Nada nos une (Buen Puerto, 2025) es la segunda novela de Lenin Heredia Mimbela, un libro que llegó a mí en un momento en que buscaba justamente eso: una historia actual que me hiciera reflexionar de verdad. Apenas vi la sinopsis, me hizo recordar a compañeras que atravesaron problemas familiares y situaciones difíciles durante su adolescencia. Sin embargo, a diferencia de la protagonista, ellas lograron superar esos obstáculos y salir adelante. Esto me llevó a reflexionar sobre la importancia del apoyo familiar, la comunicación y las decisiones que pueden cambiar el rumbo de una vida. Quise leerlo justamente por eso: para ver cómo un autor abordaba algo que yo había visto de cerca, aunque desde otra perspectiva. Lo que más rescato es que es un libro que cualquier persona puede disfrutar y entender, y que desde las primeras páginas atrapa tanto que no puedes parar hasta terminarlo; de hecho, yo lo terminé en pocos días. Esa experiencia de lectura me llevó también a interesarme por la trayectoria de su autor y por los temas que suele abordar en sus obras.
La elección de estos temas no es casual. Lenin Heredia Mimbela, narrador piurano, ya había mostrado en Morir en mi ley (2021) su interés por los vínculos entre madres e hijas atravesados por la amenaza y la violencia. En esta nueva entrega retoma esa línea, pero la lleva a un terreno todavía más íntimo: la adolescencia, la maternidad y todo lo que ocurre
del otro lado de una pantalla cuando nadie está mirando.
La historia gira alrededor de Becky, una adolescente cuya muerte se anuncia desde la primera línea del libro: «Becky ha muerto». A partir de ahí, la novela no construye un misterio en el sentido convencional, sino algo más inquietante: la reconstrucción de cómo se llegó hasta ese punto, contada desde las miradas de quienes la rodeaban. Lili, su madre, intenta sostener a la familia imponiendo límites mientras carga sus propios rencores sin resolver. Tavo, el padrastro, vive instalado en una culpa silenciosa. Y Dante, un joven sin rumbo claro, se mueve guiado por impulsos que no entiende del todo. Ninguno de los tres es un villano evidente; todos, a su manera, contribuyen a que la tragedia ocurra.
Lo que más pesa en la historia es cómo cada personaje habita un mundo emocional propio, sin que ninguno logre tender un puente real hacia el otro. La novela funciona casi como una cámara que va enfocando, uno por uno, a quienes estaban cerca de Becky, revelando en cada encuadre una versión distinta y parcial de lo que ocurrió. Esa desintegración no se presenta como algo excepcional ni extremo, sino como algo dolorosamente reconocible: la comunicación que se rompe poco a poco, los roles que nadie asume del todo, el cariño que existe pero que no alcanza para sostener a quien más lo necesita.
El segundo gran tema de la novela es la tecnología como territorio de violencia. Aquí el celular no es un accesorio ni un símbolo de época: es el espacio donde Dante ejerce control sobre Becky, donde su cuerpo y su imagen se convierten en moneda de cambio. Heredia Mimbela no necesita explicar demasiado para que el lector entienda que lo que pasa en una pantalla puede tener consecuencias tan reales y devastadoras como cualquier cosa que ocurra cara a cara. Y eso, lamentablemente, no es solo ficción: según UNICEF (2023), a partir de datos del MIMP, en el año 2022 se reportaron en promedio 22 violaciones sexuales diarias a menores de edad en el Perú, y en el 74% de los casos el agresor era alguien del entorno cercano de la víctima. La novela no habla de cifras, pero sí de las experiencias humanas que hay detrás de ellas.

Estructuralmente, la novela se apoya en un narrador omnisciente que sabe exactamente cuánta información dar y cuándo. Heredia Mimbela usa el flashback con eficacia: pasado y presente se alternan para que el lector vaya armando la historia en paralelo con los personajes. La perspectiva múltiple —cada voz revela solo lo que alcanza a ver desde su lugar— genera una tensión acumulativa que sostiene la lectura de principio a fin. Todo encaja cuando el narrador lo decide, y no antes.
Si hay algo que me dejó con dudas, fue el personaje de Dante. A diferencia de Lili o Becky, que se sienten complejas y llenas de matices, él resulta más plano en algunos momentos. En una novela donde casi todos los personajes muestran contradicciones y conflictos internos, esa diferencia termina notándose.
Los vínculos que se deshacen en silencio es, quizás, la mejor forma de resumir esta novela: sus personajes están emocionalmente desconectados entre sí, pero permanentemente expuestos a la mirada del otro a través de las pantallas. Heredia Mimbela escribe desde Piura y sobre el Perú de hoy, con una mirada que no idealiza ni condena, sino que simplemente muestra. Y eso, en la narrativa peruana contemporánea, no es poco. Es un libro recomendado, sobre todo para quienes quieran entender qué pasa del otro lado de la pantalla cuando los adultos ya no están mirando.
