Reseña del cuento Tubal-Caín forja una estrella

Cuento Tubal Caín Forja una estrella
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Hola Lectores. Recientemente he leído el cuento de García Márquez «Tubal-Caín forja una estrella» (1948) y quedé inicialmente desconcertado por el nivel de abstracción y de aparente innecesaria alteridad, que hacía tanto a la historia difícil de digerir como la lectura difícil de disfrutar. Busqué en internet algunas reseñas y comentarios que pudiera encontrar sobre el cuento para que me ayudaran a entender y aproximarme a él. Sin embargo, los contenidos relacionados fueron más bien pocos y algunos de ellos, incluso demeritaban el valor literario de esta obra del autor, por el carácter disparatado e inconsecuente de un «amateur» García Márquez en los albores de su carrera.

Instintivamente, dudé de la severidad de dichas de afirmaciones, basado sobre todo en ciertas prematuras interpretaciones que había derivado del cuento. Adicionalmente, al no haber muchos análisis al respecto, quise aguzar la atención en la lectura, releer el cuento y analizar varios fragmentos, tratando de dar sentido a varias ideas que si bien están difusas en la narración, se encuentran ciertamente enlazadas a través del cuento.

Considerando la falta de análisis del cuento y algunas imprecisiones de comentarios al respecto en internet, quise hacer un pequeño análisis con opiniones y aclaraciones todas provenientes de mi propia interpretación personal del cuento, pero que me parecen necesarias para hacer un poco de justicia al cuento y arrojar otras luces sobre su valor literario.

Contrario a lo muchas veces reseñado sobre este cuento de García Márquez, es una historia con un contenido conceptual que no se desvanece por su escritura de carácter abstracto y/o a pesar de la aparente excesiva alteridad. Si bien la cronología no es lineal, sí existe una noción temporal entendible a través de la narración de la historia. García Márquez está relatando de una manera delirante cómo el personaje se debate a muerte en una lucha contra su febril pasado (representado por el «otro» ), ferviente de un estilo de vida reprochable marcado por la vida nocturna sórdida, «contaminada» de alcohol, drogas y pasiones sexuales (¿ésto hasta el punto de incluso poderse llegar a pensar en que el personaje pudiera ser homosexual, o al menos había tenido experiencias homosexuales?). Un pasado oscuro, vertiginoso, como después se describe y personifica, páginas adelante en la narración. Ese «otro» se personifica a través de El Vértigo, punzante, tan deseado como agobiante; generado por una vida nocturna sórdida: «En las madrugadas anteriores se había resistido a penetrar en ese mundo oscuro, nebuloso, hacia donde lo estaban empujando con una fuerza incontenible todas las potencias de su vida».

Vértigo al que, transcurrido los años, sintió la obligación de renunciar. Sintió que debía rebelarse a ese pasado reprochable (las negrillas son mías):

  • «mientras su cerebro construía las imágenes, esas imágenes voluptuosas, amargas, que poblaron su mundo. Pero no quería regresar.»
  • «Puso en su rebeldía todo ese poco de vigor que aún le quedaba después de su pasado vacilante»
  • «De nada le valió arrastrarse con las vísceras rotas para ahuyentar los cuervos de la lujuria»
  • «Ahora a pesar de su resistencia sostenida, sabía que iba a sucumbir. La sed….esa sed eterna que le llenaba la garganta de su pasado turbio de amaneceres»

La narración puede ser incluso bastante puntual en describir ciertos hechos, como el periodo específico en que el personaje duró sumido en este estilo de vida: «No lo advertiste cuando vino» – el «otro», esa forma de vivir – «por primera vez y te acompañó por tres años consecutivos?». Y ese pasado turbio, está poblado de bajos instintos, de drogas, de pasiones sexuales, no dignas de reconocerse:

  • «Sintió en la nuca esa mirada de piedra dura que ya tanto conocía…»
  • «Así me lo está confirmando esta brusca oleada caliente que me golpea la nuca. Nadie podría confundir ese olor, ese tufo de alcohol y droguería»

