus Euvres (1555), Lousie Labé presenta una colección de elegías, sonetos y textos en prosa que invierten la perspectiva de género habitual e incita a otras mujeres a seguir su ejemplo y escribir para buscar la fama poética.

Por otro lado, en la prosa, cabe destacar a François Rabelais, quien se convirtió en un autor prodigio en la experimentación literaria. En el siglo XX Mijaíl Bajtín, filósofo ruso, teorizará sobre lo carnavalesco y el realismo grotesco, con base en la obra de Rebelais; su ensayo Rebelais and his world (1965) se ha convertido en uno de los textos fundacionales en el estudio de lo grotesco.

Clasicismo francés y el barroco

En la primera mitad del siglo XVII podemos ubicar el periodo barroco, y a pesar de que artísticamente el barroco se considera como lo contrario al orden, la estabilidad y el raciocinio, ya se estaban dando los primeros pasos hacia un orden que alcanzaría una gran expresión en la Ilustración.

Se estableció un deseo generalizado de superación cultural que se refleja en los numerosos manuales de politesse, o cortesía formal, que aparecieron a lo largo de la primera mitad del siglo. Mientras que en el célebre salón de Mme de Rambouillet, hombres intelectuales, en su mayoría de origen burgués, la nobleza y los líderes de la sociedad de moda, se mezclaron para disfrutar de reuniones intelectuales. Estas reuniones promulgaron el refinamiento del lenguaje literario y también ayudaron a preparar un público culto que pudiera participar en el análisis serio de los problemas morales y psicológicos.

La formación de la Académie Française, un movimiento temprano para colocar la actividad cultural bajo el patrocinio del Estado, data de 1634. Sus funciones habituales se referían a la estandarización de la lengua francesa. Este esfuerzo dio sus frutos en el propio Dictionnaire de la Académie de 1694, aunque para entonces habían aparecido obras rivales en los diccionarios de César-Pierre Richelet (1680) y Antoine Furetière (1690). Un deseo similar a través del análisis sistemático inspiró a Claude Favre, señor de Vaugelas, también académico, cuyo Remarques sur la langue françoise (1647) registra el uso cortés de la época.

Destacó la figura de Alexandre Hardy quien fue ante todo un hombre de teatro. Fue Poète à gages (escritor interno) de los Comédiens du Roi, la compañía establecida en el Hôtel de Bourgogne en París. Así, escribió cientos de obras de teatro, de las cuales 34 fueron publicadas (1623-28). Además de escribir tragedias, desarrolló la tragicomedia y la obra pastoral, que se convirtieron en los géneros más populares entre 1600 y 1630. A pesar de ello, la que se considera como la mejor obra de la década de 1620 es una tragedia, Pyrame et Thisbé de Théophile de Viau (1623), que comparte las características de encanto y lirismo de las obras pastorales. Sin embargo, la tragicomedia sigue siendo la forma barroca en su máxima expresión.

La comedia ganó un nuevo impulso alrededor de 1630. El nuevo estilo, definido por Corneille como «una pintura de la conversación de la nobleza», transporta lo pastoral a un entorno urbano. Al mismo tiempo, los jóvenes dramaturgos que competían por el favor del público y el apoyo de las dos compañías de teatro de París, el Hôtel de Bourgogne y el Marais, no descuidaron otros tipos de teatro; y Corneille, junto con Jean Mairet, Tristan (François L’Hermite) y Jean de Rotrou, inauguraron la tragedia «regular».

El escritor de prosa más distinguido de la época, fue un hombre que, cuando refleja la sociedad en la que vivió, lo hace bajo una luz tremendamente crítica. Los Pensées (1669-70) de Blaise Pascal presentan un recordatorio de los valores espirituales de la fe cristiana. La obra permanece incompleta, de modo que, a pesar del poder lírico de muchos fragmentos, algunos de los pensamientos son enigmáticos, incoherentes o incluso contradictorios. Sin embargo, el tema central está claro: La visión de Pascal sobre la naturaleza humana tiene mucho en común con la de La Rochefoucauld o Mme de La Fayette, sin embargo, Pascal contrasta la miseria del hombre impío con la grandeza alcanzable a través de la gracia divina. Pascal es el primer maestro de un estilo de prosa realmente moderno. En contraste con la prosa de Descartes que está llena de latinismos incómodos.

La literatura en la Ilustración francesa

La muerte del rey Luis XIV el 1 de septiembre de 1715 supuso el punto de partida de la Ilustración. Los inicios del pensamiento crítico, sin embargo, se remontan mucho más atrás, alrededor de 1680, donde se puede comenzar a distinguir un nuevo clima intelectual de investigación independiente y el cuestionamiento de las ideas y tradiciones anteriores.

Tanto Bayle como Fontenelle promovieron el principio de la Ilustración que se basa en la búsqueda de conocimiento verificable como la principal actividad humana. Bayle se centró en la problemática y la definición del mal, que le parecía un misterio comprensible sólo por la vía de la fe. Su obra principal es el Dictionnaire escrito en 1697. Fontenelle, por su parte, vio que la promoción de la verdad dependía de la eliminación del error, el cual teorizó que surge de la pereza humana al aceptar ciegamente las ideas recibidas.

Otra de las grandes figuras de la ilustración es el barón de Montesquieu, a quien se le considera el primero de los grandes autores ilustrados. Montesquieu propuso un enfoque liberal del mundo que a la vez tenía una visión innovadora pluralista y relativista de la sociedad. Sus Lettres persanes (1721) fue la obra que estableció su reputación en los círculos intelectuales. Un conjunto ficticio de correspondencias centradas en dos persas que hacen su primera visita a Europa representa satíricamente un París en transición entre el absolutismo monárquico, la religión y las libertades de una nueva era. El interés de Montesquieu en los mecanismos sociales y la causalidad se persigue aún más en las Considérations sur les causes de la grandeur des Romains et de leur décadence (1734).

