Reseña de El último lector, David Toscana

¿Quién determina cuál es la buena literatura y cuál no? ¿Bajo qué parámetros los lectores levantamos la voz para declarar que una obra vale o no vale la pena ser leída? La construcción de tal juicio se hace por medio de un ejercicio simple: la lectura. Mientras más nos nutramos con libros, la certeza de que algo vale la pena ser leído será más consistente. Palabras, frases e ideas aglutinadas con las que podemos concordar (o no), se convierten poco a poco en un fantasma que el mundo de la literatura ha llamado cánon. El tema puede ser escandaloso (y hasta discutible), no obstante, también puede ser tratado con humor e ironía de forma novelesca. David Toscana (Monterrey, 1961) publicó El último lector en 2010 y da cuenta de estas vicisitudes que advertimos.

Pero vayamos por partes: ¿qué es o quién es el último lector? Yo, Tú, Él, Nosotros, Ustedes, Ellos. Todos somos el último lector. Esta novela presenta diversas puntas de la madeja para que vayamos destejiendo el enigma (o misterio) en un pueblo recóndito de Monterrey que se llama Icamole, en torno a la literatura, asunto que desde la primera publicación —Las bicicletas—, hasta la última —Olegaroy— le ha preocupado al autor nacido en Monterrey.

REseña literaria de El Último lector

Todo inicia con la aparición de un cadáver en un pozo propiedad de Remigio. El dueño inmediatamente le notifica a su padre que ha encontrado a una niña inerte y no sabe qué hacer. Teme que lo lleven preso.

El padre intenta ayudarlo valiéndose de recursos librescos que serán risibles, aunque no por eso dejará de invitarnos a la reflexión. Lucio, por su parte, carga sobre sus hombros una serie de penurias que han ido concatenándose hasta la visita de su de su hijo con la noticia: solitario, sin alimento alguno, leyendo en casa cual Quijote e imaginando historias.

A medida que avanza la novela nos enteramos que Lucio era un hombre común, con esposa y sueños de progresar en el pueblo, hasta que un día ella pierde la vida. El gobierno decide enviarle una dotación de libros para una biblioteca que él debe resguardar argumentando que es el habitante con la casa más grande de la región. El problema es que nadie la visita nunca y debe cerrar. Ambos sucesos marcarán a Lucio significativamente.

La creación de Toscana va de la ficción a la ficción dentro de la ficción; es decir, dentro de esta novela que tenemos en las manos —y que asumimos como una obra ficcional—, el autor crea un sinfín de novelas más que Lucio critica fuertemente, a tal grado de que aquellos libros que lee y le parecen indignos los arroja a las cucarachas; los que le parecen decorosos los coloca en un anaquel. Él es el último lector y nosotros, como testigos, nos reflejamos en el espejo y terminamos siéndolo también.

Estos son sólo algunas aristas que entraman una novela que parecería policiaca o del absurdo, aunque no es ni lo uno ni lo otro, es una obra que nos invita a pensar críticamente sobre la cultura, la literatura y la educación con un planteamiento sencillo: El hijo acude a su padre con un problema real y el padre intenta solucionarlo con elementos librescos.

Por supuesto que hay un trabajo estilístico del autor que crea la sensación de estar dentro de una muñeca rusa, donde un libro se encierra en otro y este otro en otro aún más pequeño, provocando que nos perdamos entre la narración de Lucio, Remigio y la niña muerta con las otras novelas y autores que David Toscana va intercalando magistralmente.

Es menester, pues, atrevernos a viajar entre las páginas de El último lector e intentar contestar a la pregunta de ¿cuál es la buena literatura? Ya que eso no es respuesta de una reseña, es la respuesta que debe cultivar el lector con base en sus gustos, así erigirá su camino y recomendaciones en el porvenir. Así que buena vida, buena lectura y salud por las letras.

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