El «otro» es él mismo, enfrentado a su pasado: «Solamente mi propia sombra viva puede traer ese olor» ese pasado vertiginoso, reprochable al que se resiste a volver. Adicionalmente, revelador de este elemento de desenfreno y adicción en el cuento, es también la imagen del padre del protagonista, quien según ciertas indicaciones en la narración conducirían a pensar que también hubiese sido un consumidor adicto a alguna droga, probablemente la morfina, sustancia que se inyecta en el muslo y que puede ser usada para la reducción del dolor y el manejo de la ansiedad, develada por el tic nervioso que tenía el padre en la mejilla izquierda. Un padre agobiado y penitente, que pudo haber muerto por esta adicción una tarde cualquiera:

  • «Él lo veía otra vez – como lo había visto furtivamente en la infancia – clavándose la aguja para depositar el germen del sueño dentro de su muslo»
  • «todavía tiene en los muslos sus catorce clavos. Se murió como un cristo con agujas en las piernas mientras la tarde le lloraba crepúsculos por el costado».
Primera página del cuento Tubal-Caín forja una estrella, de Gabriel García Márquez

La figura del padre, en el retrato de la habitación del protagonista, es inicialmente un refugio de serenidad, de grandeza y poder (no obstante, «la satisfacción de un niño bárbaro») pero que repentinamente se transforma en rechazo y en el símbolo de bajeza y la misma fuerza vil contra la que tiene que luchar. El personaje siente ahora «la satisfacción de un niño grande» cuando destroza a su padre multiplicado en decenas de muñecos diminutos con «los muslos amoratados, llenos de agujeros profundos, olorosos a alcohol, a drogas nocturnas».

En cuanto al lugar donde sucede la historia, el personaje divaga en la madrugada tanto en las calles, como dentro de su habitación donde observa el retrato de su padre en la pared. En cierto punto de la historia, el personaje es finalmente alcanzado por la presencia del «otro», su pasado lujurioso, y finalmente sucumbe, recae en la adicción y aparentemente prueba alguna droga nuevamente, en una decadente escena nocturna callejera: «Un calofrío que nació en sus uñas comenzó a subir livianamente, como una vaho de éter, por sus pantorrillas, por sus muslos – !sus muslos!».

Nótese el énfasis en esta parte del cuerpo, asociada al consumo de sustancias por inyección: «La mano temblorosa buscó la firme vecindad del muro; pero ya fue tarde. Su brazo se perdió allá, en un vacío sin fondo, interminable… Las ideas giraban ahora desordenadas dentro de su cabeza. Nadie podría detenerlo en esa caída inevitable.».

Tubal ahora había nuevamente caído en El Vértigo, ese mismo del que se había rebelado antes y del que pensaba que ya se había regenerado. Ese vértigo, esa sensación producida por la droga: «Ahora comprendía todo perfectamente. El regreso de «el otro» implicaba el regreso de todas esas sensaciones morbosas cuya dolorosa experiencia, aún después de la regeneración, seguía empujándolo con una fuerza irrevocable hacia la desgarradora comarca de la fiebre».

Ante esta revelación, el protagonista intenta -nuevamente- ahorcarse saltando con una soga colgada del techo de su habitación. Mientras se regocija por su valentía al querer acabar con su vida, oye la voz de «el otro» que lo atormenta con su juicio, con su confesión de una naturaleza humana que él se niega a aceptar: «somos los marihuanos, somos los invertidos«.

Es ésta también una referencia a un hombre invertido, homosexual (?) que no se ajusta a la sociedad, que le gusta ver al Tiempo y al Espacio invertidos también:
«Espacio y Tiempo…Déjalos así, al revés; así me gusta verlos, patas-arriba!».

Sin embargo, los vecinos oyen el estruendo después del salto con la soga al cuello, empiezan a gritar su nombre y a punta de golpes de hombro derriban la puerta. Y es acá donde podría interpretarse que las varias veces mencionada «mujer de la escalera» podría ser probablemente una vecina que, con la necesaria ayuda de una escalera, lo ha rescatado, en otras ocasiones, de la soga colgante del techo. «!Lo de siempre! Alguien sintió el ruido y los vecinos se congregaron en la casa. Esta vez, como las otras veces, caerían las puertas bajo el peso de todos los hombros que estaban allí, empujando firmemente, decididamente, tratando de arrebatárselo a la muerte».

