Una mujer que se hunde en el agua con piedras atadas a su cuerpo, un niño que cae de una cornisa y muere, una mujer que en la distancia se entera de la muerte de su gato, otro niño que se traga una pila de botón y queda mudo de por vida, otra niña que se ahoga en el mar durante la noche, y una mujer que es asaltada y robada en su casa. Se podría decir que estos son los argumentos que integran el libro “El buen mal” de Samanta Schweblin, pero en realidad sus cuentos exploran algo más que estos eventos trágicos y dolorosos. La crítica internacional coincide en decir que Samanta Schweblin escribe en este libro sobre sentimientos muy internos, estructurantes pero que a menudo son poco explorados, sentimientos que pescan en la desazón y que anteceden, atraviesan y orbitan en torno de algún evento poco afortunado. Será por eso que el libro se llama “El buen mal”, porque esos sentires y psicología que acompañan a las cosas malas que nos suceden no son malos ni buenos, simplemente hablan de lo que somos (de lo que somos, pero que a veces no hablamos, o que no somos capaces de describir).
El buen mal
Samanta Schweblin
Seix Barral
Barcelona. 2025
202 páginas
En la contracubierta de la edición consultada la síntesis del libro y el comentario de Siri Hustvedt (escritora estadounidense) describen bien lo que pasa en este compendio de cuentos:
“La prosa de Schweblin combina tensión y verdad para construir un universo literario en el que los monstruos de la vida cotidiana nos miran desde tan cerca que casi podemos sentir su aliento. Su escritura provoca en el lector asombro e inquietud, un estado de alarma que al mismo tiempo lo transporta a un mundo hipnótico tan reconocible como extraño”.
“Samanta Schweblin combina el impulso urgente que caracteriza a toda gran narrativa con precisas e inquietantes descripciones de sentimientos que a menudo no tienen nombre, esas zonas ambiguas de la realidad humana donde se entremezclan el asombro, el temor y el deseo” (Siri Hustvedt)
Entonces, los cuentos de “El buen mal” me han dejado esa sensación de haber leído sobre unos sentires que usualmente no describimos, que son intensos en sensación, pero que no son fáciles de ver. Tal vez como los fantasmas. El libro solo tiene 6 cuentos en casi 200 páginas, de los cuales merece la pena compartir algunas impresiones. He intentado hacer una reseña o suma de comentarios sin decir mucho sobre los cuentos, pero para referirme a ellos he tenido que contar partes sustanciales de la trama. Tal vez esta reseña es solo para quienes hayan leído esta obra y quieran compartir impresiones, análisis o guías de lectura.
El cuento Bienvenida a la comunidad transcurre en la reflexión de una mujer que se está ahogando en un lago, al parecer, con piedras atadas a su cuerpo. No obstante, aunque sus pulmones se llenan de agua, logra salir y volver a su vida cotidiana. Vuelve con su familia y acompaña a sus hijas. Especialmente las acompaña en el cuidado y búsqueda de un conejo. Hay un vecino con cortes en las muñecas que despelleja una liebre y que le explica: “Dolor, eso es lo que hay que provocar […] Eso la llenará de culpa, y si la culpa es suficientemente fuerte, necesitará quedarse para cuidarlas” (2025: 28). Se refiere a cuidar de sus hijas. Él la ha visto entrar al lago, la ha reprendido por su acción y le explica esto. Por la noche, cuando ella va a dormir en su habitación, se entiende que no opta por “quedarse”, generando dolor, por ejemplo, matando al conejo, entonces vuelve a ese momento en el que se está ahogando. Viéndolo retrospectivamente, me sorprende esta historia. He escrito en mis apuntes de lectura que los cuentos de fantasmas son difíciles y personal e inicialmente no me ha “convencido” (así lo he apuntado). No obstante, ahora veo que la impronta y sensación de esta mujer ahogada, que vuelve a su familia no sabe muy bien cómo, sintiendo una confusión extraña, mezcla de expectación, calma y resaca, finalmente descansando en su cama y ahogándose ahora si para siempre, me ha quedado en la memoria y el cuerpo.
El siguiente relato es Un animal fabuloso. Aquí también se hurga en un sentimiento relacionado con la muerte. Elena llama a Leila 20 años después del accidente de su hijo Peta, cuando cayó fatalmente de la cornisa. Quiere volver a escuchar “cosas” sobre ese día, en el que Leila les visitaba. Ella revela rasgos del niño y que en algún momento le había dicho “Quiero ser un caballo”. Elena, la madre, está a punto de quebrarse al otro lado del teléfono. Leila termina contando el inesperado y absurdo evento que coincide con el momento en el que sale de casa esperando la llegada de la ambulancia; encuentra un caballo herido, tumbado en el suelo. Este relato muestra bien la tensión de volver al día de la tragedia a través de una llamada telefónica.
