Reseña de “El motel del voyeur” de Gay Talese

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La publicación de “El motel del voyeur” del galardonado periodista norteamericano Gay Talese supuso un éxito de ventas, sin embargo, entregó menos de lo ofrecido. Publicitada como una exploración de las entrañas de la sexualidad en Norteamérica, la obra en realidad contiene otros elementos que revisten mayor interés al erotismo, que se ve reducido a escombros; ¿es que acaso la contemplación del voyeur despoja del secreto un rito casi sagrado en pareja? De modo que el hilo narrativo de la obra es el encuentro entre el autor y Gerald Foos, el voyeur. En 1980, el consagrado autor de no-ficción Gay Talese, recibió una carta de Foos en donde le contaba, entre otras cosas, que poseía un motel diseñado para practicar el voyerismo. El propio Foos había fisgoneado cientos de encuentros sexuales y creía que la información recabada, compilada y ordenada con meticulosidad, podrían servirle a Talese como fuente de datos para una publicación sobre la sexualidad de la segunda mitad del Siglo XX. Sin duda, las actividades de Gerald despertaron la curiosidad del periodista que, poco a poco y con algo de reticencia, se acercó a Foos con quien entabló una amistad por correspondencia. Foos enviaba de manera asidua los textos de sus diarios iniciados a finales de la década del sesenta en donde resumía, narraba, explicaba y describía la intimidad sexual y no sexual de sus huéspedes, a la vez que compilaba y tabulaba datos para ofrecer reflexiones personales sobre la conducta sexual de las víctimas. Este es el material que produjo un libro que fue éxito de ventas y que tiene algunos aspectos a resaltar, aunque me parece inflado por la crítica.

Libro reportaje El motel del voyeur

En primera instancia, creo que su reflexión más valiosa tiene que ver con el ejercicio periodístico y el quehacer de un autor que buscó sacar a la luz datos polémicos, sin perder la ética profesional. Así, Talese se negó a revelar esta historia mientras no contara con la autorización del dueño del motel para publicarla con amplios detalles que incluyen, por supuesto, la identidad del voyeur. Esto resultó problemático y retrasó la elaboración de la obra, al menos diez años. No estaban claras las implicaciones legales para el voyeur, debido a que en su ardua labor había contemplado incluso situaciones al margen de la ley que bien podían conllevar condenas civiles o penales. Esto, se sumaba a la posible venganza de las víctimas que, al verse retratadas de forma pública, quizá hubieran querido ajustar cuentas con el fisgón. Por eso, la publicación tardó años en aparecer; pero cuando lo hizo, arrasó con las ventas y fue aplaudido por la crítica especializada. Su estilo rápido, como una crónica periodística que enlaza la vida del propio Gerald con la elaboración de la obra y las situaciones sexuales descritas destacan la verosimilitud de esta obra de no-ficción. Así, los lectores contemplamos el paso del tiempo que avejenta y debilita al voyeur, que justificó cada una de sus miradas prohibidas aduciendo que no causaba ningún mal y que nunca fue descubierto. Entonces la obra se torna en un diálogo entre periodista y voyeur que se vuelve interesante en la medida en que desentraña la elaboración del texto.

La obra fue vendida como un artefacto cercano al erotismo, un registro secreto de las costumbres sociales y sexuales de un país. En ese sentido, resalta el tema social. El voyeur y Talese compilan reflexiones sobre la cotidianidad de la vida en pareja que despoja al sexo de su placer, de modo que exponen cómo un mayor porcentaje de parejas contempladas no disfruta de una vida sexual plena. El voyeur analiza cómo la sexualidad americana está marcada por el desapego, el egoísmo y el desconocimiento. Así, las parejas no se comunican ni interactúan, casi siempre son intercambios fríos, cortos y mecánicos, casi sin preámbulos en donde lo único que importa es el orgasmo del varón. Las parejas ni siquiera encienden la luz y todo acaba cuando el hombre queda satisfecho y la mujer casi siempre queda excitada, perturbada y confundida. De modo que son pocos los casos en donde las parejas exploran sus cuerpos y deseos. Por eso, la obra dedica espacio a esos encuentros fuera de la norma, en donde los cuerpos se comunican con pasión y el voyeur, desde su resquicio de observación, junta su excitación a la del ambiente para dar rienda a sus vagos instintos de espía sexual. El diario permite entrever además la evolución de la sexualidad en Norteamérica, es decir, como caen cada uno de los tabús levantados en torno al sexo. Las parejas interraciales, escasas a inicios de los sesenta, incrementan su número y la frecuencia. La década del setenta da paso a los tríos, orgías y sexo grupal, mientras los ochenta se destaca por los encuentros homosexuales. Todas prácticas reservadas y aún miradas con recelo. Sobre todo, aquella en donde un marido contempla con morbo y excitación como su esposa es penetrada con otro hombre y, entre gemidos, disfruta de ser cornudo voluntario mientras su mujer explora a profundidad su sexualidad.

