Conversaciones con Picasso: la visión de Brassaï

El célebre fotógrafo húngaro Brassaï reune aspectos íntimos de la vida de Picasso y de su proceso creativo en este libro, Conversaciones con Picasso. Su cercanía y mutua admiración son la base de estas conversaciones en las que no sólo se revelan secretos e iluminaciones de Picasso, sino también una crónica del arte en el tramo central del siglo XX.

{Esta reseña, salvo algunas cosas que he cambiado, fue publicada originalmente por mi en la Gaceta del Fondo de Cultura Económica, en el número 7 de marzo de 2004: Conversaciones con Picasso, Gilberte  Brassaï. COLECCIÓN NOEMA. México, FCE – Turner, 2002. 328 pp.}

conversaciones con picasso
Foto por: Rafael Bueno

Ha sido inspirador encontrar un libro tan capaz de revelar la vida cotidiana y la experiencia creativa del más célebre pintor del siglo XX sin que se trate de una cruda biografía o una consecución de entrevistas periodísticas. Por el contrario, Conversaciones con Picasso es un texto único e inusual en la literatura sobre el arte, dotado de una narrativa íntima y acompañado de 53 grandiosas fotografías.

El autor es nada menos que Gilberte Brassaï – uno de los más importantes fotógrafos de la explosión artística en el París de los años treinta – quien se ha permitido mostrar aspectos privados de la vida y obra de Pablo Ruiz Picasso, sin seguir un libreto o patrón descriptivo diferente a su propia experiencia.

Brassaï y sus conversaciones con Picasso

La profunda admiración que suscitó en Brassaï fue suficiente para que le dedicara esta obra en 1964, a los 83 años de vida del pintor, cuando su fuerza creadora todavía era espléndida, pero cuando la gloria lo mantenía recluido y aislado, prisionero en su propia celebridad, gracias a la insistencia de sus infinitos admiradores y desaciertos de su mundo familiar. Y en realidad, fue Picasso quien alentó a Brassaï para que publicara esta memoria, como ya antes lo había hecho con una serie de dibujos inéditos que el fotógrafo le había enseñado durante el principio de la segunda guerra mundial y que Picasso admiró con sinceridad.

Para Picasso, la reproducción fotográfica había liberado a la pintura de los límites de la realidad objetiva

Brassaï lo conoció a finales de los años treinta en Paris y desde esa época hasta 1947 sus frecuentes encuentros forjaron una amistad duradera, en la cual el ejercicio de la fotografía fue crucial. Para Picasso, la reproducción fotográfica había liberado a la pintura de los límites de la realidad objetiva; en alguna ocasión le diría “cuando se ve lo que usted expresa con la fotografía, uno percibe lo que ya no puede ser objeto de la pintura”. Picasso comulgaba con aquella máxima expresada por Frenhofer en el libro La obra de arte desconocida.

El pensamiento de Picasso resulta muy consecuente con su cercanía al surrealismo y al cubismo, que no era para él necesariamente un estilo sino un método. Tratar de imitar la realidad en la pintura no fue atractivo para Picasso; el “pintor de género”, es decir, aquel pintor regular y ordinario, preso en el academicismo, que no pudo escapar de copiar la realidad y no encontró en la pintura esa liberación proporcionada por la fotografía, constituía la antítesis de lo que él era.

Totalmente en contravía, Picasso no persiguió recrear lo que el ojo ve, tal y como se lo ofrece la realidad tangible, sino lo que el ojo aprehende, es decir, lo que a través de él se ancla en la memoria, las características últimas del objeto que lo hacen reconocible. Sin embargo, Picasso quiso comulgar con la realidad y el valor plástico que le daba a todo tipo de objetos lo plasmaba incesantemente en pequeñas obras espontáneas; hacía torres con cajetillas de cigarrillos, perros con servilletas; sus dedos siempre activos lo tocaban todo y en los huesos percibía la obra de la naturaleza, esas formas puras y exactas, continuas y modeladas, como la arcilla intervenida por los dedos. No deseaba ser un paisajista y no recurría a modelos, porque su prodigiosa memoria le traía en el momento justo eso que alguna vez había visto y que lo había sorprendido.