El tercer cuento en el libro es William en la ventana. Según Samanta Schweblin esta es la más autobiográfica de estas historias. Ocurre en un encuentro de escritores en Shanghái. Ha dejado a su pareja en Buenos Aires, poco después del diagnóstico de una enfermedad. Conoce en China a la escritora irlandesa Denyse, que está deprimida porque en su casa han envenenado a su gato William. Se vuelven amigas y el encuentro coincide con el cumpleaños de Denyse, no obstante, en la celebración ella recibe la noticia de que el gato ha sido envenenado otra vez y que ha muerto. En los días siguientes y bajo el velo del duelo, Denyse confiesa a la narradora que ahí en su habitación de China escucha al gato. Como lector estaba de acuerdo en que podía ser a causa del estrés, pero poco después la narradora, su amiga argentina, dice que también ha escuchado al gato, y queda fría. Al final dice que ve al gato en la ventana del pueblo en Irlanda… no se entiende bien si ha visto al gato en su imaginación, o en un reflejo… no importa, este tipo de finales un poco difusos y no lapidarios están presentes en estos cuentos. Eso caracteriza también a estos cuentos de Schweblin.
En este punto de la lectura ya era claro que el libro “El buen mal” traer historias trágicas cotidianas, muertes, accidentes y fantasmas. Pero en este caldo de cultivo, algo muy interesante es, como ha leído Siri Hustvedt, esta literatura que desarrolla “sentimientos que a menudo no tienen nombre, esas zonas ambiguas de la realidad humana”.
El siguiente cuento en el libro es El ojo en la garganta. Un niño ha tragado una pila botón del control remoto de la tele, lo cual le quema su garganta. Pierde la voz y la traqueotomía es necesaria. Es un relato conmovedor, de enfermedad y familia. Pero hay algo paralelo e incómodo que sucede al padre, recibe a diario una llamada en la que nadie habla… y esto ocurre durante años. El que narra es el niño, se llama Elías y será un adulto exitoso que se ha quedado mudo. Narra sus recuerdos… El cuento incluye un punto de giro interesante: volviendo de un hospital en Buenos Aires la familia para en una estación de gasolina. Todo esto bajo la bruma de los sentimientos familiares conectados con las múltiples operaciones del niño. En la estación de gasolina, de alguna manera que no se revela, el niño se baja del coche. Sus padres no se dan cuenta sino hasta mucho después cuando remprenden el viaje hacia casa… regresan desesperados a buscar al niño y finalmente lo encuentran con la esposa del encargado de la estación. Tiempo después se revela que el niño hizo un dibujo de él y sus padres que la mujer de la estación conserva.
Cuando el padre de Elías muere éste dice: “«Todo va a estar bien papá». Y como no me contesta, como nunca me ha contestado, yo meto el dedo por ese agujero que es como un ojo, y lo toco por dentro. Toco por dentro a mi padre, y lo dejo ir” (2025: 114). Se entiende que el agujero es su perforación en la garganta, que en aquel dibujo infantil parece un ojo, y se invita a relacionar esas llamadas anónimas que el padre nunca contesta con esta frase que dice “como nunca me ha contestado”. Pero que meta el dedo por el agujero y lo toque y lo deje ir, es algo más simbólico y menos literal, por lo que el lector debe interpretar. El narrador, que no podía hablar, pero si escuchar y por supuesto escribir, parece tener otras reglas de narración. El accidente infantil lo relaciona con su padre, parece esbozarse algo de rechazo y una culpabilidad. La traqueotomía es como un ojo, porque todo se ve y entiende a través de eso. Meter el dedo y soltar al padre es un gesto simbólico, lo libera de su responsabilidad de cierta forma. Tengo que decir que el relato me atrapó, me generó suspenso y preguntas que tal vez no fueron contestadas.
El quinto relato en “El buen mal” se titula La mujer de Atlántida. Atlántida es un balneario costero en Uruguay, donde una familia con dos niñas va de vacaciones. El relato es narrado por la hermana menor que mira hacia el pasado. Lo hace gracias a la visita que la señora Pitis hace en su peluquería. A partir de esto rememora aquel verano en que ella y su hermana se inmiscuyeron en una casa ajena y descubrieron a esta mujer, que por entonces era más joven y la encuentran aparentemente ebria en su cama. La señora Pitis era una presunta suicida y poetisa echada a su suerte. Las niñas le anuncian que ellas son “la inspiración” y que han venido para salvarla. El relato es envolvente. Las niñas tratan a esta mujer como una muñeca, la cuidan, la bañan, la peinan, le dan de comer, de hecho, tratan a esta casa como una casa de muñecas. La narradora cuenta esto sobre una pregunta que hace la poetisa: “«¿Saben cómo me llamo?» Nos preguntó una vez «Mejor no ponerle nombre a las cosas», dijo mi hermana”.