Libro reportaje El motel del voyeur en una biblioteca

Por supuesto, estos condimentos acercan la obra al erotismo; sin embargo, no se ofrecen estos elementos como un deleite de los sentidos, se los describe desde la mirada del observador que contempla el preludio, el acto y el después, deteniéndose muchas veces en lo que fue y en lo que queda. Así, después del revoltijo del amor, del entrecruzar las piernas o intercambiar fluidos, muchas veces se vuelve a la rutina: los pagos, la familia, los hijos, el dinero, la política, el trabajo. Los mejores encuentros son aquellos en donde estas preocupaciones rutinarias se borran, aún después de los orgasmos; cuando los cigarrillos que se encienden recompensan los delirios amatorios y no apagan la conciencia al desprender el humo. Un análisis pertinente encara la vida conyugal con sus problemas y soluciones esforzadas. La realidad es que la monogamia aplaca el deseo, y mientras la sociedad machista premia al hombre que busca fuera de la cama matrimonial, castiga con amplias consecuencias a la mujer que persigue sus deseos. Ese mismo machismo es el que troca los encuentros sexuales en mero disfrute del varón, que esconde el placer femenino y que niega la fortaleza de su deseo. Así, las situaciones más morbosas contempladas por el voyeur, fueron aquellas en donde los matrimonios se tamizaron por la infidelidad o las parejas encontraron el modo de integran otras personas sin perder su lealtad. Quizá por eso el fenómeno de los intercambios de parejas rugió con fuerza desde la década de los ochenta hasta la actualidad.

Esta forma de retratar el después del sexo desplaza a la obra de erotismo y la convierte en algo más: en un reducto en donde cabe la totalidad de la experiencia humana con sus placeres y derrotas. Son precisamente estas derrotas las que cobran sentido para explicar lo que queda después de la voluptuosidad y descubrir que es en lo que queda y no en lo que falta, en donde hay que hallar el sentido. Talese demuestra así que la vida está mediada por el sexo y que este no siempre resulta una experiencia placentera. Sin embargo, unos pocos encontraron la vuelta, la manera de disfrutar de la carnalidad, aunque a veces, toque destruir el alma a su paso. Otras veces, las más afortunadas, las parejas logran disfrutar de sus pasiones sin destruirse así mismos en el proceso. Son las más felices, las que consiguen una sexualidad que no los conduzca al abismo, sino que los libere de ataduras sociales. En materia sexual, como en materia literaria, no hay recetas seguras; se trata de experimentar y verificar lo que le conviene a cada persona, a cada pareja, a cada escritor. Por esas razones “El motel del Voyeur” sigue siendo una obra de referencia a la hora de encarar la bisagra entre sexualidad y vida para verificar que una es complemento de la otra y que solo afrontando el sexo se puede disfrutar de sus placeres. No está por demás recalcar un viejo adagio literario y es que debemos recordar que casi cada lector es un voyeur que se adentra en la vida de los personajes quizá para encontrarse así mismo en la ficción o quizá para escapar de tanta asfixiante realidad.

Para finalizar, vale recordar que el libro fue polémico y criticado, no tanto por las situaciones sexuales; sino por haber sido vendido como una obra de no-ficción cuando, la realidad comprobó otra cosa. Así, no faltaron los periodistas y críticos que develaron detalles importantes: las fechas no cuadraban, las situaciones parecían ficticias y los sucesos inventados. De este modo la obra quedó en la bisagra de la realidad y la ficción, en la bisectriz de un preludio amatorio sin el final esperado, en medio de la nada, como un éxito de ventas que al poco se desplomó sin convertirse en el clásico esperado

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