Reseña de «Violencia. Compasión. Memoria. Una reflexión particular»

5
(10)

Me acerqué a este libro con lentes académicas y científicas, pero terminé viéndolo con el corazón y los sentimientos. No es que esta obra no tenga argumentos científicos; todo lo contrario: los tiene, y muchos, pero los sentimientos son muy importantes también. Ya en el prólogo, de Reyes Mate, se atisba la importancia del libro que tenemos entre manos. Contiene, a mi juicio, una gran idea: considerar la compasión, el perdón hacia el victimario, como un camino revolucionario para acabar con la violencia partiendo de la memoria. He aquí las tres palabras que definen el libro de Alejandro Ruiz-Huerta Carbonell: violencia, compasión, memoria. A cada una de ellas le dedica una parte de las tres que componen el libro.

Antes, en el preludio el autor plantea dos asuntos destacados a los que volverá a lo largo de todo el libro. Primero, sitúa el sistema económico capitalista en el centro del problema de la violencia porque sólo proporciona una vida digna a una parte de la población mundial, viviendo la mayoría en el hambre y la pobreza. Una situación que ha empeorado en los últimos años, tras la crisis financiera de 2008 en adelante y la pandemia. Véanse, al respecto las cifras del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo.

RUIZ-HUERTA CARBONELL, ALEJANDRO. (2025)
Violencia. Compasión. Memoria. Una reflexión particular.
Córdoba, Utopía Libros
Autor de la reseña: José Jurado Sánchez

En segundo lugar, en el preludio se pone de manifiesto cómo el temprano compromiso con los pobres del autor le llevó a desarrollar una gran voluntad de compasión con todos los seres humanos. Este lúcido análisis de la compasión está presente en todo el libro y revela una actitud de una generosidad extraordinaria cuando lo extiende también a los autores del atentado de los abogados de Atocha. Empieza desechando que la compasión sea un sentimiento que pueda equipararse a la debilidad, argumentando que, por el contrario, la es signo de fortaleza y un elemento de gran importancia para la convivencia y el progreso. En la Parte I se analiza al fenómeno de la violencia, partiendo de la base de que es consustancial al ser humano por razones biológicas y económicas. Pero, a continuación, se ofrecen poderosos argumentos para no considerarla irremediable. Uno se basa en la biomedicina y asegura que, además de violencia, el ser humano, tiene un fundamento de bondad, empatía y aprecio por los demás que podrían contrarrestarla e incluso eliminarla. La agresividad se reduciría y podríamos conseguir suprimirla si hiciéramos el ejercicio empático de ponernos en los zapatos de los demás, si controláramos las pulsiones violentas mediante el esfuerzo personal. El optimismo de estos argumentos es de agradecer, más allá de las dudas que se tengan sobre la condición humana y su propensión a la violencia y al egoísmo.

En mi caso llevo años preguntándome sobre ello intentando no caer en el pesimismo antropológico. En los días más pesimistas llego a la conclusión, observando la evolución de la sociedad, de que el ser humano tiende más al egoísmo, la avaricia, la codicia y otras actitudes negativas que a los valores positivos de la generosidad, el altruismo, la solidaridad, la empatía. Entiendo que hay una naturaleza humana común a todos los mortales, que se compone de rasgos psicológicos y antropológicos contrapuestos, caso del egoísmo/altruismo, codicia/generosidad, interés propio/solidaridad, vanidad/humildad, etc., etc… Pero, en los días en que el pesimismo se apodera de mí me parece que, al final, en la mayoría de la población, se imponen los primeros componentes de cada par: el egoísmo gana al altruismo, el interés propio a la solidaridad, etc., más allá de que haya bastante gente que se guía predominantemente por los segundos. El resultado colectivo de ello es que el sistema capitalista se impone siempre porque se basa en los componentes egoístas, no altruistas del ser humano Si esto fuera así, ello haría imposible el cambio del sistema económico y la superación de la violencia. Esta es una cuestión que, desde luego, merece ser analizada en profundidad y debatida.

En la Parte I también destacan otros asuntos. Uno es el estudio del recorrido histórico y los argumentos que proporciona el autor sobre la posibilidad de la no-violencia. Otro, la breve descripción, emocionante por dolorosa, pese a los años transcurridos, de los asesinatos de Atocha –el autor prefiere este término al de matanza. Y, sobre todo, emociona la actitud del autor del libro de defender los derechos de los asesinos, y la de los abogados sobrevivientes de no haber solicitado la pena de muerte, pese a que los delitos se cometieron cuando aún estaba vigente, porque les parecería una venganza.

