Publicado en 1949 “El mito del eterno retorno. Arquetipos y repetición” es un libro que se ha convertido en un referente de la antropología y la historia de las religiones. Su autor, Mircea Eliade, analiza un hecho transversal en las culturas tradicionales y premodernas: el retorno periódico a un tiempo mítico: el de los orígenes, el “Tiempo Magno” en el que empieza la vida y el linaje humano. Se trata de un regreso ritual a la “época” en la que los dioses crearon el mundo y los héroes salvaron a la humanidad, un retorno a través del cual se borran las penas y pecados y se reinicia el sistema con sus valores sagrados iniciales. Este breve análisis es solamente de la primera parte del libro, que se refiere a los dos primeros capítulos: el primero es “Arquetipos y repetición”, y el segundo “La regeneración del tiempo”.
Mircea Eliade habla del mito del eterno retorno y sus implicaciones culturales, principalmente, la negativa del hombre arcaico a aceptarse como ser histórico. El libro habla sobre el mito central que pronostica el regreso del dios principal, los dioses o las fuerzas creadoras y gracias a lo cual la humanidad también regresa a un paraíso o a un estado de gracia. Un reinicio ritual, un volverse contemporáneo al inicio de los tiempos, en el que incluso los muertos vuelven a estar vivos. Leyendo el libro me he preguntado si la creencia en el juicio final en el cristianismo y el judaísmo, según la cual la creación se renueva y retorna a un estado de gracia, podría considerarse como una expresión del “eterno retorno”. Eliade explicará que en estas religiones solo se plantea un único y final retorno, y no un retorno cíclico y periódico; esta es una cuestión que Eliade aborda en la segunda parte del libro.
Para hacer este breve análisis, traer citas textuales del libro y reseña comentada he consultado esta edición:
Eliade, Mircea
El mito del eterno retorno. Arquetipos y repetición.
Alianza editorial
Madrid, 2022
200 páginas
Título original: Le Mythe de l’eternel retour. Archétypes et répétition.
Traducción: Ricardo Anaya
El eterno retorno se ritualiza con el Año Nuevo o cada ciclo temporal y guarda un vínculo importante con el retorno de los ciclos de la vida y la muerte en la naturaleza, las estaciones, el ciclo lunar en el que la luna nueva vuelve regularmente, y los ritos agrarios. Pero cabe esperar un sentido aún más profundo. Eliade inicia su análisis afirmando que las sociedades tradicionales o arcaicas no se rigen por la lógica del tiempo concreto, histórico, lineal, irreversible: la ontología arcaica se “rebela” en contra del tiempo concreto tal y como lo concebimos ahora; una rebelión contra la historia de los hechos individuales acumulativos. Regresar ritualmente al “inicio de los tiempos” rompe con la posibilidad del tiempo lineal irreversible. El pensamiento mitológico entiende el tiempo bajo otra lógica. En ese punto, Eliade señala que la filosofía occidental ha sido muy provinciana, aislada en su propia tradición, ignorando los problemas y soluciones de “otros” pensamientos. Ignorando otras perspectivas ontológicas.
Interesantemente, el mito del eterno retorno ha dejado su huella en costumbres y creencias contemporáneas como las celebraciones del año nuevo y la pascua. Ciertamente, en sociedades y culturas tradicionales pero históricas, en las que la escritura y registro de las generaciones está en la base, el “eterno retorno” ha sobrevivido en los rituales del año nuevo y hace parte fundamental en los sistemas de creencias y comportamientos simbólicos.
“El mito del eterno retorno. Arquetipos y repetición” es un título que casi lo dice todo. Hay que volver a analizar el título. Es un libro que se basa en una amplia lectura del conocimiento etnológico y etnohistórico al que Eliade pudo acceder sobre las sociedades premodernas. Y a partir de ello explica cómo la hierofanía se repite en una y otra sociedad tradicional, a veces también llamadas arcaicas o primitivas.
Hierofanía: se refiere a la manifestación de lo sagrado en un objeto, un lugar, un signo, una persona o un comportamiento que hace parte de la vida cotidiana. Este término fue trabajado por Mircea Eliade para analizar y enseñar cómo lo sagrado “está presente y se muestra” en el día a día del ser humano y las sociedades. No confundir con el concepto de Teofonía, el cual significa la manifestación o aparición de un dios específicamente.