François-Marie Arouet, conocido como Voltaire, también es una de las figuras principales que dominó el panorama intelectual de la Ilustración en Francia. Ya sea como dramaturgo, historiador, reformador, poeta, narrador, filósofo o corresponsal, durante 60 años siguió siendo uno de los líderes intelectuales en el país galo. Una visita a Inglaterra (1726-28) le impulsó a escribir las Lettres philosophiques (1734); tomó a Inglaterra como un modelo polémico de libertad filosófica, uso experimental de la razón, mecenazgo ilustrado de las artes y la ciencia, y respeto por las nuevas clases mercantiles y su contribución al bienestar económico de la nación, que contrastó con una aguda sátira de la Francia despótica, autoritaria y obsoleta.

Denis Diderot también es un autor central pero ocupó un lugar algo menos exaltado en su época, ya que la mayoría de sus mejores obras fueron publicadas solo a título póstumo. Fue un teórico del drama burgués, el primer gran crítico de arte francés. Así, se centró en observar la psicología de la represión y su función política en la sociedad autoritaria. Fue autor de la mayor novela satírica francesa del siglo, Jacques le fataliste et son maître (1796), la cual, influenciada por Tristram Shandy de Laurence Sterne, anticipa en forma, técnicas y lenguaje tanto el realismo del siglo XX como el modo del nouveau roman.

Cada vez más, desde mediados de siglo XVIII, los estudios sobre la posición de la mujer en la sociedad, el salón o la familia surgieron de la pluma de las escritoras. Françoise de Graffigny (Lettres d’une Péruvienne – 1747), Marie-Jeanne Riccoboni e Isabelle de Charrière utilizan la novela epistolar para permitir que sus heroínas expresen el dolor y la angustia de una situación de dependencia incesante.

Por otro lado, el nombre principal asociado a la sensibilidad de la época es el de Jean-Jacques Rousseau. Su trabajo dio lugar al culto a la naturaleza, en contraste con lo que presentó como el falso brillo de la sociedad. Pidió una nueva forma de vida atenta sobre todo al sentido innato de lástima y benevolencia que atribuía a los hombres. Así, declaró la verdadera igualdad de todos, basada en la capacidad de sentir que todos los hombres comparten; y argumentó la importancia de la sinceridad total y afirmó practicarla en sus escritos confesionales, que son instancias seminales de la autobiografía moderna. Sus obras más conocidas son El contrato social (1762) y la novela epistolar Julia, o la nueva Eloísa (1761).

Literatura desde la Revolución Francesa a mediados del siglo XIX

La Revolución Francesa de 1789 no proporcionó una ruptura total con la compleja cultura literaria de la Ilustración. Muchas formas de pensar y sentir, ya sea basadas en la razón, el sentimiento o una sensibilidad exacerbada, y la mayoría de las formas literarias persistieron con pocos cambios de 1789 a 1815, sin embargo, sí que es cierto que el régimen napoleónico alentó un retorno al modo clásico. La insistencia en las cualidades formales, las nociones de buen gusto, las reglas y las apelaciones a la autoridad subrayaron los objetivos autoritarios e imperiales del régimen. Este neoclasicismo representaba la supervivencia del “alto estilo” y las formas literarias que habían dominado la literatura «seria», y el teatro en particular, en Francia durante casi dos siglos. Pero el énfasis de Rousseau en la subjetividad todavía tenía sus seguidores, al igual que las nuevas formas literarias y estilísticas que había ayudado a desarrollar una evolución literaria. Así, la violencia del gótico decimonónico, que había surgido en el teatro y las novelas revolucionarias tempranas, se mantuvo. El movimiento romántico francés enraizó mucho antes de que los escritores comenzaran a recurrir a otras naciones para encender su inspiración.

Una de las representantes de esta época es Madame de Staël (Anne-Louise-Germaine Necker, baronne de Staël-Holstein). Su contribución al debate intelectual sobre la definición de literatura superó las barreras estrechas del pensamiento anterior. Sus dos novelas, Delphine (1802) y Corinne (1807), se centran en los límites que la sociedad intenta imponer a la mujer independiente y a la mujer de genio. Sus dos obras más influyentes, De la littérature (1800) y De l’Allemagne (1810), supusieron una ampliación de la definición de literatura con la afirmación de que las diferentes formas sociales necesitaban diferentes modos literarios: en particular, la sociedad posrevolucionaria requería una nueva literatura. Exploró el contraste entre la literatura del sur (racional, clásica) y la literatura del norte (emocional, romántica), y entró en diálogo con otros autores debido a la atracción de la cultura francesa en escritores extranjeros como William Shakespeare, Ossian y, sobre todo, los románticos alemanes.

Romanticismo francés y siglo XIX

En general, el romanticismo en toda regla en Francia se desarrolló más tarde que el romanticismo en Alemania o el romanticismo en Gran Bretaña, con un sabor particular que proviene del impacto en las sensibilidades de los escritores franceses dadas la agitación revolucionaria y la odisea napoleónica. Muy conscientes de ser productos de un tiempo y un lugar muy particulares, los escritores franceses escribieron en su obra su obsesión con la carga de la historia y su sujeción al tiempo y al cambio. Los términos mal du siècle y enfant du siècle (literalmente «niño del siglo») capturan su angustia. Alfred de Musset tomó esta última frase para su autobiografía, La Confession d’un enfant du siècle (1836; La confesión de un niño del siglo). La mayoría de los románticos franceses, ya sea que adoptaran una actitud liberal o conservadora o si trataran de ignorar el peso de la historia y la política, afirmaron que su siglo estaba enfermo. Se puede hacer alguna distinción entre la generación de 1820, cuyos miembros escribieron, a menudo desde un punto de vista aristocrático, sobre el agotamiento, el vacío, la pérdida y el hastío, y la generación de 1830, cuyos miembros hablaron de dinamismo, aunque a menudo en forma de dinamismo frustrado.