Antes de los vecinos acudir a evitar el suicidio, el personaje ya había pensado complacientemente: «Hoy no vendrá la mujer. No. Que se vaya con su escalera a otra parte. Mañana me encontrarán colgado del techo como una fruta…».

Se lamenta el personaje, por no haber tenido el coraje de elegir una solución mas efectiva, apuntar el cañón de una pistola en su sien y quitarse la vida con un disparo: «Qué cobarde, qué bruto soy! Y todo por mi debilidad! Por tenerle miedo a ese círculo de frío que se detuvo un instante en mi sien dispuesto a quebrarme los temporales… Tal vez hubiera sido más propio de mi dignidad el que me hubieran encontrado con la cabeza hundida en un espejo de sangre«. Evidentemente, el personaje no se percibe digno en su condición.

Y a partir de estas últimas ocasiones, ya la batalla estaba perdida. La presencia del otro era cada vez más fuerte, inexorable: «Lo imaginaba en todas partes. Metido en los rincones, detrás de las puertas; espiando cada uno de sus gestos, cada movimiento suyo… En el comedor << lo >> veía fugarse después de haber derramado un frasco de láudano sobre los alimentos».

Siendo el láudano una sustancia opiácea ligada a la adicción y también con un efecto somnífero para dejar al personaje en estado de indefensión. El personaje trata de protegerse y evitar que «el otro» lo domine, poniendo tablas en forma de cruz, como defensa a esta fuerza malvada, pecaminosa.

Sin embargo, a pesar de todos sus ingentes esfuerzos, una madrugada volviendo de la taberna a la casa, se encuentra de frente con «el otro», y lo ve tan de cerca y tan real. Se ve él mismo y no pudo soportar su realidad, su esencia. «Lo que vio no podría olvidarlo en el resto de sus años».

No pudo soportar el encuentro, aceptar la realidad de su condición, de su pasado y sus instintos de los cuales nunca había podido escapar. En consecuencia, esta vez decididamente, se ata a la soga y después del salto, el apretón en su garganta fue definitivo. Esta vez la mujer de la escalera no atiende y Tubal-Caín muere finalmente.

Es una historia de un destino inexorable, frente a la intensa y delirante lucha contra el pesado impulso de una naturaleza humana decadente, que lo empujaba implacablemente hacia el vértigo, y del cual la única salida sería la muerte, propiciada por él mismo, muriendo «como un hombre derrumbado, como un perro vencido«.

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Autor: Juan Diego Morillo

Lector común y corriente. Aunque no devoro libros por mes; leo mis selecciones con lentitud y con mucho detalle para disfrutarlos. Me gusta releer, subrayar, hacer notas y reflexionar para incorporar lo leído.

Un comentario en “Reseña del cuento Tubal-Caín forja una estrella”

  1. Cuento Tubal Caín Forja una estrella

    Copio un segmento del comentario hecho por el señor Juan Diego Morillo:
    …Contrario a lo muchas veces reseñado sobre este cuento de García Márquez, es una historia con un contenido conceptual que no se desvanece por su escritura de carácter abstracto y/o a pesar de la aparente excesiva alteridad. Si bien la cronología no es lineal, sí existe una noción temporal entendible a través de la narración de la historia. García Márquez está relatando de una manera delirante cómo el personaje se debate a muerte en una lucha contra su febril pasado (representado por el «otro»), ferviente de un estilo de vida reprochable marcado por la vida nocturna…

    !Qué redacción más intrincada¡
    «Contenido conceptual»; «aparente excesiva alteridad»; «cronologia no lineal»…
    Es frecuente leer formas parecidas en tesis universitarias donde los postulantes tratan de exhibirse como intelectuales de alto nivel, algo innecesario en este caso.
    Yendo al cuento comentado, me parece que no ha sido escrito por el mismo Gabriel García Márquez de «Cien años de soledad» quien se destacaba, precisamente, por su estilo abierto, alejado por completo de palabras rimbombantes y frases inútiles.

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