Lo social desde lo humorístico en El médico de los muertos, cuento de Julio Garmedia

El médico de los muertos - reseña del cuento
4.6
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Julio Garmedia (1898 – 1977), venezolano, reformador de la narrativa en su época, con su estilo singular de ficción y fantasía, nos sumerge en el cuento «El médico de los muertos»; allí prevalecen la conflictividad y condición humana, los sentimientos sobre la vida y la muerte, los cuales alude con humor para tratar el mundo imaginario de sus personajes, toda vez que presenta una crítica a la sociedad.

En El médico de los muertos los difuntos se levantan de sus tumbas y suben a la superficie para solucionar un problema de ruido en las calles adyacentes al cementerio que no los deja dormir. Aunado al ruido, al pequeño cementerio, poco a poco, le fueron quitando espacio físico para negociar el terreno hasta dejarlo en condiciones de abandono:

«-Durante muchísimos años, el pequeño cementerio había sido un verdadero lugar de reposo, … hasta los olvidados camposantos de otro tiempo, eran arrasados, excavados y abolidos, para dar asiento a modernas construcciones … Pero, después, hubo sorpresas … el poderoso y confuso rumor de la ciudad vino, al fin, a sacarlos de aquel inquieto sueño intermitente…»

En este afán, los muertos buscan entre las cruces al celador Pompilio Udano y se enteran de que el camposanto fue clausurado; además, ya él estaba muerto y no quería asumir ninguna responsabilidad. No obstante, el celador les menciona que hay un médico entre ellos y van a su encuentro. Uno de los difuntos con picardía se hace el enfermo y atrae al médico de los muertos para luego explicar el problema del cementerio. El médico lo examina «-¿No siente nada? ¡Pudiera ser! —dijo el doctor—. Así, el médico en un soliloquio cuestiona la práctica como médico en vida y ahora que está muerto. No parece muy animado para seguir practicando la medicina y reacciona con indiferencia. Mira a su alrededor con nostalgia y comprende que todo tiene vida y decide resguardarse. Acto seguido, los difuntos lo imitan, sin más murmullos, buscan sus fosas y entran nuevamente al intermitente reposo.

El espacio simbólico del cuento está enmarcado en un cementerio donde los muertos participan con sus murmullos y diálogos, y nos cuentan cómo su condición de reposo ha sido afectada, a la par de asomar su posible condición de vida: «-Pero usted presenta síntomas … en una palabra, ¡síntomas de vida!. -Oh! —exclamaron los difuntos, retrocediendo, todos, con movimientos de horror. ¡Síntomas de vida! ¡Síntomas de vida!«.

En el cuento los difuntos no solo dialogan entre ellos, pero también reflexionan sobre lo que fue y lo que no es ahora en su ambiente natural, y esto establece un vínculo con su condición humana -«Recuerdo muy bien que, cuando a mí me trajeron a enterrar, quedé materialmente cubierto de rosas, azucenas y jazmines del cabo; no veo ahora ninguna de estas flores …«, se cuestiona la condición del ambiente: ayer y ahora.

La voz narrativa se manifiesta en un discurso omnisciente que cambia a un narrador protagonista, con un monólogo autorreflexivo sobre la eminente encrucijada de ser, y no ser, que va reflejando emociones, ideas, recuerdos, y de esta manera, se proyecta la ficción en el discurso:

Cuando me contaba entre los vivos, y era médico entre ellos, ¡qué vano y quimérico trabajo, el de luchar contra la muerte! A veces, el desaliento me invadía, y no aspiraba ya entonces más que a la muerte misma, para lograr al fin la certidumbre que nunca hallaba en la existencia…«

El tiempo que transcurre es lineal, con momentos de flashbacks que les permite a los personajes muertos recordar sus condiciones anteriores. «-Mi tumba— dijo otro —era un riente jardín; mil flores lo adornaban; daba gusto sentarse ahí debajo. No podía yo verlas ni deleitarme con sus aromas y sus colores«;

La nostalgia se hace presente a lo largo de la narración como un sentimiento fundamental existencial, sorteando el laberinto del tiempo, quizás añorando el ayer, pero a la vez los recuerdos traen desesperanza. Esos recuerdos evidencian la idea de una historia real con personajes y elementos reales que proyectan la idea de ambigüedad en ese juego de lo fantástico.

Los personajes en el cuento dan a entrever un desequilibrio emocional entre su espacio de reposo, en contraste con el ambiente que los rodea; sin embargo, para el médico de los muertos, la nostalgia lo regresó al ahora y al aquí; el paisaje externo nutrió esa nostalgia con los árboles, la luna, el nacimiento de las flores, los cánticos de pájaros, «el vivo perfumen de la tierra», y así encontró su ser en el tiempo: vida – muerte.

El humor se hace explícito a lo largo del texto y se remite a la parodia e ironía de los personajes para revelar su intención social. La crítica social se expone cuando uno de los esqueletos en sus murmullos insinúa que los estratos sociales condicionan el reposo, aún después de la muerte, de ahí que, uno de los esqueletos, al hablar de las comodidades de las lápidas dice: «– ¿Ja…ja… —rió el amargado esqueleto que ya antes había hablado alguna vez—. Eso quisiera yo también, ¡cómo no! Estar bien al abrigo, y al seguro, bajo tierra, con mi buena lápida encima, por tan feo tiempo como el de esta noche…«

El autor construye la historia sugiriendo un nexo entre el decaimiento del mundo real, del compromiso, de la libertad y la muerte viva fuera de las tumbas: «Más nunca os voy a decir: «¡Quedad en paz! ¡Descansad en paz!». Ya sé lo que es vuestro descanso, vuestro eterno descanso… ¡Momentánea pausa apenas!«. Aquí Garmendia nos plantea su inquietud ¿Descansan realmente los muertos?. De esta manera, el tema central se puede presentar como la continuidad de dos mundos donde al final converge al descanso efímero después de la muerte. Sugiriendo que el reposo de los difuntos es pasajero, pues siempre habrá algo que perturbe el descanso eterno además todo carece de utilidad ante la inexorable muerte. De esta manera, los recuerdos, las quejas y las reflexiones dejan una enseñanza moral en el lector.

Es evidente, pues, que el relato está lleno de atributos fantásticos para insinuar, por un lado, críticas hacia la sociedad que se adhiere a su progreso sin miramientos ni respeto por los espacios o patrimonios culturales como son los cementerios, donde los vivos, si se quiere, perpetúan a sus seres queridos muertos; por el otro, se hace una reflexión existencialista sobre el significado de la vida y la muerte. Se plantea la idea fundamental de que la vida es absurda; ante esto, la vida y la muerte se contraponen pero son necesarias.

Desde mi punto de vista, El médico de los muertos encaja en un relato metaficcional que juega a polemizar la realidad y ficción cargada de ironía y humor, donde el autor pone de manifiesto sus pensamientos y sentimientos, quizás en ese período de su vida. De esta manera, Garmendia nos retrata el contraste entre el abandono del cementerio y la naturaleza circundante: la primavera viva que perturba a los muertos y el inclemente progreso social como su estrategia narrativa para denunciar la realidad que afectaba a su entorno.

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Autor: Deysi Manzanillo

Profesora en biología, lengua y literatura, con especialización en la enseñanza de la lengua. Nativa y residente de Venezuela. Amante de la lectura.

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