Desde Inglaterra, la influencia de la poesía de Lord Byron y de la leyenda byrónica fue particularmente fuerte. Byron proporcionó un modelo de sensibilidad poética, cinismo y desesperación, y su muerte en la Guerra de Independencia griega reforzó la imagen del héroe romántico noble y generoso pero condenado. Italia y España también ejercieron una influencia, aunque, con la excepción de Dante, no fue su literatura lo que atrajo tanto como los modelos de emoción violenta y fantasía exótica que estos países ofrecieron: la escritura francesa sufrió una proliferación de gitanos, bandidos, envenenamientos y cuentos de venganza.

El nuevo clima cultural y social fue especialmente evidente en la poesía. El salón de Charles Nodier se convirtió en uno de los primeros grupos literarios conocidos como los cénacles («clubes»); los grupos posteriores se centrarían en Charles Augustin Sainte-Beuve, quien es recordado principalmente como crítico literario. Así, se abrió el camino para una variedad de nuevas voces, por ejemplo el lirismo melancólico de Marceline Desbordes-Valmore, dando al deseo frustrado una expresión femenina distintiva. También destacó la extravagancia frenética de Petrus Borel.

En el mismo orden, fue en la década de 1820 que surgió el genio poderoso y versátil de Victor Hugo. En sus primeros poemas fue partidario de la monarquía y de la iglesia. Estos primeros poemas no tienen tantos parecidos con las Meditaciones poéticas de A. Lamartine, pero en la época de las Odas y baladas (1826) ya hay indicios de una mezcla de poesía íntima, hablando de relaciones familiares en un tono profético y visionario. Hugo publicó otras cuatro colecciones importantes en la década de 1830, en las que la poesía de la naturaleza, el amor y la vida familiar se entrelaza con una exploración solitaria, pero nunca del todo desesperada de la conciencia poética. De todas formas, las obras por las que Victor Hugo es verdaderamente recordado son El jorobado de Notre Dame de 1832 y Les Misearbles, escrita en 1862.

En el lado de la poesía, es muy importante mencionar a uno de los mayores exponentes literarios del siglo XIX: Charles Bauderlaire (1821 – 1867). Baudelaire estaba desgarrado tanto por el deseo de expresar un sentido urgente de angustia personal y colectiva como por una convicción estética de que la eficacia del arte depende de la precisión y el control. La consistencia temática de su obra es dificil de seguir, sin embargo se mantuvo fiel a dos ideas básicas: que es responsabilidad del artista (quien es el representante de la humanidad) crear significado a través de los símbolos, a partir de la materia prima de la vida; y que el mundo material, como el propio artista, está corrupto, poseído por fuerzas de inercia o disolución. El primero de ellos explica la importancia que recae sobre la intuición, la imaginación y la necesidad de que el artista se sumerja en el mundo que lo rodea. La segunda lo llevó a una poética de frustración y revuelta: el artista podía elevarse por encima de la corrupción material solo a través del acto creativo, pero el acto creativo no podía ocurrir sin el estímulo de una realidad que siempre sería rancia y corrupta.

Las tensiones dentro de Baudelaire se representan en su apogeo en la segunda edición de Les Fleurs du mal (1861). La colección está vagamente estructurada para presentar un «yo» que lucha por trascender las limitaciones del mundo material. La lucha se presenta en una serie de experiencias que comienzan con el propio poeta, se adentran en el decadente entorno urbano del París contemporáneo, y poco a poco descubren las grotescas deformaciones de la moral de los hombres y mujeres que habitan este paisaje moderno de masas y mercados.

La novela realista francesa en el siglo XIX

En el desarrollo de la novela realista dentro del siglo decimonónico fueron especialmente importantes, el realista Émile Zola (Germinal – 1885) y Marcel Proust (En busca del tiempo perdido – 1913), quien abrió el camino de las vanguardias. También destacaron Alexandre Dumas (El conde de Montecristo – 1846) y Gustave Flaubert (Madame Bovary – 1856). La etiqueta de “Realismo” llegó a aplicarse a la literatura a través de la pintura como resultado de la controversia en torno a la obra de Gustave Courbet a principios de la década de 1850. El realismo de Courbet consistía en la presentación emocionalmente neutral de un segmento de vida elegido por su ordinariez más que por cualquier belleza intrínseca. El realismo literario, sin embargo, era un concepto menos fácilmente definible. De ahí el uso vago del término a finales de la década de 1850, cuando se aplicó a obras tan diversas como Madame Bovary (1857) de Gustave Flaubert, Les Fleurs du mal de Baudelaire y los dramas sociales de Alexandre Dumas hijo (La dama de las camelias – 1848).

En las últimas décadas del siglo, particularmente a partir de 1880, la oposición se intensificó entre aquellos escritores que fundamentaban su pensamiento en el mundo material y aquellos que rechazaban la experiencia física como sin sentido o sin referencia a alguna dimensión espiritual o ideal intelectual. Mientras que Baudelaire y Flaubert incorporaron elementos de ambos puntos de vista en sus escritos, otros poetas y novelistas que los siguieron tendieron a llevar una u otra línea a los extremo. El cambio de siglo vio el surgimiento de una variedad de movimientos dispares: naturalismo, decadencia, simbolismo y el renacimiento católico romano.