Pero, internamente, la hermana mayor está movida por descubrir la poesía. El día en que la señora Pitis despierta un poco de su depresión, logra escribir algo. Un hecho sorprendente. Esa tarde las tres bajan a la playa, la hermana mayor y la poetisa entran al mar, pero desafortunadamente, solo sale esta última. La narradora cuenta esto desde la lejanía de los años explicando porqué la señora Pitis, ahora envejecida, viene religiosamente a la peluquería a que la peinen. Un día, en el presente, la hermana menor vuelve a entrar a la casa de la poetisa y la encuentra ahí, similar a como la encontraron con su hermana en el pasado, acostada en la cama.
El final de este cuento también queda abierto, hay que leerlo. Hay una catarsis, pero no queda claro si es positiva o negativa ¿Quizá sugiere que la hermana menor mata a la Señora Pitis? ¿Quizá es simplemente que la visita? En todo caso, el final genera un intenso diálogo con el lector. Principalmente porque este cuento es la historia de una tragedia, es la narración de un trauma. La hermana menor ha sobrevivido y ha quedado congelada, en los acontecimientos, casi rituales que precedieron a la muerte de la hermana mayor.
Algunos de los personajes en este libro son muertos en vida o fantasmas… claramente la mujer que se suicida en el lago, Ester la madre que ha perdido a su hijo Peta hace 20 años, la poetisa de la Atlántida…
El último cuento de “El buen mal” se titula El superior hace una visita. El ambiente del relato también es un poco pesado: una mujer visita a su madre en una residencia de ancianos, pero ella ya no la reconoce… no parece algo una situación alegre. Ella se pregunta “de qué se trataba todo eso, es decir, para qué era todo ese asunto de tener una vida”. Además, reflexiona sobre su hija, que se ha ido a otro país y no muestra señales de afecto o de querer volver. En la residencia da algo de dinero, “para el bus”, a una señora mayor, que ya en la calle revela no estar del todo cuerda. La situación lleva a que la mujer, que es la narradora, la lleve a su casa. Una vez ahí se presenta el hijo de la señora mayor. Se llama Joel. Resulta que su madre tiene un dispositivo de teleasistencia, así ha sabido donde está. Todo parece cordial, pero poco después el hombre revela ser un atracador, tiene un arma y apunta a la cabeza de la mujer. Su personaje es una mezcla de buen hijo y loco delincuente. Durante la tensión entre Joel y la mujer se escucha un estruendo, todo indica que pudo haber sido la pistola disparando un proyectil en la cabeza de la mujer. Pero ella no muere y se sostiene lo mejor que puede hasta que el hombre y su anciana madre se van, no si antes hacerle confesar a la mujer que “Me asusta mi hija […] La odiaba […] La odiaba tanto de bebé […] Fue una trampa, ahora la quiero demasiado […] su rencor […] El rencor de mi hija es como …” (2025: 189). Joel le ha contado un montón de cosas, sobre la pistola, sobre su trabajo como director de un gimnasio, sobre su padre y los fantasmas… al otro día por la mañana hace un desayuno y se va con su madre.
Leer este libro me ha hecho pensar que es muy válida y creativa la opción de que el lector interprete el final, y que éste no sea tan explícito. Ya sé que esto no es nuevo, pero leyendo “El buen mal” he vuelto a pensar en eso. También me ha enseñado que en una historia donde hay una tragedia cotidiana se pueden meter todo tipo de sub-historias, personajes y situaciones. Tampoco es nuevo, pero igualmente me ha motivado a pensar en eso y en sentirme creativamente autorizado. Resalto la creatividad de Samanta Schweblin al explorar ese miedo, curiosidad temerosa o angustia en situaciones de fragilidad, o de dolor traumático o paralizador cuando alguien muere o está afectado. Por último, resalto que, por si queda alguna duda, no son relatos de amor, aunque si son relatos sobre el cuidado del otro (también son sobre eso): Por ejemplo, en “El ojo en la garganta”, cuidando al niño que ha tragado la pila, en “La mujer de Atlántida”, cuidando a la aplacada poetisa, en “El superior hace una visita”, cuidando a su madre demente, aunque la usara como cómplice involuntario de su crimen, o en William en la ventana, acompañando a la escritora que ha sabido de la muerte de su gato. En el panorama de la literatura argentina del siglo XXI, Samanta Schweblin tiene un lugar propio y el público, y el mercado, lo han sabido ver.
Curiosamente, al final el libro incluye un tipo de epílogo llamado “Sobre los cuentos” en el que la autora confiesa (comparte) cuáles fueron los disparadores de escritora de cada uno de los libros, qué punto de conexión tienen con su experiencia privada. ¿Por qué ha hecho esto?

