El cristianismo es más que una religión, es la institución espiritual más importante e influyente de Occidente. Su inspirador y ¿fundador?, Jesús, el Mesías, es quizá, el personaje histórico más importante del mundo occidental. Tal es así que, a partir del Siglo VI y de la visión de Dionisio el Exiguo, hemos dividido el tiempo en dos periodos: antes y después de Cristo. La historia de Jesús, como sabemos, está consignada en los evangelios, tanto en los oficiales como en los apócrifos. Sin embargo, fue gracias a la acción de sus discípulos, encabezados por Pablo, Pedro y los otros apóstoles e imbuidos por la fuerza del Espíritu Santo, que este movimiento se propagó a lo largo y ancho del orbe helenístico del Mediterráneo y de la diáspora judía y llegó, varios cismas después, hasta nuestros días como un símbolo de lo que fuimos, somos y seguiremos siendo. El cristianismo, en su vertiente católica, modificó el curso de los tiempos progresivamente al subvertir los valores de la antigüedad y reemplazarlos por nuevos encabezados por el amor, la compasión y la bondad. Por eso, el cristianismo primitivo propició un fin de ciclo y el inicio de otro. Por supuesto, el cambio fue gradual y conllevó predicación, martirio, monacato, política, homilías, herejías, concilios. Esto configura diversos escenarios que, según los creyentes, estuvieron predestinados por el creador para cumplir sus designios: establecer el Reino de Dios. Por eso, la etapa de cristianismo primigenio, que abarca los primeros cuatro siglos de nuestra era, es un caldo de cultivo fértil para vislumbrar estos cambios en el orden histórico, político y religioso. El libro: “El Cristianismo, Orígenes” del sacerdote jesuita Jesús Simón, es un acercamiento en el ámbito religioso que funciona como una apología y una hagiografía de los doctores y patriarcas de la iglesia que nos precedieron.
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