El país de la canela, apuntes sobre esta novela histórica

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El país de la canela es la conocida novela escrita por William Ospina en la cual se narra la alucinante, tortuosa y demente expedición organizada por Gonzalo Pizarro con el fin de encontrar un país de extensos y valiosísimos bosques de canela. Los europeos esperaban encontrar bosques de una sola especie como habían visto en sus tierras, ignorando que entraban a la selva más biodiversa del planeta. William Ospina ha comentado que rigurosamente se ciñó a la información histórica y que, como escritor, se permitió narrar los hechos a partir de los detalles, en especial, a partir de un personaje que transmite su propia experiencia en aquellas tierras. Él nos cuenta el origen de la numerosa, costosísima y trágica expedición, explica por qué Gonzalo Pizarro tuvo que volver a Quito y por qué Francisco de Orellana, Fray Gaspar de Carvajal y unos pocos hombres tuvieron que recorrer, obligadamente, un río como no habían visto nunca. Esta aventura ocurre entre finales de 1541 y agosto de 1542, concediendo a este gigante fluvial el nombre con el que hoy lo conocemos: el Río Amazonas.

Esta aventura representa uno de los más grandes, tortuosos y simbólicos descubrimientos de Europa en el Nuevo Mundo. Aspecto central en esta novela. La historia no solo narra el viaje en barco (el San Pedro y el Victoria) por el río hasta la desembocadura y el recorrido por la costa del Océano Atlántico hasta llegar a la Isla Margarita. También enseña de dónde sale: del ocaso del Imperio Inca, del final de sus grandes templos, de la ejecución del Sapa Inca Atahualpa, del fin de sus dioses y ciudades. Así mismo, el narrador nos enseña el efecto que el descubrimiento de la selva más grande del mundo tuvo en Europa. Y, por si fuera poco, nos ofrece un vistazo al “espíritu” del Viejo Mundo en el siglo XVI, el siglo de Carlos V, la Reforma Protestante, el Saco de Roma, las numerosas y muy intensas guerras europeas y personajes interesantes como Pietro Bembo y Teofrastus Paracelso.

El país de la canela
William Ospina

Mondadori.
Barcelona. 2012
346 páginas

La violencia de los hermanos Pizarro y las armas conquistadoras está retratada en esta novela y expresa muchas cosas; entre esas destaca lo siguiente: en el siglo XV y XVI las guerras europeas fueron todo menos “amables”: fueron cruentas, sangrientas, nacionalistas, fratricidas, religiosas y étnicas. Con ese antecedente, con esa cultura, la conquista en las américas reproduciría todo aquello. No se trata de reteñir la leyenda negra de España, sino de entender que “la lógica de la conquista y la guerra” era el motor sobre el que los reinos europeos funcionaban. Y en esa línea, el Nuevo Mundo era un lugar con riquezas pero distante, algo en realidad no tan importante. La historia de las guerras europeas nos muestra que esa “cultura”, ese “motor”, perduraría hasta el siglo XX y tal vez sigue vivo hoy. El narrador concluye que:

“En el espejo roto de las guerras del emperador comprobé que las potestades europeas no tienen tiempo para los conflictos de las Indias, y ni siquiera para inquietarse por sus crímenes. Es tan urgente, tan imperioso, tan salvaje todo lo que se vive en el mundo viejo, tan brutal la secuencia de sus batallas, hay allí tanto secuestros, tantas extorsiones, tantas intrigas, que no hay cómo pensar en cosas más distantes, de modo que las Indias no son más que un lejano y primitivo surtidor de riquezas, al que se destinan lo peores barcos y que se ha dejado en las peores manos, para que la gente verdadera pueda vivir sus odios y sus dogmas” (2012: 313).  

“El país de la canela” es un ejemplo interesante de novela histórica, muy bien escrita y planeada, redonda, y hace parte de la trilogía de William Ospina acerca de Pedro de Ursúa y la Conquista de algunas zonas de Suramérica. La primera novela de la trilogía es Ursúa y la tercera es La serpiente sin ojos.