Naturalismo

La existencia de una escuela naturalista distintiva fue consecuencia de la publicación conjunta, en 1880, de Les Soirées de Médan, un volumen de cuentos de Émile Zola (El paraíso de las damas – 1883), Guy de Maupassant (Bel Ami – 1885), Joris-Karl Huysmans (A contrapelo – 1884), Henry Céard (Un hermoso día – 1881), Léon Hennique (Un caractère – 1889) y Paul Alexis (La Fin de Lucie Pellegrin 1880). Los naturalistas pretendían adoptar un enfoque más científicamente analítico para la presentación de la realidad. De ahí el apego de Zola al término naturalismo, tomado de Hippolyte Taine, el filósofo positivista que reclamó para la crítica literaria el estatus de una rama de la psicología. Los naturalistas no veían la realidad como capaz de ninguna transcripción objetiva simple. Zola y Maupassant aceptaron como parte de la verdad literaria la transposición de la realidad a través del temperamento del escritor individual y el papel desempeñado por la forma en la que la construcción de lo real está delegado en fuerzas sociales inevitables e incontenibles que determinan la vida de los individuos.

Decadentismo

La base de la decadencia es el arrepentimiento y la inestabilidad causados por la pérdida de un mundo de absolutos morales y políticos, y los temores de la clase media a la superación en una sociedad donde el poder de las masas (como trabajadores, votantes, compradores y consumidores) estaba en aumento. Esto se encuentra ejemplificado tanto en la novela À rebours (1884) de Joris-Karl Huysmans como en la trilogía Culte du moi (1888-91) de Maurice Barrès. El decadentismo deriva de la misma filosofía determinista que el naturalismo y tiene mucho en común estéticamente con el impresionismo en el sentido de que se centra en los momentos subjetivamente percibidos de la experiencia física, considerando que no tienen ningún significado más allá de sí mismos. También es una forma de romanticismo tardío, que busca inspiración en el hilo de Baudelaire que trata de la revuelta, la neurosis, el culto a la crueldad y la sensación extrema, tratados con formas novedosas y casi vanguardistas.

Varios escritores, entonces, vieron en la decadencia literaria una disminución de la capacidad creativa. Sin embargo, algunos de estos mismos escritores sostenían que la literatura decadente también era creación, y que de alguna manera, por lo tanto, existía un elemento de novedad. La innovación a la que se refieren no es, estrictamente hablando, creativa; es más bien la novedad consecuente de la exageración de los patrones existentes, una elaboración decadente de una forma de arte más simple y robusta como la clásica. Autores teóricos como Desire Nisard o Maxime Ducamp expresaron la ciclicidad histórica, es decir, después de cada moviminto cultural, social, económico prolífico, siempre hay un periodo de decadencia social, para volver otra vez a un periodo próspero: Después del románico llega el gótico, del renacimiento se evoluciona al barroco, la consecuencia de la ilustración es el romanticismo…

El decadentismo, originalmente asociado principalmente con la poesía, encontró su raíz en la prosa, de la mano de Jules Barbey d’Aurevilly, quien es celebrado por sus novelas y cuentos que contienen blasfemia y sadismo. Là-bas de Huysmans (1891) combinó un estudio exaustivo entre satanismo del París moderno con una investigación documental de las hazañas del Barba Azul medieval de Gilles de Rais. A medida que Huysmans cambiaba de dirección hacia un catolicismo romano (caracterizado por una mezcla de prejuicios políticos de derecha, superstición e interés anticuario en los símbolos y la doctrina), surgieron otros escritores que eran más sutiles y experimentales tanto en contenido como en forma. Las novelas de Octave Mirbeau (Le Jardin des supplices – 1899) y Jean Lorrain (Monsieur de Phocas – 1901), que tratan las extrañas contradicciones de la fantasía burguesa, con temas implícitos como el deseo homosexual y heterosexual, tienen también un agudo tono satírico; critican su propia postura y destacan el injusto privilegio de clase del que depende.

Aunque nacido en Uruguay, Isidore Lucien Ducasse (1854 – 1891) es otro poeta francés que hay que mencionar (su padre era un diplomático francés). Es mejor conocido como el Conde de Lautréamont y su obra central Les chants de Maldoror (Los cantos de Maldoror – 1869) fue tomada como referente e inspiración del posterior movimiento surrealista en Francia y Europa.

Simbolísmo

La distinción entre el decadentismo y el simbolismo es muy fina. Brevemente, la oposición está entre la percepción de los decadentes de que el mundo material, y los límites del presente, es todo lo que hay. Por otro lado, el concepto de los simbolistas se basa en que el universo significativo tiene formas significantes con significados absolutos que es tarea del artista evocar, utilizando los engranajes del mundo material: es decir, imágenes, que pueden ser vinculadas por la imaginación poética en simbolizaciones significativas. Esta distinción está bien ilustrada por Arthur Rimbaud (Cartas del vidente – 1871; Una temporada en el infierno – 1873; Iluminaciones – 1874) quien escribió toda su poesía antes de los 21 años, a partir de 1869, ya que tenía una profunda frustración con la existencia de la marginación social y la represión. Su núcleo poético está condensado en dos cartas del 13 y 15 de mayo de 1871, en las que exhorta al poeta a explorar sus propios deseos y sensaciones, liberarse de las percepciones convencionales y de las categorías racionalistas, y a que se constituya como un visionario.

