“Yo con mi mano encendí
Este fuego en que ardo y quemo,
Yo confeccioné el veneno
Con que la muerte me di”
Hérvil Chávez
Letra del Yaraví – Veneno de Amor
¿Qué es el amor; sino una copa de veneno que uno mismo bebe para embriagarse en sus mieles? ¿Un fuego, un ardor, una pasión que devora? ¿Es el amor una fogata que nos abriga durante toda la vida; o es una hoguera instantánea que nos calcina apenas unos momentos? ¿Es eterno el amor, o es una explosión salvaje, fugaz e instantánea? ¿Es el amor, quizá, el más antiguo y el más novedosos de los temas literarios? Así parece entenderlo Jorge Lozada, quien entrega en su novísima publicación: “Nos queda el Silencio” (Barahúnda editorial, 2026), una historia sobre la senectud, el duelo los recuerdos, el amor y la nostalgia. Una novela que suena como un Yaraví que evoca una alegría final en medio de la tristura.
La obra del escritor ambateño, con 2 libros de cuentos y 6 novelas publicadas, se caracteriza por narrar con calidez los enredos cotidianos de personajes situados en el callejón interandino del Ecuador, desde un neo-costumbrismo en donde lo más importante es contar un buen relato. Así, esta publicación es una nouvelle, es decir, una novela corta que utiliza como elemento generador de la tensión dramática la llegada de la pandemia COVID19, en el año 2020, junto con su encierro, asfixia e inquietud, para provocar recuerdos en el personaje protagonista que se convierten en el centro de la trama. Es decir, estos recuerdos se le van revelando al lector quien, con intriga, intenta encontrar en esas memorias los vacíos, explicaciones y resolución a los enigmas que se plantean en el relato.
El protagonista del cuento es Justo, hombre jubilado quien, de improviso y producto de la pandemia, se ve encerrado en su hogar/templo personal. Al igual que otros personajes de las novelas de Lozada, Justo es un gran lector, mide su vida en lecturas y páginas de modo que convierte a la lectura en su lugar de enunciación. Justo y también Jorge, consideran que la lectura es el acto humano más generoso, noble e importante; no tanto la creación literaria o la literatura como tal, sino mas bien, el simple acto de leer. Esta lectura, como actividad sigilosa y solitaria, aísla a los personajes de las novelas de Jorge de su entorno, de modo que resultan creaciones singulares, “lobos esteparios” que, como no podía ser de otra manera, se asemejan al lector de la obra quien siempre se verá reflejado en personajes de esta naturaleza. Justo, incansable lector, ve reducidas sus salidas y paseos a museos, librerías o cafés intelectuales; lo que le permite recordar. En compañía de María, su trabajadora doméstica que funciona como interlocutora, el protagonista despierta sus añoranzas envueltas en humo de cigarrillo, whiskey y café.
A diferencia de la memoria, que es una experiencia colectiva; el recuerdo se vive como una experiencia individual y, por tanto, es una región ambigua que da paso a los olvidos y recuerdos selectivos. No todo lo que se recuerda efectivamente pasó; en su lugar, los recuerdos son una serie de tensiones, interpretaciones y narraciones en donde quien recuerda otorga el sentido. Es decir que los recuerdos no son el pasado como tal, son una versión simbólica del pasado creada para sostener un presente, para dar identidad y continuidad a una vida. Por eso hay cosas que se recuerdan con mayor intensidad, mientras otras se olvidan fácilmente. En ocasiones, las personas se aferran a recuerdos como puentes a una felicidad onírica y clandestina, imposibilitada por las condiciones de existencia. Recuerdos que en ocasiones se convierten en duelos no resueltos. Por ejemplo, en la novela “La última niebla” (1931) de la chilena María Luisa Bombal, la protagonista/voz narrativa vive atrapada en un recuerdo falso que; sin embargo, es el único motor de su existencia. Así, es novela cuestiona la realidad y la ficción al preguntarnos: ¿Qué es más real, lo que pasa en nuestro mundo físico, o lo que pasa en nuestra imaginación/sueños/memorias? Asimismo, parece que la vida de Justo solo tuvo/tiene sentido en sus recuerdos.
El centro de estas nostalgias es un retrato que Justo conserva con amor y orgullo en su estudio/biblioteca. Una pintura realizada por la mujer que tanto amó y cobijó en su corazón. Sin embargo, el lector tiene que esperar hasta el final del relato para encontrarse con la amante. Antes de eso, Lozada despliega la memoria de su protagonista con algunas de las armas literarias que, con experticia ya había empleado en sus obras anteriores. Así, esta evocación surge en capas de recuerdos, en donde el presente queda diluido por un relato pretérito que contiene otro relato pretérito, manejados con destreza a través del uso correcto y eficaz del tiempo narrativo. En estas capas de pasado el lector conoce a los amigos de colegio y de jubilación de Justo, así como a su exesposa y a Fernanda, la retratada en la pintura. Otro recurso utilizado, aunque con menos frecuencia que en anteriores entregas, es la crítica social y política a la idiosincrasia ecuatoriana. Así, aunque a través de las memorias resalten los nombres de presidentes o se mencionen situaciones sociales conflictivas, se lo hace de paso, como para no dimensionar la injusticia, corrupción y violencia que atravesaron los personajes. No obstante, para un lector atento la crítica política está presente, aunque es menos contundente que en sus novelas previas.