Ursúa - Novela histórica de William Ospina

Ursúa
William Ospina
Mondadori.
Barcelona. 2012
490 páginas

La serpiente sin ojos - novela histórica de William Ospina

La Serpiente sin ojos
William Ospina

Mondadori.
Barcelona.

Sobre esta novela histórica

El narrador en esta novela cuenta su historia personal, pero no nos dice su nombre, aunque si el de su padre: Marcos de Aguilar y Medina. Supuestamente, uno de los conquistadores de la ciudad de Cuzco, o Quzco como dice la novela, haciendo parte de los hombres de Francisco Pizarro. En la nota final del libro, el autor dice que no hay evidencia histórica de que Marcos de Medina hubiera estado entre el grupo de Francisco Pizarro. Pero sí hay evidencia de que su hijo, Cristóbal de Aguilar y Medina, fuera parte de la expedición de Orellana. Gonzalo Fernández de Oviedo lo nombra una vez en su crónica sobre las Indias Orientales. Es curioso, por lo menos, que en toda la novela el narrador no diga su nombre, pero que al final del libro, en una nota aclaratoria, el autor revele de quién se trata.

William Ospina debió leer con cuidado la crónica de Fray Gaspar de Carvajal: “Relación del nuevo descubrimiento del famoso río Grande que descubrió por muy gran ventura el capitán Francisco de Orellana”. Obra que por partes apareció en la obra más amplia de Gonzalo Fernández de Oviedo, alcaide de la fortaleza de Santo Domingo, y que William Ospina también debió leer detalladamente: “Historia general y natural de las Indias, islas y tierra firme del mar océano” escrita en 1542, pero publicada por primera vez en 1855. La Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes comparte la obra de Fernández de Oviedo en formato abierto.

La novela es fiel a hechos y personajes históricos, los dos barcos que la expedición tuvo que construir para recorrer el Río Amazonas y la correspondencia entre Fernández de Oviedo y el cardenal Pietro Bembo en Roma. También es correcto que Gonzalo Pizarro fuera el dirigente de la expedición, que tuvo que invertir una parte muy importante del oro obtenido en la conquista del Perú y que la ilusión que movió a esos hombres fue la ilusión de encontrar un riquísimo país de la canela, una especie muy valorada en ese entonces. Gonzalo Pizarro y sus hombres soñaron con extensísimos bosques aromáticos aguardando a que alguien los explotara y comercializara.

Las características de esa delirante expedición también guardan relación con el registro histórico: 240 soldados españoles, de los cuales 100 eran oficiales a caballo, 4000 indios, 2000 llamas, 2000 perros, 2000 cerdos. La dureza del viaje de Quito hacia las tierras bajas occidentales es indudable y la frustración de Gonzalo Pizarro al estrellarse con las arduas condiciones naturales y con la inexistencia del soñado país de la canela también ha de suponerse. La acción despiadada de Gonzalo Pizarro al mandar trocear cientos de indios y dárselos como festín a los perros de presa, es algo que está descrito en la obra de Fernández de Oviedo.

Descubrir a las amazonas, las mujeres guerreras con un solo pecho

Uno de los sucesos más espectaculares de la expedición de Orellana fue el “descubrimiento” de las mitológicas mujeres guerreras, las amazonas. Las investigaciones etnográficas han enseñado que los europeos vieron realizadas todo tipo de leyendas y creencias en el nuevo mundo: sirenas, brujas, demonios, gigantes, fuentes de la eterna juventud, hombres sin cabeza y con el rostro en el torso, y muchas más. Las amazonas no fueron la excepción. Las mujeres comandadas por la legendaria Hipólita creyeron ser vistas en las selvas infinitas y es gracias a este suceso que hasta el día de hoy esta región del mundo es conocida como Amazonía.

En el periodo de la conquista el Nuevo Mundo fue entendido por los europeos a partir de la cosmovisión cristiana y el imaginario pagano. Todo aquello supuesto en la mitología, leyendas, prejuicios, miedos, ilusiones, fue la lente con la que se interpretó ese nuevo territorio, nuevas gentes, nueva naturaleza, nuevos animales, nuevo todo. Si la expedición de Orellana vio mujeres guerreras, éstas no podían ser un pueblo autóctono, tenían que ser algo de lo que ellos ya tuvieran noticia.