Eliade expone que no solo los ciclos anuales, sino también los objetos, la arquitectura (casas y templos, por ejemplo), los ritos matrimoniales y muchos más comportamientos y cosas que componen la vida humana tienen un sentido sagrado o son directamente su manifestación. Es decir, un sentido sagrado por un lado y profano por el otro: dos modalidades existenciales opuestas. Más tarde, en 1956, Mircea Eliade publica “Lo sagrado y lo profano”, una obra en la que desarrolla aún más qué significa ese sentido sagrado que el ser humano ha dado a las cosas, a sus obras, relatos y acciones. Tanto en “El mito del eterno retorno” como en “Lo sagrado y lo profano”, Eliade explica el concepto de Hierofanía: la manifestación (o encuentro) de lo sagrado en objetos, lugares o tiempos de la realidad profana.
Los actos humanos son reales si repiten un acto mitológico o arquetípico
Una de las ideas centrales en el estudio de Eliade es que los actos humanos, como puede ser la construcción de una casa o la celebración de un matrimonio, son valiosos o incluso “reales” si repiten un acto primordial, un mito. Su repetición confiere realidad (sentido) a los acontecimientos. Generalmente, se trata de la imitación y/o repetición de un símbolo sagrado o un acto hecho por héroes no humanos o dioses en los orígenes y momentos fundacionales.
En el caso de la fundación de ciudades y la construcción de templos o casas “su realidad es tributaria del simbolismo del centro supra-terrestre” (2022: 18). Es decir, representa y está conectada al centro del mundo, al centro de la energía existencial. Y, comúnmente, los campos, los ríos, las montañas, las nubes, reflejan los campos celestes o del más allá. Una idea muy platónica. “Por excelencia lo real es lo sagrado”, o viceversa.
El autor explica que la repetición de lo arquetípico y lo mítico por parte de las sociedades “primitivas” delata su “terror a «perderse» si se deja invadir por la insignificancia de la existencia profana” (2022: 109). La ontología arcaica expresa una realidad absoluta que se opone al mundo profano de “irrealidades”.
Entonces, se puede afirmar que el ser humano arcaico tenía una “obsesión” por lo real, una sed por otorgar sentido al “ser” basado en los mitos creadores. Y consecuentemente, cada creación, cada fundación, cada consagración repetía, imitaba, honraba, los actos centrales de esos mitos. Por ejemplo, los nombres de las torres sagradas babilónicas son testimonio de su asimilación a la montaña cósmica (2022: 27). Leyendo esto recordé al pueblo Kogui en Colombia, que afirma que la Sierra Nevada de Santa Marta, la montaña sagrada, es el centro del mundo.
Ciertamente, Eliade subraya que el centro tiene un poderoso simbolismo y prestigio. Es el ombligo, el símbolo del embrión. Comparte este ejemplo: en el Rig-Veda (X, 149) el universo está concebido como si hubiera comenzado a extenderse desde un punto central (2022: 24). Como si estuviera hablando del Big Bang.
En este orden de ideas, desde una perspectiva de la ontología arcaica, un acto o un objeto es real en tanto imita o repite un arquetipo: la realidad se adquiere por participación de los modelos arquetípicos. Eliade cita la Ética a Nicómano de Aristóteles: “La actividad de Dios, cuya beatitud supera todo, es puramente contemplativa, y entre las actividades humanas más venturosa de todas es la que se acerca a la actividad divina” (2022: 46). Sobre la contemplación es recomendable consultar “Invitación a la sabiduría” de Panikkar y “Vida contemplativa” de Biung-Chul Han.
Dejar de ser sí mismo
Continuando, una de las características fundamentales que subraya Eliade es que el ser humano no se reconoce como real “sino en la medida en que deja de ser él mismo y se contenta con imitar y repetir los actos de otro” (2022: 48). Un otro arquetípico y sagrado. Este rasgo es fundamental para entender la baja intensidad de individualismo o la reiterada disminución de la importancia de sí mismo y de la historia personal en los pueblos arcaicos y tradicionales. Un carácter muy secundario de la individualidad. (Es interesante conectar esto con la insistencia que le hace don Juan Matus a Castaneda acerca de abandonar la historia personal).
