Reseña de El equilibrio de las cosas, de Carlos Marín-Blázquez

Reseña de El equilibrio de las cosas y otros relatos
4.6
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Carlos Marín-Blázquez (Cieza, Murcia, 1969), escritor y profesor de instituto, es conocido como buen articulista en diarios, así como por dos volúmenes de aforismos (Fragmentos, 2017 y Contramundo, 2020), que han calado profundamente entre sus lectores por su clarividencia y por su calidad literaria. Otro gran hito en su producción ha sido el libro de narraciones El equilibrio de las cosas y otros relatos (Editorial Monóculo, 2022). Si bien fue publicado el pasado mes de enero y ha sido leído por numeroso público, quiero dedicar un breve análisis tanto para los que ya lo conocen como para quienes aún no han tenido la ocasión de leerlo, con el fin de abrir algunos enfoques para su interpretación.

Está compuesto por ocho narraciones que tienen, fundamentalmente, el mundo de la adolescencia como centro de gravedad de las vivencias de sus personajes. Aunque algunas piezas dejan el protagonismo, total o en parte a la vida adulta, ésta siempre aparece marcada por el ayer de la infancia o de la pubertad. Según se lee el volumen, uno va teniendo la tentación de adjudicar los relatos a la memoria del autor, a las vivencias de su paso por la escuela y el instituto o, además, a su labor de profesor que convive con adolescentes en su centro educativo. De todo esto puede haber veneros pero, en contra de lo que piensa aún gran número de lectores, el resultado se debe a algo más complejo: la creación literaria, en la que Carlos Marín-Blázquez está demostrando ser un maestro. Porque no todo en literatura es autobiográfico.

Quien conozca en profundidad a Antonio Machado, sabrá del arte de la aparente sencillez de su poesía. Ese difícil arte de la sencillez que, en el caso de las narraciones de nuestro profesor murciano, soporta una lectura rápida, como quien asiste al número de un prestidigitador cuya magia no desvela. Pero una lectura atenta nos va mostrando el prodigio, la cartografía de su perfección lingüística y narrativa. Leer bien a Marín-Blázquez requiere una actitud de calma, observación y disposición hacia el disfrute. No pueden pasar desapercibidos sus periodos sintácticos, trabajados con el preciosismo del relojero. Encajan las palabras como pequeñas piezas concisas, funcionan las frases como un conjunto de engranajes bien coordinados, y se pone en marcha la maquinaria del párrafo, con su rítmico tictac, con la exactitud del mecanismo bien hecho. Un tictac, de tensiones dramáticas y placer discursivo, más semejante sin embargo al latido del corazón humano, pues de eso tratan los escritos de nuestro autor, de humanidad: de sus tensiones, de sus juegos de poder, de sus miedos, de sus pérdidas.

Como muestras de su artesanía creativa, quiero destacar algunos aspectos tanto literarios como lingüísticos. En primer lugar, los contrastes entre el estado de ánimo de los protagonistas y la naturaleza que los circunda. Si bien el romanticismo, y sus largas secuelas, nos acostumbró a la identificación de los elementos de la naturaleza con los sentimientos del protagonista, El equilibrio de las cosas, no obstante, no cede a esta fácil tentación. La naturaleza se muestra, por lo general, impasible ante las emociones humanas. Está ahí inevitablemente y, si acaso, sirve de contraste irónico o perturbador. La irrupción de un elemento tal como el vuelo delicado de una mariposa frente a un momento de tensión en la conversación de unos chicos una tarde de verano (El extraño); el silbido de fondo de los gorriones cuando el diálogo de dos adolescentes deriva hacia el tema de una muerte cercana; o el colorido juego de un rayo de sol sobre una vidriera, en la tensa espera de un niño que acude a una inesperada cita con el director de su colegio (Buenos propósitos), cumplen una misión de contraste que hace más impactante si cabe el momento de tensión emocional de los personajes.

Cubierta del libro El equilibrio de las cosas de Carlos Marín-Blázquez

Para producirnos unas determinadas sensaciones, el autor se sirve, en segundo lugar, de los símbolos bisémicos. Símbolos bisémicos, aclaro, esas palabras en apariencia inocentes cuyas connotaciones nos sitúan subrepticiamente dentro de una determinada atmósfera de tristeza, decadencia, temor, etc. Como cuando en Confianza se describe la fachada del colegio que sirve de telón de fondo a una fotografía de un grupo de niños al salir de clase: esos símbolos oscuros serán pistas sobre el drama que encierra el relato detrás una simpática y vital imagen de rostros alegres.

En tercer lugar, otra nota estructural, los paralelismos léxico-semánticos, palabras que se repiten o se clonan al principio de las frases, produciendo un efecto poético, solemne e intimista, ganando el párrafo en expresividad y convirtiendo las frases casi en versos: “Todo se halla contenido allí… Todo es próximo y sencillo… Todo está bien esa mañana” (Confianza). Esta sutil estética se revela característica propia del estilo de Marín-Blázquez en cuyos párrafos es habitual sorprenderse con destellos poéticos que maravillan al lector. Hay frases que casi devienen versos lorquianos: “Hubo un silencio empedrado de resquemores” (Buenos propósitos).

Pero el aspecto que tal vez más llame la atención al lector es la vertiente de profundidad psicológica que hace del autor una suerte de espeleólogo de la mente humana. Los recovecos del almario de cada personaje, por muy complejos que se nos antojen, se nos muestran de forma nítida, dando lugar a la compasión y la complicidad del lector. Los personajes de este volumen tienen un trasfondo de soledad, cierta conciencia de vulnerabilidad, por saberse diferentes (como el protagonista de Pedro y la pandilla, o Luis en Confianza); por sentirse bichos raros para sí mismos y para los demás, como denota el monólogo interno autodenigratorio de Ramón; o por sus problemas de comunicación, como en el caso del narrador de la composición que da título al libro.

Algo bulle en los protagonistas de El equilibrio de las cosas, se avecinan cambios en sus vidas, pero no parecen ser del todo conscientes. En ocasiones, como en algunos cuadros del Greco, la mirada atenta de un personaje se dirige hacia el espectador, el lector en este caso, mientras que el resto del elenco parece centrado en otros asuntos circunstanciales, no cruciales. Y es que es característico en estas narraciones que alguno de los personajes infantiles sobrepase en madurez al resto que se mantiene feliz e inocente, frente al dolor que experimenta quien se empieza a enfrentar a la pérdida de un familiar o a la amenaza de la invasión de su intimidad ya sea por el grupo, por su pareja o por las circunstancias: ese jarro de agua fría con que tantas veces se inaugura la vida adulta, “esa mutilación del espíritu que tiene lugar cuando perdemos la confianza en el mundo”.

Sirvan estas sencillas pinceladas para acercarse a este producto de Carlos Marín-Blázquez con la dedicación que merecen unas páginas de tan lujosa factura. Deseo realmente que muchos lectores se adentren en sus líneas y queden embebidos de su calidad. No siempre es fácil dar con un autor que tenga tanto que decir y que lo haga de una manera tan sutil y tan ubérrima al mismo tiempo.

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Autor: Francisco Javier García

Licenciado en filología Hispánica y diploma de estudios avanzados (Universidad de Granada). Master en literatura hispanoamericana (Universidad de Nuevo México, EEUU). Editor de la revista literaria Arenas Blancas, durante mi estancia en EEUU. En la actualidad, profesor de español, segunda lengua, en Instituto Cervantes (Bruselas) y en la escuela IHECS.

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