“Tonto, muerto, bastardo, invisible” es una novela que hace una crítica a los roles que adoptamos en la sociedad y al desbarajuste psíquico de un sujeto que en un momento dado descubre el llanto de un niño en su pecho, su yo infantil, que después de tantos años continúa herido y engañado. Esta novela tiene una intensa relación con los temas del cuerpo, la identidad, la historia personal y la construcción de la personalidad. Se trata de una de las novelas más simbolistas del prolífico escritor español Juan José Millás (Valencia, 1946), bien escrita y admirable, basada en el conflicto entre el yo interior y el personaje social que cada quien adopta para actuar el papel que la sociedad le ha dado. En ese sentido, la novela también es un poco nihilista. Inteligentemente, Juan José Millás ha escrito, entonces, sobre un bigote postizo, un ícono central en la transformación que vive el protagonista, Jesús: “lo único real que quedó en mi cuerpo fue el bigote, la prótesis” (1995: 12). Un bigote como el de su padre, dice. La novela versa sobre la transformación de su yo y la prótesis de pelo que pega en el surco nasolabial es el objeto mágico que sella este proceso. Vive un cambio y no cualquiera, junto a un cambio en su personalidad hay otro a nivel psíquico, una desrealización, esa es la palabra clave, un distanciamiento de su “yo antiguo” y una expansión en un plano imaginario: “En realidad, en ese momento ya no había nada que no estuviera contenido dentro del cuerpo imaginario que había crecido como un conjunto de constelaciones a partir del centro de gravedad del bigote” (1995: 15). El título “Tonto, muerto, bastardo, invisible” es muy diciente, ciertamente la novela trata de alguien que se reconoce y que se recuerda como tonto, muerto, bastardo e invisible.

Tonto, muerto, bastardo e invisible
Juan José Millás
Alfaguara
Madrid. 1995
241 páginas
Este breve análisis pretende mostrar cómo esta novela desarrolla la relación que hay entre estos temas y fenómenos: las prótesis como transformadoras del cuerpo, la crisis de los roles y las rutinas cotidianas, la transformación del yo, la locura, la libertad y la transgresión de normas. El protagonista es un caso de intensidad psicológica que atrapará a los lectores interesados en estos temas.
Por una parte, la novela es una metáfora de los roles prestablecidos que jugamos en la sociedad, papeles que a veces entran en crisis y lo cual nos lleva a darnos cuenta de que ese personaje que hemos construido, esa personalidad, ese nombre propio, era solo un actor, un farsante, una máscara que sigue un guión: “Ahora sé que mi identidad o mi personalidad, qué palabra, era una prótesis con la que intenté sustituir la función de la inteligencia” (1995: 165).
“Había olvidado que era subnormal hasta que me echaron de la empresa”
La deidad Ápate cobija a los impostores, a los farsantes; los poetas latinos la llamaban Fraus. Jesús, el protagonista, narra la historia de un farsante, de un impostor de sí mismo: el epicentro de su transformación es un bigote como el de su padre, lo ha comprado después de que sus progenitores murieran en un incendio. Y esta prótesis echa raíces en la coyuntura de su despido laboral como jefe de recursos humanos en una empresa pública de papel; estos dos puntos de giro, decesos y despido, agudizan su metamorfosis; dice esto: “Había olvidado que era subnormal hasta que me echaron de la empresa” (1995: 92). Esta crisis, común a muchos, da cauce al deterioro de su rol “estable” como hijo, esposo, empleado y padre. Eventualmente tendrá que divorciarse y alejarse de su hijo.
El bigote le da un sentimiento de expansión y universalidad
Dice que se sentía universal, un cuerpo no contenido que le ayuda a liberarse de los límites de la moralidad, un pensamiento cósmico; la prótesis tiene un componente mágico, lo hace otro, lo desinhibe, lo libera, dice esto:
- “desde la perspectiva universal de la que gozaba todo eso parecía irrelevante” (1995: 20)
- “Ahora que era un universo, podía entrar en cualquier sitio” (1995: 48)
- “cerré los ojos y comprobé que el escaparate con la mujer oriental estaba ya dentro de mí […] Mi universalidad crecía en direcciones múltiples” (1995: 51).
- “Era la primera vez que salía a la calle con él puesto y tuve la impresión de estreno adolescente, como si lo que estrenara fuera la vida en lugar de la prótesis” (1995: 52)
El bigote, esa prótesis, es el catalizador del cambio, es como una droga porque lo lleva a sensaciones psicodélicas y psiquiátricas. El bigote también es el puente con el personaje del cuento que narra a su hijo: la historia de Olegario, el niño que tiene problemas en el colegio y que se pone un bigote como el de su padre logrando que todos lo tomen por él. Un cuento increíble que narra la historia de un doble incesto, primero con su madre, ya que ella también lo toma por su padre, después con su hermana, porque años después, cuando regresa a su pueblo, su hermana no lo reconoce y se casan. Olegario también era un niño de barrio que se hacía el cojo; Olegario encarna una narrativa transgresora y surrealista que refleja la experiencia del personaje principal. Esta novela de Juan José Millás es una obra simbolista y se presta para un examen muy interesante.
