El Zahir de Borges: análisis, fijación y revelación

El Zahir - Jorge Luis Borges
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El Zahir es, al igual que otros relatos en El Aleph de Jorge Luis Borges, uno de los cuentos más sorprendentes y ricos que he leído, es decir, enriquecidos con referencias filosóficas, místicas y literarias. Sorprendente, porque me ha generado una interrogación constante, muchas preguntas que, pese a no encontrar respuesta inmediata, me emocionaron de forma constante. El cuento, dedicado a María Julia Wally Zenner, tiene referencias al poema éddico Fáfnismál de Islandia, al Libro de Reyes de Firdusi y a Attar de Nishapur, y todo convive coherentemente en el mismo relato.

El Zahir es un objeto que encierra un poder terrible, el de no permitir que quien lo vea lo olvide. Verlo lleva a la locura. Pero quizá, detrás del Zahir, detrás de esa fijación, esté Dios; así nos lo dice el texto, y con esa afirmación termina. Entre más leo a Borges, más me cuesta decirle “cuentos” a sus obras. Tal vez habría que llamarlos de otra forma, son cuentos, pero son algo más. He escuchado de la profesora Luce López-Baralt, quien habló con Borges sobre el Zahir y todo el Aleph, que ya desde joven Jorge Luis Borges dictaba conferencias sobre Sufismo en Buenos Aires. A lo largo y ancho del mundo los años de estudio de la obra de Borges han subrayado que la reflexión del escritor argentino sobre lo místico tiene muy cerca de sí al sufismo y su sentido místico de la existencia. Posiblemente por la apertura religiosa que el sufismo ofrece y la vasta literatura mística que le acompaña, alguien tan profundo pero aconfesional como Borges pudo sentirse cómodo cerca de esta corriente de pensamiento y sentimiento.

{Para hacer este comentario, un tipo de reseña y breve análisis literario de El Zahir, he leído la edición de Seix Barral, 1983, Barcelona}

El narrador, un Borges literario o ficticio, escribe un 13-11 (un trece de noviembre) que el Zahir le había llegado un 07-06 (un siete de junio). Un Zahir, que nunca es la misma cosa pero que tiene siempre el mismo efecto, esta vez era una moneda de 20 céntimos de 1929 marcada con los signos N T 2 en el anverso. ¿Qué quiere decir esto? ¿Tal vez un guiño al florín irreversible de Leopold Bloom, el personaje del Ulises de Joyce que hace dos muescas a un florín en el borde para ver si la moneda vuelve a él?

moneda de 20 centavos argentino de 1929
Moneda de 20 centavos argentinos de 1929

Después de un introducir lo anterior, el relato empieza a describir a Teodelina Villar, quién murió un 06-06 (seis de Junio) y de quien el Borges del relato había estado enamorado. Dice que Teodelina cometió el solecismo o anacoluto de morir en pleno Barrio sur. El solecismo, es decir, el “error gramatical o sintáctico en la construcción de una frase”.

Es decir, ¿a qué se refiere el solecismo relacionado con la muerte de Teodelina?… Tal vez a lo que dice después, que en la noche de su velorio el rostro de la muerta recobraba mágicamente lo que había sido, su soberbia, su juventud. Dice: “Rígida entre las flores la dejé, perfeccionando su desdén por la muerte”.

Sin duda una expresión muy poética, pero ¿quiere decir algo más? Tal vez el hecho de regresar a lo que había sido significa que una vez muerta volvía a la fuente, a un estado más allá de la juventud y la vejez. También la profesora Luce López-Baralt concluye que Teodelina Villar es una suerte de imagen del Zahir, un algo mágico. Afirmaba el narrador acerca de Teodelina: “Buscaba lo absoluto, como Flaubert, pero lo absoluto en lo momentáneo. Su vida era ejemplar y, sin embargo, la roía sin tregua una desesperación interior”.

Reflexión sobre el dinero en el Zahir

El personaje Borges recibe el Zahir, una moneda de 20 céntimos, después de dejar a Teodelina. Después de mirarlo dice “No hay moneda que no sea símbolo de las monedas que sin fin resplandecen en la historia y la fábula”. Desde aquí, genera una reflexión acerca del dinero, tal vez de los tesoros, que roza, que fricciona, con una sugerencia marcada en el texto, el hecho de llegar al tesoro más preciado posible en vida: ver, aunque sea vislumbrar, a Dios.