Otro elemento importante en la obra de Lozada en su descripción paisajística, cultural e histórica de algunas de las ciudades más conocidas de la Sierra del Ecuador. Por eso, sus novelas se ambientan en Ambato, Quito, Ibarra, Riobamba o Latacunga. Sin embargo, en “Nos queda el silencio”, la acción transcurre en “San Juan”, ciudad ficticia que puede asemejarse a Ambato, pero que resulta más bien un espacio ficticio literario que podría ser cualquier espacio del Ecuador, pero más allá, que posibilita la universalización del relato. En contraste con su producción anterior, en donde se destacaban escenarios como calles, parques o cines reales e históricamente situados, acá las referencias son más sutiles de modo que un lector no ecuatoriano puede identificarse a pesar de no conocer todas las referencias territoriales. Por eso, y por sus temas -pandemia, nostalgia y amor- el relato se vuelve universal, aunque con color local Yaraví. Y es que no hay nada más universal que el recuerdo de nuestros amores; de aquellos que por no ser recíprocos fracasaron y de aquellos que, aunque instantáneos, alcanzaron la panacea de la carne y del espíritu.
Ese es el caso de Justo quien recuerda sus dos relaciones amorosas del pasado. Un matrimonio que parecía sólido y que fue minándose por la distancia emocional, la costumbre y, sobre todo, por las actividades escondidas e ilegales de Adriana, su exesposa. En efecto, al poco tiempo de casarse la felicidad se convirtió en pesadilla cuando ella desaparecía, llegaba borracha o se negaba a tener intimidad con Justo quien, desilusionado y confundido se enteró muy tarde de la verdad. Apenas consiguió vislumbrarla cuando Adriana fue tomada prisionera por ser parte de las fuerzas revolucionarias o guerrilla que, durante la década de los ochenta se extendió en Ecuador. Conocido es el fenómeno de las guerrillas latinoamericanas, debilitadas de diversas formas por cada Estado, casi siempre con apoyo de los Estados Unidos. Así, el sendero luminoso fue combatido y derrotado en Perú luego de cruentas batallas, mientras en Ecuador el AVC, Alfaro Vive Carajo, fue desestructurado casi en sus inicios gracias a las agencias de inteligencia, a los militares y a los brutales métodos de confesión empleados. Cuando Adriana fue apresada, Justo descubrió dos cosas: 1) que ella pertenecía a grupos subversivos desde antes de conocerlo; y 2) que ella era infiel también desde antes de conocerlo.
Para colmo, y por coincidencia, que de coincidencias sabemos en la sociedad ecuatoriana porque siempre aparece la persona menos pensada en el lugar menos esperado; resulta que el policía que atrapó a Adriana era un antiguo compañero del colegio de Justo apodado, como no podía ser de otra manera: el chapazo. Este personaje, caricatura de la clase policial ecuatoriana, resulta una crítica mordaz a esta institución que parece que siempre ha privilegiado la corruptela, la sapada, la mediocridad, la cretinez, la desidia, la indolencia y el servilismo al poder; antes que la loable misión de proteger y servir a la ciudadanía. Por supuesto, este matrimonio terminó con una sensación de tristeza y fracaso sobrecogedora; de la cual Justo únicamente pudo librarse al encontrar trabajo en la región amazónica y conocer a Fernanda, la mujer del retrato.
Con Fernanda, la conexión fue distinta y sincera. Un amor asombroso, de esos en que la pareja se come la torta completa y no por rebanadas. Un amor que, lamentablemente, estuvo signado por la fatalidad del destino puesto que cuando parecía que los planes se concretaban, un accidente de bus, de los habituales en dicha zona oriental del Ecuador, se llevó la vida de la joven congelando el pasado, el corazón de Justo y la mirada de los lectores a la par. Este desenlace se va revelando de a poco, integrado a la conversación que Justo tiene con sus amigos de colegio, ahora jubilados, el Wilo y el Polo. A través de estos diálogos surgen otras reflexiones que tienen que ver con la amistad masculina y unos afectos poco reconocidos y reconocibles, y que muchas veces surgen en conversaciones de hombres tamizados por el deporte, la política o los asuntos sexo/afectivos que el machismo latinoamericano convirtió en el recuento de proezas y hazañas con lo que los personajes, y muchos ecuatorianos conocen como: “hembritas”.