Literatura en Francia, 1900 a 1940

La escritura francesa del primer cuarto del siglo XX revela una insatisfacción con el pesimismo, el escepticismo y el racionalismo estrecho de la era anterior y muestra una nueva confianza en las posibilidades humanas, aunque esto se verá minado por la Primera Guerra Mundial. Hay una visible continuidad con la poesía de finales del siglo XIX, pero también existe un rechazo de su prosa. Mallarmé y Rimbaud fueron modelos para Paul Valéry y Paul Claudel, pero miembros de la nueva generación, como Charles-Louis Philippe (Bubu de Montparnasse – 1901) siguió más la corriente de Zola retratando los barrios marginales de París, y pensó que la novela naturalista era indebidamente determinista por lo que rechazó la objetividad pura.

La literatura continuó siguiendo las luchas políticas y sociales de la Tercera República. Se añadieron otras tensiones que exacerbaron el conflicto de la República y la Iglesia Católica Romana: la separación de la iglesia y el estado y la lucha por el sistema educativo, con la ley de Jules Ferry de 1882, la cual determinaba que la educación primaria fuera gratuita, obligatoria y secular. Este es el contexto en el que el renacimiento católico que surgió en la década de 1880 alcanzó su punto álgido literario en la obra de Paul Claudel y luego, en una segunda generación, con François Mauriac y Georges Bernanos.

La casa de Gallimard publicó a los cuatro más grandes escritores de este período: André Gide, Marcel Proust, Paul Claudel y Paul Valéry, que en sus diferentes formas llevarían la tradición de la alta cultura francesa a lo largo de la traumática Primera Guerra Mundial. Les Nourritures terrestres (1897) y L’Immoraliste (1902) de André Guide animaron a una generación de jóvenes franceses a cuestionar los valores de la familia y la tradición. La obra más influyente de André Gide, Les Faux-Monnayeurs (1926), trató cuestiones de autoconocimiento, sinceridad e interés propio, discutiendo el valor del psicoanálisis freudiano.

Además, À la recherche du temps perdu de Marcel Proust (1913-27) evocó el mundo que se desvanecía de la sociedad parisina de la Tercera República, la secuencia de la novela exploró las formas en que la memoria, la imaginación y, sobre todo, la forma artística, podrían ponerse a trabajar juntas para contrarrestar los efectos corrosivos del tiempo. La obra del poeta y dramaturgo Paul Claudel también evoca un sueño del pasado ya que buscó revivir los símbolos del catolicismo tradicionalista. Su poesía propiamente dicha (Cinq grands odes – 1910) no está exenta de influencia, pero la verdadera importancia del dominio poético de Claudel radica en las cualidades líricas y épicas que infunde en su teatro.

En cuanto al impacto que tuvo la Primera Guerra Mundial, la confianza liberal mostrada en las páginas de la Nouvelle Revue Française se vio reforzada al comienzo del conflicto por la euforia nacionalista entre un público mantenido en la ignorancia por la propaganda oficial. Sin embargo, encontró a su tope en los horrores de la guerra científica moderna, cuando los soldados de las trincheras finalmente encontraron su propia voz de protesta. Novelas sobre la guerra expresan lo anterior, como Le Feu (1916), escrita por Henri Barbusse, un destacado miembro del Partido Comunista Francés. Los poemas de guerra de Guillaume Apollinaire, Calligrammes (1918), contienen unas imágenes de oscuridad, gas y lluvia cegadora, que proporcionaron nuevas formas para representar la dislocación del paisaje europeo y sus sujetos humanos.

Le avant-garde, el dadaismo y el surrealismo

Estas disrupciones compusieron la dinámica que generó el surgimiento violento de las vanguardias, atacando las certezas racionalistas burguesas que consideraban responsables de la decadencia de Europa. El movimiento dadaísta (¿qué es dadá?), fundado en Zúrich en 1916, unió fuerzas con los escritores que se agruparon en torno a la revista Littérature: André Breton (Nadja – 1928), Philippe Soupault (Las últimas noches de París – 1928), Louis Aragon, Paul Éluard (Liberté – 1942) y, más tarde, René Char (Furor y misterio – 1948) en París en 1920. El Manifeste du surréalisme («Manifiesto surrealista») de Breton apareció en 1924.

La literatura y la revolución se unieron tanto en la corriente nihilista, como en la expresión del humor negro y la transgresión erótica escandalosa, generando así nuevas formas de percepción y expresión. Al igual que Sigmund Freud, los surrealistas estudiaron la fantasía, el deseo y el inconsciente, tratando de seguir en forma poética las ideas de Freud sobre los procesos oníricos, al tiempo que invocaban la bandera revolucionaria de Karl Marx. Breton y Soupault (Los campos magnéticos – 1920, escrito por ambos escritores) publicaron juntos su écriture automatique («escritura automática») y exploraron los medios visuales (cine y pintura y fotografía cubistas) tanto como el lenguaje para generar las imágenes contemporáneas.

La década de 1920 fue un período brillante, durante el cual el cosmopolitismo de revistas como Commerce (1924-32), dirigida por Valéry (El cementerio marinero 1920), Larbaud (Enfantines 1918) y el poeta Léon-Paul Fargue (Le piéton de Paris 1939), fue un intento consciente de superar las grietas creadas en Europa por la guerra. París volvió a ser un imán para los intelectuales europeos, sobre todo para los anglo-irlandeses y americanos del modernismo: James Joyce, T.S. Eliot y William Carlos Williams, Hemingway y F. Scott Fitzgerald.