Brassaï trabajó durante años en el taller de Picasso registrando su obra escultórica principalmente y descubriendo así sus procesos creativos; a propósito de ellos afirmaría que Picasso confronta todo lo que existe con lo que puede existir. Con esto quería mostrar que el artista se concentraba en esculpir y pintar la esencia de lo que es, buscando el signo, yendo hasta el punto más abstracto de la forma, plasmando en la obra nuevas posibilidades de expresar los seres y los objetos. Un ejemplo de ello es la famosa escultura “Cabeza de toro” (1943), compuesta por un sillín de bicicleta y el manubrio de la misma.

La relevancia e influencia que ejerció Picasso en las vanguardias artísticas es el efecto de su magnetismo para atraer la vida cultural de su tiempo, y su taller en la Rue des Grands – Agustins fue el lugar de encuentro entre este mundo y él (en ese sentido, es comparable con el fervor que despertó Goethe entre los románticos). Todos quisieron conocer su templo, escudriñar en su obra, clasificarlo en un movimiento y en otro, pero Picasso, el hombre, siempre innovador, no cupo nunca sólo en el cubismo, sólo en el surrealismo, como tanto lo deseó Breton, o sólo en el abstraccionismo. Su pasión por crear nuevas formas era equivalente a la de reinventar formas arcaicas: se inspiró en las máscaras africanas, el tótem, los íconos, la lucha y la vida, la fecundidad, el amor y la muerte. Si en algo son insistentes el texto, es en mostrar a través de la obra de Picasso La crónica del arte en el tramo central del siglo XX.

El libro es la reunión de muchas conversaciones, que no guardan siempre una linealidad cronológica y espacial; y no son entre los dos únicamente, sino también con muchos otros grandes artistas como Henry Matisse, Salvador Dalí, Paul Eluard, André Breton, Jean Cocteau, Jean Marais, Georges Braque, entre otros. Brassaï también trabajó con ellos fotografiando sus pinturas y momentos cotidianos, o ilustrando poemas, ensayos y textos de todo tipo, principalmente en el espacio que creó la revista Minotaure, un punto convergente del arte de la época. “Minotaure” es su título que resalta un tema reiterado por los surrealistas y por Picasso: para los primeros, el minotauro representaba la realidad exacerbada, el mundo onírico, el mensaje del sabio de Viena, Freud, que tanto fertilizaba la creatividad de artistas como Dalí, y para Picasso representaba algo aparentemente contrario, la realidad tal y como es detrás de la máscara y del traje, la fusión del toro y el torero en el ruedo.

A lo largo del libro, podemos encontrar sutilezas, anécdotas, secretos y pensamientos que Picasso no confiaba a nadie sino a Brassaï o a su fiel compañero, secretario, amigo y tutor administrativo, Jaume Sabartés, quien también publicó una memoria acerca de su amistad con Picasso, de la cual Brassaï comentó la ausencia de las mujeres y su influencia en la obra de Picasso. Y con justa razón, porque nunca fue invisible la repercusión de una nueva presencia femenina en su arte y creación; tal es el caso, por nombrar sólo a una, de Francoise Gilot, joven pintora, a la que amó como si fuera la primera.

Los objetos, los temas universales de la humanidad, las mujeres, la guerra (Picasso vivió tres guerras), la tauromaquia, las aves, los sueños, los gatos, los perros (siempre tuvo uno con él) y cada uno de sus gustos fueron temas plasmados con maestría, pero de la herencia pictórica que ocupó su ser sólo se puede nombrar un personaje: Paul Cézanne, precursor de la modernidad en el arte. Él era su único maestro, tal y como no se cansaba de repetirlo. Aún así, es innegable que aceptara en su obra la correspondencia de otros colosales pintores: Manet, El Greco, Toulouse – Lautrec, Delacroix, Rousseau. Y de sus contemporáneos, fue Henry Matisse a quien más valoró como pintor; alguna vez le ofrecieron cambiar un Matisse de su propiedad por un Velázquez y prefirió el primero.

Finalmente, es claro que Conversaciones con Picasso guarda la huella de su pensamiento y de su diario transcurrir, sus pasiones y los elementos primordiales de su creación, que de ninguna otra forma habríamos podido conocer. Este valioso libro es una memoria desnuda, es la donación de una historia que hacen Brassaï y Picasso al mundo, es una herencia abierta a todo el público lector, de ella podrá nutrirse todo aquel que quiera encontrar el pincel llegando al lienzo, el dedo escultor moldeando el yeso.

 

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