Así, estas conversaciones revelan la idiosincrasia del macho ecuatoriano que no siempre, pero casi siempre, trata a las mujeres con superioridad, las sexualiza y las convierte en su propiedad. Sin embargo, también surgen las tensiones de una masculinidad que no siempre se designa por estos elementos y que, como en el caso de Justo, se convierte en una forma de ser “hombre” callado, taciturno, con incapacidad para reconocer o expresar los sentimientos. Ambas formas comunes de ser hombres en Latinoamérica son violentas, complejas, problemáticas y causadas por el machismo. Desde esta arista se plantean diversas visiones de estereotipos femeninos, la mujer adúltera, la mujer “buena en la cama”, la mala mujer, la esposa abnegada, entre otros. Figuras que se desplazan en dos polos opuestos y que van de la máxima virtud al máximo vicio, evidentemente, ninguna de estas recreaciones se acerca a la verdad; sin embargo, muestra estos modos de ser ecuatoriano. Por ejemplo, la crítica que recibió Justo por parte de sus padres cuando les contó de su relación con Fernanda, quien fue marginada, discriminada y racializada al instante con epítetos fuertes como: jíbara, salvaje. Motivos que fortalecieron la relación de Fernanda y Justo, pues él superó, si es que los tuvo, los sesgos de clase y regionales de su círculo social.
Muchos de estos recuerdos se conectan con una leve brisa y un aroma a jazmín que puebla la estancia y las páginas de la novela. Una fragancia que despide el propio cuadro de manera enigmática para disparar los ayeres, cual si de magia se tratara. Es que, no olvidemos, en América Latina la realidad tiene un toque de maravilla: “lo real maravilloso” sugirió Carpentier. Así, Justo vive suspendido en el tiempo, conectado a sus recuerdos que sigue viviendo como un ciclo, como una válvula de escape a su vida solitaria y monótona. Vive en una nostalgia que, por momentos, parece que se torna melodía alegre, como si de un Yaraví se tratara. El Yaraví es un género musical de honda tristeza, una forma de habitar el tiempo que desde su primer acorde anticipa el desconsuelo de la letra, el tono y la composición musical. Algunos Yaravíes se convierten, en su coda, en sanjuanito o albazo, este último género alegre y bailable asociado al alba y al festejo de santos, vírgenes y santas. Estos Yaravíes son, como la novela, un puente a la nostalgia del hombre andino solitario que descubrió que la vida es un cúmulo de tristezas, que la vida es cual hoja seca que va rodando en el camino, y que detrás de una piedra es mejor llorar, porque quiero aborrezco y olvido, este fuego en que ardo y quemo, quizá ni en la tumba amada podré olvidar tus amores, y seguirte es mi destino, desde que te vi como una ilusión que surgiste en mi camino y guagua curinquí, paloma metafísica. Estos yaravíes reflejan el matiz nostálgico del alma ecuatoriana, la mayoría de sus letras refieren a la soledad, al despecho, a la tristeza, al abandono de la tierra, al olvido que el paso del tiempo provoca y anticipa su propia extinción.
Por eso esta novela puede leerse como un yaraví, como un texto nostálgico que reflexiona sobre el pasado, el amor, el duelo, el abandono y el paso del tiempo. Como una obra contemporánea de neo-costumbrismo que utiliza recursos como la narración del pasado, la construcción de personajes lectores, la crítica política o social para reflejar la realidad cotidiana del pueblo ecuatoriano. Los personajes de Lozada, y ese es uno de sus mayores aciertos, pueden ser el vecino, el compañero de trabajo, la persona que pasa en la acera de enfrente o la que vemos tras la ventanilla de un vehículo. Personas que son personajes cotidianos, pues el centro de la acción dramática son los conflictos personales, las subjetividades, las individualidades, es decir, fragmentos de identidades que, en suma, constituyen el crisol de aquello que los políticos llaman pueblo, pero en literatura diremos el alma ecuatoriana.
Lozada, una vez más, devela aspectos intrigantes de esta sociedad que parece marcada por la nostalgia, envueltos en jazmines y yaravíes. Una vez más entrega una obra que cumple con dos máximas de las buenas novelas: 1) describe bien tu aldea y describirás al mundo, y, 2) lo más importante de una novela es contar una historia que mantenga el interés del lector desde la primera hasta la última página. Finalmente, “Nos queda el silencio” es un duelo no superado, es el amor desbordando la memoria, es el dolor del pasado alcanzando al presente y sonando como un Yaraví que, a pesar de todo, en su coda nos permite bailar. Así vivimos, sumergidos en dolores con la posibilidad, siempre frágil, de volver a cantar y sonreír.
«No llores, ojos bonitos
No llores porque me voy
Porque llevo la esperanza
De volver, si vivo estoy»
Ulpiano Benítez Endara
Letra del Yaraví – La despedida
Anexo: Colección de Yaravíes Ecuatorianos: Link: Yaravíes: Ecuador