Desde mediados de la década de 1920 en adelante, la presión de la competencia económica internacional y la creciente autoconciencia en la organización de la clase obrera, acompañada por la creciente difusión de las ideologías del comunismo y del fascismo, a menudo también polarizaron exageradamente a los escritores. La súplica de Julien Benda al desapego intelectual, fue causa de escándalo pero agudizó las divisiones. El acceso de Adolf Hitler al poder en Alemania en 1933 aumentó la posibilidad de una Europa fascista, y la estabilidad de la Tercera República se vio socavada por la depresión económica. Cuando estalló la Guerra Civil Española en 1936, las líneas de batalla se trazaron entre las ligas «patrióticas» de derecha y el Frente Popular, la alianza de izquierda, liderada por Léon Blum, que llegó al poder en 1936 y terminó al año siguiente. Muchos escritores se unieron a este conflicto, tanto de un bando como de otro.

Los surrealistas también exploraron el romance de la ciudad moderna. Le Paysan de París de Aragon (1926), o las novelas católicas de François Mauriac Thérèse Desqueyroux (1927) o Noeud de vipères (1932), ciego al romance y la emoción de lo moderno, desplegaron la forma tradicional de la novela psicológica francesa para evocar la desolación de personajes privados de la gracia de Dios y atascados en una sociedad de clase media provincial. Georges Bernanos, basándose más explícitamente en el dogma y el simbolismo católicos, abordó el mismo tema en Journal d’un curé de campagne (1936). A pesar de ello, también se preocupó por cuestiones de clase en su folleto La Grande Peur des bien-pensants (1931) que es un ataque a la complacencia burguesa.

Más adelante, en vísperas de la Segunda Guerra Mundial, nuevas influencias aparecieron en la escena cultural francesa. Desde mediados de la década de 1930 en adelante, las novelas de los escritores estadounidenses William Faulkner y John Dos Passos, así como las filosofías de los alemanes Edmund Husserl (Meditaciones Cartesianas – 1931) y Martin Heidegger (Ser y tiempo – 1927), fueron encontrando seguidores en Francia. Albert Camus publicó L’Envers et l’endroit (1937) y Noces (1939), dos volúmenes de ensayos que revelaron su sentido de la belleza y el vacío de la vida al borde del Mediterráneo. En La Nausée (1938), desentrañando la novela psicológica y la forma del diario, y en las cinco nouvelles recogidas en Le Mur (1939), Jean-Paul Sartre ya estaba transfiriendo a la escritura creativa las ideas sobre la naturaleza problemática de la percepción, la naturaleza de lo «real», el sujeto alienado y el absurdo del mundo que había desarrollado en sus meditaciones sobre fenomenología y existencialismo.

La derrota de Francia por las tropas alemanas en 1940 y la división resultante del país se experimentaron como una humillación nacional, y todos los ciudadanos franceses se enfrentaron a una elección inevitable. Algunos escritores escaparon del país para pasar los años restantes de la guerra en la seguridad del exilio o con las Fuerzas Francesas Libres. Otros, fieles a las opciones políticas existentes durante la década anterior, pasaron directamente a la colaboración. Otros, por convicciones pacifistas o por la creencia de que el arte podía permanecer al margen de la política, trataron de continuar como individuos y como escritores ignorando en la medida de lo posible su entorno. El ataque alemán a la Unión Soviética en 1941 fue decisivo para el Partido Comunista Francés, que preparaba la victoria a través de su oposición al fascismo. Los acontecimientos de las décadas de 1930 y 40 fortalecieron la convicción de que los intelectuales no podían permanecer políticamente sin compromiso. Después de 1945, el existencialismo, que representa a la humanidad sola en un universo cruel, proporcionó una estructura intelectual para esta visión de los individuos como libres de determinarse a sí mismos a través de tales elecciones.

Literatura francesa de la posguerra y los años 50

Mientras tanto, la ocupación trajo prestigio y una audiencia atenta a los escritores que defendían el honor de su país derrotado. La poesía de resistencia llegó a un amplio público, especialmente en las obras de los activistas comunistas Paul Éluard (Liberté – 1942) y Louis Aragon (Les yeux d’Elsa – 1942), cuyos poemas a menudo se transmitían oralmente a través de la zona ocupada. Una floreciente prensa clandestina incluyó el periódico Combat y las Editions de Minuit, cuyo primer libro fue Le Silence de la mer (1941) de Vercors (Jean-Marcel Bruller). También destacó la novela de Camus La Peste (1947), una alegoría de la Ocupación, la cual volvió a los temas de resistencia y colaboración para presentar una comprensión humana de las presiones y límites establecidos por las circunstancias y un juicio moral que demuestra que no reconocer y no combatir el mal es convertirse en parte de él. Es curioso que durante la pandemia de 2022, La Peste se haya convertido en un fenómeno de ventas en librerías.

También ha destacado ya en la década de los 50, Simone de Beauvoir quien representó vívidamente las elecciones morales, políticas y personales que enfrentan los intelectuales franceses en un mundo definido por la batalla por la hegemonía entre Washington y Moscú en la Guera Fría. Sin embargo, su análisis de la situación de la mujer, Le Deuxième Sexe (El segundo sexo – 1949), fue un éxito de escándalo en su primera aparición. La publicación en 1958 de sus Mémoires d’une jeune fille rangée (Memorias de una hija obediente) marcó el comienzo de una secuencia de obras autobiográficas que rastrearon las diferentes fases de su propia vida y los intercambios dentro de ella entre la experiencia pública y privada. Después de la muerte de Sartre, dio un conmovedor relato de sus últimos años en La Cérémonie des adieux (1981). También es notable su novela La mujer rota (1967).