Eliade caracteriza al hombre arcaico así:
- Su vida está limitada o circundada por la repetición de actos arquetípicos.
- Su vida se desarrolla en el tiempo, pero no lleva su carga.
- El hombre arcaico no registra la irreversibilidad del tiempo.
- Vive en un presente continuo.
- El hombre arcaico tiene una muy baja “dosis” de individualismo.
Como ejemplo de arquitectura que “repite” o reproduce el modelo divino Eliade trae a colación estos pasajes: Jehová revela a Moisés el diseño del santuario, David da a Salomón el plano que le dio Dios para edificar el templo (ver Crónicas I, Biblia), y al rey Lagash una diosa le enseña el plano del templo central. Es decir, hay un modelo celeste que precede a la arquitectura. Y llevar a cabo la construcción es repetir ese arquetipo. Al fundar o descubrir una nueva zona se establece una semejanza ritual y se “repite” un acto mítico primordial. Esta repetición es equivalente a transformar el caos en orden. Estas ideas me han hecho recordar la revelación que la diosa Namagiri hace al matemático Srinivasa Ramanujan.
“Pero todo en el «mundo que nos rodea» no tiene un prototipo de esa especie” (2022: 22), hay zonas donde no “llegamos”, actos que no hacemos o están prohibidos y que pertenecen a lo profano. Tal vez en lo profundo de la psique sigue habiendo una ordenanza que nos lleva a hacer esto todo el tiempo, ya sea en casa, en el trabajo, en la economía, con la naturaleza o con las amistades: a debatirnos entre lo sagrado y lo profano, a transformar el caos en orden y viceversa.
“Toda creación repite el acto cosmogónico por excelencia: la creación del mundo. Todo lo fundado, lo es en el centro del mundo”
En el libro Eliade insiste en que todo ritual imita un modelo divino. No hay un rito sagrado que no sea la repetición de un arquetipo. Toda creación repite el acto cosmogónico por excelencia: la creación del mundo. ¿Por qué? Porque solo así se consagra de sentido, se dota de un significado sagrado que de alguna forma da plenitud, que de alguna forma ahuyenta la confusión y la carencia de significado. Es verdad que el ser humano tuvo sed de ser y existir, y sus actos de existencia y supervivencia tenían que ser sagrados, estar protegidos por el modelo supraterrenal, por su poder, por su guarda o su pacto. ¿Será que en la sociedad contemporánea el ser humano todavía tiene una sed de ser y existir? ¿De qué forma? ¿Qué es lo sagrado en el mundo occidental y cómo protege y guarda los actos y creaciones?
Los ritos matrimoniales, las danzas, incluso las plantas medicinales imitan y se refieren a un modelo arquetípico originario, divino. Eliade cita esta fórmula mágica anglosajona del siglo XVI: “Eres santa, Verbena, porque creces en la tierra, pues primero te encontraron en el monte del Calvario. Curaste a nuestro Redentor Jesucristo y cerraste sus heridas sangrantes. En el nombre [del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo] te cojo” (2022: 44).

Acerca de la regeneración del tiempo, el año nuevo y la historia
¿Es el rito puro teatro? ¿Es solo una actuación? ¿Qué implicaciones mentales, sentimentales, cognoscitivas tiene la ejecución de un ritual? Para responder a esto tal vez hay que remitirse a los libros “La selva de los símbolos” (1967) y “Del ritual al teatro” (1982) de Victor Turner. Por su parte, Mircea Eliade ha explicado que el ritual no solo reproduce o representa, por ejemplo, un sacrificio, sino que de forma simbólica sucede otra vez, repite el sacrificio inicial y coincide con él. Los rituales imitan un arquetipo divino. Esta “co-incidencia” es un volver a ese momento inicial, es una reversibilidad, una fractura con el tiempo lineal: “la abolición del tiempo por imitación de los arquetipos y por la repetición de los gestos paradigmáticos” (2022: 49).
