Metafísica de los tubos y otros dioses: experiencia de lectura

comentario y reseña al libro Metafísica de los tubos
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Metafísica de los Tubos (novela – Amèlie Nothomb – año 2000) es un libro que leí con intensidad. Llegó a mi sin buscarlo. Una amiga me lo dio como regalo de fin de año; me dijo que le gustaría hablar o debatir conmigo acerca de él. {Para escribir esta reseña literaria he leído: Nothomb, Amelie. La metafísica de los tubos. Editorial Quinteto. Madrid}

Pensé que esto era, tal vez, un acto de interés en mi. Y eso me alegró más que el libro en sí, pero estaba equivocado. Era todo lo contrario, se trataba de un acto de desinterés… ni siquiera llegamos a hablar del libro. De hecho, ahora no hablamos ni de libros ni de nada. Nunca había recibido un «acto de desinterés» tan maravilloso; hubo cierta poética del desprecio, la cual me ha gustado.

Metafísica de los tubos y de los desagües

El narrador o narradora de «Metafísica de los Tubos» es un ser atípico, tiene una autoridad infantil desbordada, tanto, que devela al lector verdades inconmensurables como la esencia de Dios; dice: “Dios era la satisfacción absoluta. Nada deseaba, nada esperaba, nada percibía, nada rechazaba y por nada se interesaba. La vida era plenitud hasta tal punto de no ser vida… Dios no vivía, existía…”.

Era todo saciedad y eternidad, afirma. Este libro es una confesión casi cosmológica, heterodoxa e interesante de una niña recién nacida que decide conscientemente permanecer en un estado vegetativo hasta que una barra de chocolate la saca de su mutismo.

Página del libro Metafísica de los tubos
Detalle de una página del libro Metafísica de los tubos

Pero es también un texto sobre el mundo visual; nos explica que la vida es ver, es percepción, es aprehensión: “La vida comienza donde comienza la mirada. Dios carecía de mirada” afirma, precisamente porque Dios no «vivía», tan solo existía. Lo cual tiene mucha lógica, puesto que la vida no es perenne, pero la existencia es inconmensurable.

Aquella consciencia infantil superdotada nos permite saber que Dios es como un tubo: «las únicas actividades de Dios eran la deglución, la digestión, y como consecuencia directa, la excreción«. Lo cual nos permite entender desde este enfoque teológico-digestivo que Dios es un productor de excreciones. De hecho, «Esta es la razón por la cual… llamaremos a Dios el tubo«, dice.

El concepto de vida que planeta  la narración es uno basado en la visualidad. Comenta que incluso las plantas tienen una mirada, pero Dios (el tubo) no. La fuerza que emana de lo que no se mueve, lo inmóvil, ese era el poder del tubo, asevera. Es una encarnación de la Fuerza de la Inercia, de la fuerza de lo inmóvil. Además, «el tubo» existe, pero no en la vida, es dueño de lo inmóvil, y es eterno.

La voz narradora precisa que Heráclito se habría suicidado de haber conocido a Dios, la negación de su concepción fluida del universo… «Todo es inercia, Todo se coagula, Siempre nos bañamos en la misma ciénaga«. De mi lectura destaco esta frase: “La mirada, que constituye la esencia de la vida, es en primera instancia un rechazo” afirma en la página 17 de la edición que leí. Es un rechazo, dice con acierto, porque al fijar la atención visual en algo concreto, todo lo demás queda excluido. La mirada, en primera instancia, es un rechazo.

Y su experiencia con el lenguaje (el acto de nombrar y de existir) y el descubrimiento del placer, del agua, de las nubes, son fenómenos que tienen importancia en la narración. La quietud vs la fluidez del agua, son los dos estados que podrían definir la existencia de la narradora antes y después del parto. Aquella niña había sufrido un accidente que la sacó de la Quietud (ya no era Dios), y una idea que había entrado en su mente la convirtió en ser humano…

El Placer de la vida

La narradora nos recuerda que “Las abejas saben que sólo la miel proporciona a las larvas el gusto por la vida«, y así también comprueba que funciona para los seres humanos, de hecho dice «Para qué matarse a nacer sino es para experimentar el placer?«.

El agua tenía una relación directa con el placer, y es en este punto en el que su Ontología personal entra en contradicción: no hacía mucho que era Dios, pero al descubrir el agua comprendió que ese era su elemento, el que más se adaptaba a ella, pese a que Dios fuera la inercia, la antítesis de los ríos de Heráclito.

Un par de sentencias más que me han quedado después de la lectura:

->“Lo que amas, lo perderás” afirma respecto a la muerte.
->“Dime lo que te da asco y te diré quién eres… sólo nuestras repulsiones nos definen realmente”.

En realidad, por aquellos días creí que algo más romántico me ocurriría con la amiga que me había regalado este libro… pero al final, nada. Y tal vez eso es realmente grandioso, que no ocurrió nada. Porque lo más usual es que ocurra algún tipo de aventura. En todo caso, leer este libro, con estas ideas en la cabeza, fue una experiencia intensa.

Autor: julianbueno

Una persona aprendiendo a leer y con el objetivo de reseñar los libros que encuentra en su camino como una estrategia para volver a ellos a través de sus apuntes.

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