A mediados de la década de 1950, sin embargo, la atención crítica se centró en el grupo apodado los nouveaux romanciers, o nuevos novelistas: Alain Robbe-Grillet, Claude Simon, Nathalie Sarraute, Michel Butor y Robert Pinget. Marguerite Duras a veces se agrega a la lista, aunque no con su aprobación. La etiqueta cubría una variedad de enfoques, pero, como se teorizó en Pour un nouveau roman (1963), esto implicaba generalmente el rechazo sistemático del marco tradicional de la ficción (cronología, trama, personaje) y del autor omnisciente. En lugar de estas convenciones, los escritores ofrecieron textos que exigen más al lector, que se le presentan eventos comprimidos, repetitivos o solo parcialmente explicados a partir de los cuales leer un significado que, en cualquier caso, no será definitivo.

El nouveau roman estaba abierto a la influencia de obras escritas en el extranjero, especialmente por William Faulkner, y del cine. Tanto Robbe-Grillet como Duras contribuyeron al estilo de cine nouvelle vague, o New Wave. El nouveau roman fue retomado y promulgado por el teórico literario Jean Ricardou a través de la revista crítica de vanguardia Tel Quel. Fundada en 1960 por Philippe Sollers y otros escritores; Tel Quel refleja la transformación y politización de los modos intelectuales parisinos e internacionales en esa década.

Otra asociación importante fue el OuLiPo (Ouvroir de Littérature Potentielle; «Workshop of Potential Literature»), un grupo experimental de escritores de poesía y prosa formado por Raymond Queneau e inspirado por Alfred Jarry, quien vio la aceptación de rigurosas restricciones formales, a menudo matemáticas, como la mejor manera de liberar el potencial artístico. Queneau, más conocido como el autor de Zazie dans le métro (1959), ya en 1947 había ofrecido el ejemplo de sus demostraciones estilísticas en Exercices de style. En su Cent mille milliards de poèmes (1961), se invitó al lector a reorganizar 10 sonetos en todas las variaciones posibles, como lo indica el título. El apego de OuLiPo a los placeres serios de los juegos de palabras, y su participación en formas a veces increíblemente exigentes, tiene quizás su mejor ilustración en las obras en prosa de Georges Perec. Esta renovación del interés en los aspectos juguetones de la composición literaria fue consistente con la teoría crítica contemporánea: la revisión por Ferdinand de Saussure y, más tarde, Roland Barthes, de la relación entre los sistemas lingüísticos y el significado.

Los años 1960 y el estructuralismo

El estructuralismo, inspirado en los métodos analíticos del teórico lingüístico Ferdinand de Saussure, propuso que los fenómenos no se consideraran en sí mismos, sino en términos de su relación de trabajo con las estructuras organizadas dentro de las cuales existen. En el mismo orden, la antropología estructural de Claude Lévi-Strauss dio lugar a textos populares sobre prácticas sociales y culturales que obligaron a las culturas occidentales a reconsiderarse a la luz de las otras culturas que habían explotado para florecer. Entre las obras influyentes de Lévi-Strauss se encuentran Tristes Tropiques (1955) y Le Cru et le cuit (1964). También la semiología (la ciencia de los signos) de Roland Barthes dio impulso al estudio de la naturaleza política del lenguaje y al intento de comprender las formas en que los discursos de una sociedad hablan y constituyen tanto a los escritores como a los lectores. Sus obras incluyen Le Degré zéro de l’écriture (1953), Mythologies (1957) y La cámara lúcida (1980). Estos referentes filosóficos han influido profundamente el estudio de la literatura y las artes desde entonces.

Por otro lado, dos de los filósofos más influyentes fueron Lacan y Foucault. En primer lugar, el psicoanalista Jacques Lacan (Écrits – 1966) influyó en muchos pensadores importantes en las décadas de 1960 y 70 ya que fue un pilar en el feminismo francés de vanguardia, y condujo el pensamiento freudiano en nuevas direcciones a través de su trabajo sobre el papel desempeñado por el lenguaje y el deseo inconsciente en la formación de un sujeto humano que siempre debe verse como abierto, incompleto y en proceso. Michel Foucault (Vigilar y castigar – 1975) estudió las relaciones de poder con las formas de conocimiento. A principios de la década de 1960, escribiendo de manera accesible sobre temas apasionantes como la locura, Foucault mostró cómo el sujeto individual se forma dentro de los discursos de las instituciones de la sociedad. Otro teórico, Louis Althusser vinculó el marxismo, el estructuralismo y el psicoanálisis lacaniano en su «Freud et Lacan» (1964), que se publicó en el año en que Foucault pronunció su conferencia «Nietzsche, Freud, Marx«.

Otro evento histórico que supuso un cambio en el paradigma intelectual de Francia fueron las revueltas de Mayo del 1968 en las que las calles, fábricas, escuelas y universidades se convirtieron en el escenario de una actuación espontánea destinada a subvertir la cultura burguesa (un espectáculo sin contenido, que ocluye la vida real, según Guy Debord en su obra La Société du spectacle, 1967). Los carteles y el graffiti fueron elevados a una forma de arte popular. El teatro experimentó con la participación del público (romper la cuarta pared) y la improvisación, un movimiento que continuó en la década de 1970. La música rock y los cómics florecieron. A finales de la década de 1960, la televisión, que había sido estrechamente controlada por el gobierno, comenzó a desempeñar un papel cada vez más importante en la vida cultural; los programas de discusión y los spin-offs de series o adaptaciones reemplazaron cada vez más a los periódicos. La consecuencia inmediata de los acontecimientos de mayo fue un cierre de filas conservadoras, pero esto duró poco. Mayo de 1968 se ha convertido en el icono más nuevo de la tradición cultural revolucionaria de Francia.