Con el ritual el sujeto es lanzado o proyectado a la época mítica, le hace sentir contemporáneo del momento mítico del principio del mundo y, simbólica y ritualmente, sucede una transformación del hombre en arquetipo mediante la repetición (2022: 51). Es en ese sentido en el que el sujeto se desprende de sí, para ser o “volver a ser” un personaje original, un arquetipo.
La memoria popular, señala Eliade, también “deja de lado” la fidelidad a la historia: retiene categorías en lugar de acontecimientos, arquetipos en lugar de personajes históricos; después de varios siglos los personajes y acontecimientos históricos son modificados en la memoria popular para que encajen en el “molde de la mentalidad arcaica”, que no acepta individuos y solo conserva lo ejemplar. Se efectúa una transformación de lo histórico en lo mítico ¿por qué? ¿tiene que ver con una necesidad de dotar a la experiencia con transcendentalidad? Eliade plantea que si esa transformación revela la caducidad y/o sentido secundario de la individualidad humana.
“La transformación del difunto en «antepasado» corresponde a la fusión del individuo en una categoría de arquetipo” (2022: 63)
Queda claro que reproducir, repetir e imitar un hecho o personaje mítico equivale a retornar al inicio, a volver en el tiempo, a reiniciar un génesis. En ese sentido, el calendario también es una expresión del eterno retorno: el Año nuevo y los ritos que le conmemoran representa la regeneración de la vida. Es una regeneración periódica, una repetición del acto cosmogónico, que tiene una conexión directa con la regeneración observable en la naturaleza y los ciclos lunares.
Eliade habla de dos grandes grupos de celebraciones:
- Los rituales de los días antes y después del Año Nuevo
- Los rituales anuales de Expulsión de los demonios y enfermedades.
En muchas culturas la repetición periódica de la creación y la salvación periódica del ser humano coinciden. Además, vastos sistemas ceremoniales están supeditados de alguna forma a la “regeneración del mundo y de la vida por la repetición de la cosmogonía” y en esta lógica la repetición “permite el retorno de los muertos a la vida y mantiene la esperanza de los creyentes en la resurrección de la carne” (2022: 77). Tanto en el oriente, Japón, como en el occidente, Alemania, hay constancia de que el culto del “visitante”, los muertos que regresan, se ha desarrollado antes de la época histórica.
Cuando el mundo es aniquilado y creado de nuevo y, por lo tanto, es posible la abolición del tiempo, entonces es posible que los muertos vuelvan a vivir. Cita el autor al Talmud: “Dios tiene tres llaves: la de la lluvia, la del nacimiento y la de la resurrección de los muertos”. También cita la creencia Mazdeista, según la cual el Señor Ormuz resucita a los muertos como acto central del Frashokereti: el proceso de renovación del mundo al final de los tiempos, cuando el bien triunfa finalmente sobre el mal.
Mircea Eliada también cita la Ghost-Dance Religion que tuvo lugar en EEUU en el siglo XIX: un movimiento místico nativo americano que buscaba acelerar la llegada del fin del mundo por medio de una comunicación masiva e insistente con los muertos, los cuales invadirían la tierra y así anunciarían la clausura del ciclo cósmico actual (2022: 89). Un movimiento muy interesante que parece haber inspirado las actuales narrativas cinematográficas de los zombies.
El poder de la repetición y la desaparición de la secuencia histórica
En este trabajo se insiste en la repetición como comportamiento central, como eje vertebral simbólico y semiológico. Después de leer este libro queda la impresión que repetir guarda un poder singular. Por ejemplo, ¿cómo no ver en el resurgimiento de la vegetación, que muere y renace cada año, el eterno retorno de la vida? Hace imaginar que el asombro producido por ello hizo despertar más y más la conciencia. Una repetición periódica, dice Eliade, acompañada de una «salvación» periódica del hombre. La «repetición» me ha llevado al libro de 1854 “La repetición”, de Søren Kierkegaard.
El Año Nuevo conserva el prestigio del final de un pasado y el comienzo de una nueva vida. El Año Nuevo empezaba en marzo en muchas civilizaciones, coincidiendo con las ceremonias agrícolas, lo cual denota una inspiración empírica en la renovación de la naturaleza. No obstante Eliade asegura que esto no puede ser considerado como el “principio y la intención del complejo simbolismo de la regeneración periódica” (2022: 79). En parte porque queda demostrado que los ritos de renovación son pre-agrícolas y porque, en realidad, la fuente de inspiración del tiempo cíclico es la mística lunar. Sus fases revelan una medida del tiempo y el eterno retorno, una clave cíclica; el ritmo lunar se convierte en arquetipo: “el «nacimiento» de una humanidad, su crecimiento, su decrepitud (su «desgaste») y su desaparición son asimilados al ciclo lunar” (2022: 104).