Una moneda es símbolo de todas las monedas. Siempre, a través del ojal del dinero, pasan un número determinado de circunstancias que sirven de hilo para esa aguja que entreteje de forma particular las relaciones humanas, sus epopeyas, sus miedos, triunfos y fracasos. Por eso cita el óbolo de Caronte, los 30 denarios de Judas, el florín irreversible de Leopold Bloom, entre otros… También narra que soñó haber sido un tesoro custodiado por un grifo, haciendo cierta equivalencia entre él y la moneda.

Aún hay más ideas sobre el dinero, una en relación con su valor de cambio, un valor que siempre se “ejecuta” en el futuro: “…nada hay menos material que el dinero, ya que cualquier moneda… es, en rigor, un repertorio de futuros posibles. El dinero es abstracto, repetí, el dinero es tiempo futuro.”. Y en la siguiente página dice “una moneda simboliza nuestro libre albedrío”. Ciertamente, la historia ha visto cómo las sociedades han negado económicamente este “albedrío” a la gente que no tiene monedas. Solo aquellos que caminan otra senda no tienen su albedrío circunscrito por este valor.

Borges se deshace de la moneda ¿logra olvidarla?

Paga una caña con el Zahir en un boliche cualquiera para deshacerse del objeto, para alejarse de su poderosa imantación. A continuación, comenta que había estado “creando” un relato sobre un asceta, que en realidad es la serpiente Fafnir, que cuida un tesoro, el de los Nibelungos, con el fin de alejarse de la idea fija de haber visto y tenido el Zahir. De lo anterior he entendido que ha mezclado dos referencias: El anillo de los Nibelungos y el Fáfnismál.

Intenta otras maneras para alejarse, pero no puede y por eso consulta a un psiquiatra. En vano. Es entonces que descubre un libro que detalla las características e historia del mal que le aqueja. El libro es el Urkunden zur Geschichte der Zahirsage, el cual es ficcional, no existe sino en ese relato. En él encuentra que el Zahir es antiguo y que su efecto inolvidable ha sido descrito por diversos personajes en la historia.

Según aquel texto, el Zahir significa “notorio”, “visible”, “en tal sentido, es uno de los 99 nombres de Dios”. El primero en dar cuenta del objeto mágico habría sido el derviche Lutf Alí Azur.

Como Muhammad Al-Yemení dijera en el nombrado libro, no hay criatura en el orbe que no propenda al Zaheer. Y como supuestamente lo escribiera Attar: “El Zahir es la sombra de la Rosa y la rasgadura del Velo”. El Borges del relato sabe que es ineludible la fijación en el Zahir y que al mismo tiempo, una revelación simple pero absoluta le aguarda. También le habría sucedido lo mismo a la hermana menor de Teodelina, de quien dice que está internada y que sigue “dele temando con la moneda”. No se sabe si dele temando es un error tipográfico o si quiere decir algo como “dele que dele con el tema de”. Esto deja ver que, ciertamente, poco a poco todos verán El Zahir. Es un destino común.

A fuerza de tanto pensarlo tal vez lo desgaste, dice con cierto alivio. Así como los sufíes giróvagos, giran y giran, repiten y repiten los 99 nombres de Dios hasta que esto no quiere decir nada y así se pierden en Dios, así la fijación en El Zahir tal vez lo lleve a ese otro lado de la moneda, donde está un tesoro al que todos volveremos.

Autor: julianbueno

Una persona aprendiendo a leer y con el objetivo de reseñar los libros que encuentra en su camino como una estrategia para volver a ellos a través de sus apuntes.

Un comentario en “El Zahir de Borges: análisis, fijación y revelación”

  1. Qué raro que no haya hecho usted mención alguna a un tema que a Borges lo obsesionó desde la adolescencia, y que fue motivo de muchos de sus textos y muchos, también, de sus traumas: el sexo. Eso que no se olvida una vez que se lo ve/conoce, es el sexo. En tal sentido, El Zahir es un cuento que funciona en espejo con La secta del Fénix.

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