El análisis sobre la compasión que el autor lleva a cabo en la Parte II es sobresaliente por varios factores. Primero, porque se describe con precisión al suscribir el principio de algunos filósofos de que la compasión bloquea la agresividad. Con ello, entiendo, se puede inclinar la balanza de los sentimientos humanos hacia al altruismo, la solidaridad, en lugar del egoísmo o la codicia. Segundo porque explica muy bien cuál es el proceso que va de la violencia a la memoria a través de la compasión. Tercero, por la excelente reflexión sobre la secularización de la compasión, que vivió dos periodos clave a lo largo de la Historia, el siglo XVI, con la obra de Maquiavelo y la independencia del Estado de la religión, y la revolución francesa, con el desarrollo de los derechos del hombre y del ciudadano. De esa manera, asegura el autor, la idea de compasión supera su componente religioso hasta llegar a la justicia compasiva, idea esencial de la justicia restaurativa. A esta dedica un examen también destacable por situar la compasión en la base de la evolución de la justicia retributiva o punitiva a la justicia restaurativa del delincuente, del victimario. Ello debería de servir para actualizar la idea de justicia en el marco del desarrollo del Estado de Derecho y de las directrices de la Unión Europea en pos de la justicia restaurativa, considerada un nuevo imperativo categórico, una auténtica revolución en la administración de justicia.

En las páginas que se ocupan de la memoria (Parte III) se encuentran, en mi opinión, las claves fundamentales del libro. La memoria es el concepto que articula esa triada tan bien explicada por el autor: violencia-compasión-memoria. Se parte, con buen criterio, de la consideración “humana” de la memoria para analizar a continuación su dimensión “social”, si es que cabe hacer tal distinción. En la memoria –se comienza afirmando- se acumulan los buenos y los malos sentimientos del ser humano, y la memoria está en el corazón, el hábitat de las emociones. La cuestión central a dilucidar, en mi opinión, es cómo conseguimos que la generosidad, la empatía y demás sentimientos humanos positivos predominen sobre la avaricia, el interés exclusivamente individual, el olvido de los demás, etc. Parece lógico inferir que habría que introducir cambios sustanciales en el sistema que vivimos y que ello daría lugar a transformaciones personales que nos hicieran más empáticos, generosos y compasivos, pero estos cambios no parece que fueran suficientes sin el esfuerzo personal para reducir al máximo la violencia, el egoísmo y otros sentimientos negativos para la armonía social. El estudio de la dimensión social de la memoria tiene un gran calado.

¿Cómo puede haber personas, organizaciones políticas y sociales que no suscriban, como hace el autor, que España necesita la construcción de una memoria histórica colectiva, común, basada en una versión compartida de lo ocurrido desde la II República y el franquismo? ¿Quiénes pueden negar que hacen falta entendimientos mutuos y consensos, que hay demasiadas versiones del pasado en España, especialmente en los últimos tiempos con el reverdecer de la extrema derecha y sus visiones arbitrarias y tendenciosas? De ahí la necesidad imperiosa, que reivindica el autor, de conseguir una visión compartida del pasado. Un objetivo tan inexcusable como, a mi parecer, imposible de llevar a cabo en los últimos años por la extraordinaria polarización política que vivimos. En el análisis de la memoria histórica y su relación con el presente y el futuro el autor demuestra tener un gran conocimiento de lo que es la Historia cuando asegura que “el futuro se va construyendo con los materiales del pasado en el laboratorio del presente” (p. 193). El lector que se adentre en las páginas de este libro comprobará, además, los atinados juicios vertidos sobre la política de reconciliación, la historia de la Memoria desde la guerra civil hasta hoy, apareciendo con nitidez que lo predominante ha sido la ausencia de una política de la memoria hasta hace pocos años. La conclusión del libro es que la Memoria Democrática sigue siendo una tarea pendiente y necesaria por ser parte de nuestra identidad, sin la que es imposible vivir. Con su puesta en marcha podríamos poner fin a que la Historia de España dependa de quien la escriba, acabando con las manipulaciones y los enmascaramientos de nuestro pasado.

Estas reflexiones sobre la memoria, como las que el autor hace a lo largo de todo el libro sobre la violencia y la compasión, la relación de ambas con la memoria y también aquellas efectuadas sobre el protagonismo de la mujer y el feminismo, logran que su libro llegue tanto al intelecto como el corazón. A la sociedad española le iría mejor, desde luego, si asumiera sus enseñanzas, por lo que la lectura de este libro es altamente recomendable.

¿Cómo te ha parecido este contenido?

¡Haz clic en las estrellas para puntuar!

Promedio de puntuación 5 / 5. Recuento de votos: 10

Hasta ahora, ¡no hay votos!. Sé el primero en puntuar este contenido.

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.