“El mito del eterno retorno. Arquetipos y repetición” entiende que las sociedades “primitivas” viven en el “paraíso de los arquetipos” y con ello, en un presente continuo; para ellos el tiempo solo está registrado biológicamente, pero no se convierte en historia. Hay una intención antihistórica directamente relacionada con la necesidad de regenerarse periódicamente: “se regeneran periódicamente por la expulsión de los males y la confesión de los pecados” (2022: 91). Mircea Eliade lo resume así:
“La negativa a conservar una memoria del pasado, aun inmediato, nos parece el índice de una antropología particular. Es, en una palabra, la oposición del hombre arcaico a aceptarse como ser histórico, a conceder valor a la « memoria » y por consiguiente a los acontecimientos inusitados (es decir, sin modelo arquetípico) que constituyen, de hecho, la duración concreta. En última instancia, en todos esos ritos y en todas esas actitudes desciframos la voluntad de desvalorizar el tiempo. Llevados a sus límites extremos, todos los ritos y todas las actitudes que hemos recordado cabrían en el enunciado siguiente: si no se le concede ninguna atención, el tiempo no existe; además, cuando se hace perceptible (a causa de los pecados del hombre, es decir, debido a que éste se aleja del arquetipo y cae en la duración), el tiempo puede ser anulado.” (2022: 102).
Examinado este tema, Mircea Eliade cita a Hegel, quien decía “solo el animal es verdaderamente inocente”. Si los humanos arcaicos querían ser inocentes purificando periódicamente sus faltas, entonces ¿es lícito ver en esto una nostalgia del paraíso perdido de la animalidad? Esta es una pregunta interesante que el autor formula.
En todo caso, a nivel colectivo se trata de la “regeneración colectiva por medio de la repetición del acto cosmogónico”, lo cual anula de cierta forma el tiempo, niega la irreversibilidad y no conserva la memoria histórica. Es decir, un “olvido” intencionado de la memoria de acontecimientos personales, descartando así la necesidad de “secuencia histórica”. Algunos ejemplos que Eliade da son:
- El sacrificio brahamanico es un ejemplo de “construcción del tiempo por la repetición de la cosmogonía”
- Para los indígenas de las Islas Fidji, la “creación” acontece otra vez con la entronación de un nuevo jefe.
- En los rituales de curación la idea de que la vida no puede ser reparada sino recreada mediante la repetición de la cosmogonía: ocurre una narración del mito cosmogónico como parte central de la curación.
- Entre los polinesios y los navajos “al escuchar el relato del nacimiento del mundo el oyente se convierte en contemporáneo del acto creador por excelencia la cosmogonía. Resulta significativo que entre los navajos el mito cosmogónico se narra sobre todo con motivo de las curaciones” (2022: 99).
Cabe preguntarse si actualmente las sociedades occidentales están todo el tiempo sumergidas en los arquetipos y buscan regeneraciones constantes, simbólicas y rituales, a través de algún tipo de confesión de los pecados o catarsis regenerativas. Es verdad que la vida urbana capitalista es diferente al mundo arcaico y el tiempo lineal irreversible es uno de sus pilares, pero cabe preguntarse en qué momentos, situaciones, lugares (físicos y virtuales) las sociedades actuales recurren insistentemente a los arquetipos e íconos culturales. Comportamientos de imitación como las ferias cosplay y los bailes que los jóvenes repiten en las redes sociales todos los días podrían darnos una pista sobre esta cuestión. O las películas de superhéroes y sus historias míticas contemporáneas. O los videojuegos, donde los personajes viven aventuras donde mueren una y otra vez para volver a comenzar la partida. O tal vez hoy asistimos a una profunda crisis de lo sagrado, y lo profano no encuentra contrapeso, abriéndole la puerta a la proliferación de agresiones.