También destacó el filósofo Jacques Derrida (L’Écriture et la différance – 1967, De la gramatología – 1967), quien desarrolló el postestructuralismo para «deconstruir» las estructuras binarias de pensamiento en las que parecía basarse la cultura occidental y exponer las jerarquías de poder sostenidas por oposiciones tan simples. También otros filósofos como Deleuze o Felix Guttari teorizaron sobre el deseo individual en textos como L’Anti-Œdipe: capitalisme et schizophrénie (1972), para ser considerado no en términos freudianos de represión y carencia sino como la fuente de energía transformadora y liberadora. Foucault continuó sus indagaciones sobre las fuerzas sociales y las instituciones que llaman a la existencia a la subjetividad individual, en volúmenes como Surveiller et punir: naissance de la prison (1975) e Histoire de la sexualité (1976-84).

El Movimiento de Liberación de Las Mujeres (MLF) se desarrolló dentro del pensamiento y la acción radical que marcó 1968 y produjo extensiones feministas de la obra de Lacan, Derrida y Deleuze. Combinando las disciplinas de la teoría literaria y la psicología para explorar el lenguaje como instrumento para el cambio radical, Julia Kristeva escribió La Révolution du langage poétique (1974). Su teoría sobre dos nuevas áreas del discurso, la semiótica y la simbólica, propuso nuevas ideas sobre la formación de la identidad, especialmente la relación madre-hijo, que han transformado las ideas de la función y el significado de la mujer. El trabajo de Simone de Beauvoir sirvió de inspiración para grandes sectores del movimiento y la escritora lesbiana radical Monique Wittig experimentó con el lenguaje en las ficciones en prosa que empujan los límites del género y modelan la lucha de las mujeres por la autodesignación dentro de las instituciones sociales que son el producto de prioridades y valores masculinos. La novela L’Opoponax (1964) es un relato de la realización de un sujeto femenino, desde la infancia hasta la adolescencia. Le Corps lesbien (1973), un texto violento, sadomasoquista y lírico de la ficción en prosa, es un intento de evocar en su propio lenguaje el cuerpo del deseo femenino.

Literatura francesa de los 80 y los 90

Los últimos años del siglo fueron una época de ajuste a los cambios políticos, económicos y sociales. El lento reconocimiento de que Francia ya no era un actor importante en la política global fue acompañado por una reevaluación del papel principal que el país todavía desempeñaba en el escenario cultural, sobre todo en Europa, donde la política cultural se volvió cada vez más importante en la candidatura de Francia por el poder en la nueva Unión Europea. En consecuencia, la literatura poscolonial experimentó un auge sin precedentes. Una de las precursoras fue Pierre Nora, quien escribió en 1992 el ensayo Les Lieux de mémoire (Reinos de la memoria), iniciado en 1984, y comentó que podría haber surgido un tono diferente si hubiera invitado a sus colaboradores a centrarse en grupos más marginales. De hecho, se está haciendo una importante contribución a la vida cultural francesa no sólo por los escritores francófonos del norte de África, el África subsahariana y el Caribe, sino también por los descendientes de inmigrantes en la propia Francia. La ficción, la autobiografía y el teatro producidos por los hijos de inmigrantes del norte de África nacidos y criados en Francia (conocidos como les beurs, de la palabra arabe en una forma de argot francés llamada verlan) comenzaron a encontrar editores y audiencias desde principios de la década de 1980. Así, Assia Djebar, una de las novelistas más destacadas del cambio de siglo, está posicionada de forma controversial en un terreno identitario que es a la vez europeo y transatlántico. Habiendo establecido en novelas como L’Amour, la fantasía (1985) su reputación como defensora y crítica de su Argelia natal (que emergió de la opresión colonial con las represiones de género aún intactas), dividió su vida laboral entre Europa y los Estados Unidos, produciendo ficciones que miran a la patria argelina pero también están alertas a las jerarquías de poder en las fronteras de la nueva Europa, como en Les Nuits de Strasbourg (1997)

En el momento más posmodernista del siglo XX por otro lado, destacan filósofos como Baudrilliard, Lyotard y Pierre Bordieu. El pensamiento y la sensibilidad a finales de siglo estaban subyugados al posmodernismo, que ha sido descrito de diversas maneras como un ataque radical a todo discurso autoritario y un retorno al conservadurismo por la puerta de atrás. La Condition postmoderne de Jean-François Lyotard (1979) declaró el fin de los modos y conceptos que habían alimentado el racionalismo científico del siglo XVIII y la sociedad industrial y capitalista a la que dio a luz: las «grandes narrativas» del progreso histórico y los conceptos de valor moral universal y valor absoluto.

Los relatos críticos de Jean Baudrillard sobre la inscripción de la sociedad de consumo y sus discursos en la vida privada y pública tuvieron un impacto subversivo en el momento de su primera producción a través de obras como Pour une critique de l’économie politique du signe (1972). También destaca su libro Cultura y simulacro. Pero a partir de la década de 1980 su trabajo fue percibido como un producto del posmodernismo conservador que parecía afirmar que la historia no tenía más uso y que los juicios de valor estaban llegando a su fin. Pierre Bourdieu continuó sus estudios analíticos y empíricos de las instituciones culturales, incluida la radiodifusión y la televisión (Sur la télévision – 1996).

Bibliografía recomendada

De Riquer, Martín. La chanson de Roland. Ed. Acantilado.

Aragón Fernández, María Aurora; Prado Biezma, Javier. Historia de la literatura francesa , Madrid: Cátedra; 1994

DARCOS, X. Le XVIII siècle en littérature, Paris, Hachette, 1997.

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DEL PRADO, J. (coord.), Historia de la Literatura Francesa, Madrid, Cátedra, 1994.

VAN Roosbroeck. The legends of the Decadents.

Césaire, A., Discours sur le colonialisme, Paris, Présence Africaine, 2004

Clavaron, Y. (dir.), Études postcoloniales, Paris, Lucie éd., 2011