Mapa de Sudamérica y río Amazonas con la cronología del viaje de Francisco Orellana

Es muy hábil que la novela incluya que el personaje principal llegue hasta Roma y se convierta en secretario del cardenal Pietro Bembo, y a partir de esto, nos revele el impacto de la noticia sobre las amazonas entre los cardenales. ¿Por qué? La novela nos revela la razón. Las amazonas representaban “peor versión del paganismo”, la antítesis legal y moral: eran mujeres guerreras, bárbaras y fuertes, se cortaban un pecho para usar el arco y la flecha, dominaban y esclavizaban a los hombres, eran un matriarcado y asesinaban a los hijos varones:

“Nunca vi gente menos interesada en enterarse de lo que pasaba en el mundo ni más indiferente a los hechos cuando estos no coincidían con sus ideas […] Durante muchos días no se habló de otra cosa. Las amazonas eran el tema, pero eran sobre todo el pretexto para que los cardenales ostentaran su erudición. […] Lo que más gobernaba aquellas polémicas era cierto odio por las mujeres en general, pero sobre todo el rechazo ante la idea de unas mujeres acostumbradas a organizar su vida sin hombres, entregadas sin duda a amores entre ellas y sin frenos ante la lujuria, dadas a las tareas sucias y crueles de la guerra y capaces de esclavizar a sus amantes y aún de matarlos cuando les estorbaban. «Si algo está claro», dijeron, «es que la vida pecaminosa de esa nación de hembras bárbaras es la peor expresión de paganismo de que se haya tenido noticia»” (2012: 300).

El país de la canela, el narrador y Teofrastus Paracelso

Como lector me llamó la atención con qué asombro y sentido reflexivo el narrador, un personaje del siglo XVI, entiende la conquista, la singularidad de una ciudad como Cuzco, la ambición de Gonzalo Pizarro, la inconmensurabilidad de la selva, y al ir a Europa, el ambiente intelectual de la iglesia y su necesidad de explicar el Nuevo Mundo en sus propios términos. William Ospina situó a este personaje como discípulo de Gonzalo Fernández de Oviedo, como hijo de un conquistador español y una indígena de la isla de La Española, como protegido del cardenal Pietro Bembo y consejero del marqués de Cañete, virrey del Perú. Pero aún más interesante, el narrador se hace amigo de un discípulo del alquimista Teofrastus Paracelso, a quien llama directamente Teofrastus. Estas influencias explican el alto nivel de expresión que tiene el narrador, su sensibilidad y cordura; su pensamiento no parece el de su época, pero esto no resta verosimilitud al relato; en la voz de este personaje se nota el efecto de la pluma poética de William Ospina (premio nacional de poesía en Colombia en 1992).

Escucha a Teofrastus decir acerca del espíritu del universo: “Duerme en lo mineral, sueña en lo vegetal, despierta en lo animal y habla en lo humano” (2012: 310.). Dice el narrado que esto le abrió los ojos. Lo cito para subrayar la atípica visión de este sujeto del siglo XVI, quien después de haber visto mucho concluye que el ilusorio país de la canela es el:

 “símbolo de todo lo que legiones de hombres crueles y dementes han buscado sin fin a lo largo de las edades: la belleza en cuya búsqueda se han destruido tantas bellezas, la verdad en cuya persecución se han profanado tantas verdades, el sitio de descanso por el cual se ha perdido todo reposo” (2012: 338).

Muy pronto en la lectura sorprende descubrir que el narrador le está escribiendo a un capitán (2012:43). Y más adelante se confirma que es una carta, en realidad la respuesta a una proposición, que se da en Panamá antes de zarpar hacia el Perú. Digo que esta novela es redonda porque el destinatario de esta narración es Pedro de Ursúa, quien después de su vida en Cundinamarca se lanza hacia el Amazonas, como se explica en tercera novela de la trilogía, La serpiente sin ojos.

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