Ideas después de leer El arte de la resurrección de Hernán Rivera Letelier

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Solo hasta terminar de leer “El arte de la resurrección” descubrí que el llamado Cristo de Elqui, Domingo Zárate Vega (1898 – 1971), existió en la vida real; un predicador de a pie que durante más o menos 22 años en la primera mitad del siglo XX recorrió Chile enseñando La Palabra, consolando enfermos, haciendo milagros (por lo menos intentándolo), afirmándose como El Ungido, como la encarnación del Hijo de Dios. Incluso al leer el epígrafe de la novela no caí en cuenta que El Cristo de Elqui había sido significativo para Nicanor Parra. Hernán Rivera Letelier (Talca, 1950) conjuga en “El arte de la resurrección” el desierto de Atacama, los campamentos salitreros, las “aventuras” del Cristo de Elqui y el personaje de Magalena Mercado, una devota meretriz, una santa prostituta con una misión propia. Ha dicho Hernán Rivera Letelier que en realidad su obra consiste en escribir un solo libro en el que el desierto de Atacama es el verdadero protagonista. Él conoce el desierto, ha vivido en él 40 años y en diversas entrevistas ha dicho que toda su obra se la debe a Atacama y su profundo silencio. Varios de sus personajes aparecen en sus distintas novelas y así también el Cristo de Elqui.

El arte de la resurrección
Hernán Rivera Letelier
Alfaguara – Santillana
Madrid 2010
Premio Alfaguara de Novela 2010
245 páginas

Hernán Rivera Letelier ganó con el “El arte de la resurrección” el Premio Alfaguara de Novela 2010. Es una obra bien contada, ingeniosa, con una referencia real abrumadora. Incluso, según el autor, la carta pastoral al inicio de la novela, escrita por el obispo de La Serena monseñor José María Caro en 1931, es una carta real, documental, no es una creación ficticia.

Será por esto que la novela ha sido entendida dentro del realismo mágico latinoamericano. Narrativamente sorprende el uso y riqueza del vocabulario con que describe a los personajes: al místico indigente que es El Cristo de Elqui, a los huascos patizorros que son los obreros que trabajan en las oficinas salitreras, y a Magalena Mercado, la puta de la salitrera La Piojo, la filántropa del sexo que fía sus prestaciones a la tropa de obreros y necesitados de amor de las minas. El loco que vive con Magalena se llama Don Anónimo y se caracteriza por barrer el desierto y la gallina de la casa se llama Sinforosa y pone huevos con doble yema.

El narrador en la novela habla como alguien que conoció al Cristo de Elqui, dice ser un pampino más, un testigo de la vida en las salitreras, pueblos a medio hacer donde conviven obreros, mujeres oprimidas, niños sin educación que corren descalzos, usualmente un patrón, un cura, una puta y unos vigilantes. Hernán Rivera Letelier afirma haber visto al Cristo de Elqui, una vez que intentaba volar desde lo alto de un árbol. Nicanor Parra también afirmó haber conocido a este extático orador chileno.

Si bien esta novela tiene cierto humor, sus mensajes son profundos e incluso trágicos. El Cristo de Elqui es un personaje situado en los años 40 y aunque conmueve olas de seguidores, principalmente mujeres pobres, tenía muchos desertores, críticos y burlones: se le criticaba predicar un evangelio de chapucerías, decir ramplonerías y perogrulladas. Pese a su santa misión el Cristo de Elqui tenía necesidades de carne, y como dice la novela, a veces tenía el chivo arrebatado, por lo que tenía que saciar su instinto usualmente con una seguidora encantada, no en una cama, sino al lado de los caminos, escondido en un matorral o algo por el estilo.

No hace falta mucho para que Domingo Zárate Vega sea tomado por las autoridades como un embaucador, o como le pasó en Santiago de Chile, como un loco con delirio de megalomanía, con un tipo de confusión de la identidad, una expresión de esquizofrenia o de manía severa. Pero en la novela los psicólogos concluyen que en realidad no es un loco de atar y lo dejan libre. Ignoro si en la vida real también le sucedió lo mismo. No obstante, es cierto que después de sus años de peregrinaje y evangelización, Domingo Zárate Vega se reincorporó a la vida civil y dejó de vestirse como un Santo anacoreta. Aunque diferente, tan loco no podía estar y una muestra de ello son los libros que publicó. Después de esta novela es imposible no querer leer uno de ellos.

Cubierta de El arte de la resurrección
Hernán Rivera Letelier ganó con el “El arte de la resurrección” el Premio Alfaguara de Novela 2010

En la novela el Cristo de Elqui no consigue persuadir a la mujer que quería como santa acompañante, Magalena Mercado, y termina solo, abrigado y arropado por el frío silencio, sanador, profundo y celestial de la noche en el desierto. Aunque su figura era muy presta para todo tipo de caricatura, en el fondo sus mensajes todos eran sobre la elevación espiritual, la salud y el seguimiento de una vida santa.

Por otro, la figura De Magalena mercado es inquietante. La novela revela que se trata de una mujer que de niña fue adoptada por unos padres amorosos. Muy pronto sintió una gran afinidad religiosa, pero su camino fue truncado por los abusos sexuales del párroco del pueblo y sus hermanastros. Resulta que el párroco tal vez era su padre biológico y al conocer este terrible pecado, Magalena se propone perseguirlo para siempre. Se trata del padre Sigfrido. Y es así como Magdalena llega a la salitrera La Piojo, persiguiendo a dicho párroco, ya que su misión seguirlo para siempre y martirizarlo con su presencia. Su historia personal explica que Magalena sea una filántropa del sexo, una santa de la prostitución como no se ha visto nunca en ninguna novela.

El loco que vive con ella don anónimo también tiene una historia trágica. Y todo el contexto social de las salitreras también revela un dolor colectivo. En ese momento, de hecho, los obreros de La Piojo están en huelga. El padre Sigfrido describe bien la salitrera: “En todo ese tiempo no había dejado de maldecir un solo instante « la soledad de náufrago el silencio de muerte y el calor de perros de este purgatorio de mierda » a dónde a la autoridad eclesiástica se le había ocurrido mandarlo”. (2010: 96).

El final de la novela es magnífico, pero ese detalle hay que dejárselo al lector. En definitiva, esta novela de Hernán Rivera Letelier es considerada realismo mágico, aunque no haya ningún elemento de fantasía o de surrealismo propiamente dicho en la descripción de las vivencias cotidianas de los personajes. Más que magia son historias que difícilmente podríamos creer que hagan parte de la vida real, pero que son el producto de esa cotidianidad especial, mítica y colorida, que se encuentra en la cultura latinoamericana.

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