“Tonto, muerto, bastardo, invisible” inevitablemente aborda la cualidad de prótesis de los objetos, de todos los objetos, no solo del bigote. Cuando el protagonista observa a su esposa cambiarse dice esto: “El sujetador parecía una segunda piel que tendía a desprenderse del cuerpo por la zona del encaje, como una cáscara orgánica bajo la que latía un fruto” (1995: 56). La ropa, esa segunda piel, esa prótesis tan necesaria, hace recordar al libro de Marshall McLuhan “El medio es el masaje”, en el que hace una idéntica referencia a la ropa. La relación entre objetos y cuerpo nos enseña que todos los objetos son prótesis, son lo que nos falta ¿Y qué más nos falta? ¡todo! Este concepto de prótesis también recuerda al libro de Fernando Martín Juez “Contribuciones para una antropología del diseño”.
La novela revela que el bigote ha sido hecho con el pelo de una clienta de la peluquería, la bruja Beatriz Samaritas, una astróloga que le sirve de trampolín para entrar en la literatura esotérica y confirmar aquel sentimiento de universalidad, aquel desdoblamiento del cuerpo que el protagonista siente y del que habla frenéticamente y, cabe decirlo, humorísticamente.
La infancia de un yo tonto, muerto, bastardo e invisible
Aparte de una crítica al sistema social y al efecto psicológico del despido laboral, “Tonto, muerto, bastardo, invisible” es mucho más: es una desconstrucción del yo, un examen a la conciencia y a su raíz, es decir, a la infancia. La infancia, esa bomba de vida y de experiencias que lleva su onda expansiva a través de los años hasta los últimos días. Ya lo entendió bien la psicología de inicios del siglo XX, la infancia como cuna de todos los traumas. Cuando Jesús conoce a la persona que lo reemplaza en la empresa de papel recuerda un episodio infantil en el que fingía ser retrasado mental. Por una parte, se “da cuenta” de que sigue siendo eso, un farsante; pero un farsante de la normalidad: recuerda que le gustaba hacerse el tonto “y lo hacía demasiado bien para no tratarse más de una representación” (1995: 32); se dice que es aún ese oligofrénico. Este es el ámbito de la primera palabra del título.
La segunda, muerto, también yace en la infancia, en una apuesta infantil en la que se había jugado la vida frente a la suerte de las hermanas Emérita, la buena, y Paca, la mala. Apuesta que es la mala la que ha muerto, pero en realidad había muerto la buena. No obstante, la mala, sin su hermana, se transforma en buena. Esta historia dentro de la novela también refuerza la tesis de la transformación en otro, la metamorfosis de la identidad que expone esta obra. En ese sentido, Juan José Millás ha comentado en diversas entrevistas su admiración por La metamorfosis de Kafka.
Como se comentaba más arriba, el epicentro de esta transformación yace en la infancia del personaje principal y de las historias e imaginaciones infantiles. De niño fantaseó con hipnotizar a su padre, perdió la vida en una apuesta imaginaria, había actuado como subnormal, había creído que en un concurrido centro comercial se había ido con otro padre, alejándose de su padre verdadero, y otras experiencias más, como saberse oriundo y perteneciente a un barrio de pobres, condicionando su relación con la economía y el estatus social. Todos los barrios eran los barrios de su infancia. Allí había quedado atrapado de alguna forma.
“Toda mi vida había sido un disimulo” afirma. El condicionamiento de su infancia se hace aún más evidente cuando lee el libro “Manual práctico de la reencarnación” y oye el llanto de un niño, un llanto que venía de lo profundo de su propio pecho. Allí yace un dolor no resuelto, un abandono.
El hombre del bigote postizo es, por una parte, un liberado, y por otra, un loco, un desquiciado. Cree haber encontrado a sus verdaderos padres en Madeira, padres que en realidad no eran españoles sino daneses, y también intenta salvarlos, empujando por un abismo a un sospechoso, a un español que tenía conversaciones con ellos. En su esquizofrenia, en su ser otro, en realidad se adentra en la aventura del autodescubrimiento. Pero si guía y herido, está desvariando. El interior de uno mismo no obedece a las leyes de la física, por eso, al salir tan abruptamente al mundo, solo toma formas irracionales. Aunque el interior, como los sueños, es ilógico, pero enormemente cuerdo. El héroe de esta novela ve que su interior está un poco trastornado e intenta recuperarlo erráticamente. El giro dramático de su locura está en haber asesinado a alguien. Según él ha evolucionado, pero en realidad el asesinato lo saca de toda regla; dice haber sobrepasado la moral, por lo cual puede tomar lo que quiera de quien quiera: “la moral es patrimonio de las clases medias y bajas, que no han evolucionado espiritualmente y se encuentran atrapadas en un conflicto de intereses entre su deseo y el deseo de los otros” (1995: 171).
Confirma que el mundo social prestablecido lo alejó de su verdadero yo y es por eso que logra quitarse la máscara, pero bajo ella hay una verdad demasiado inestable, muy volátil: “por culpa de la prisa había dejado en el camino a un tonto y a un muerto y a un bastardo y a un invisible, es decir, todo aquello que había constituido el núcleo de mi verdadera identidad” (1995: 176). La novela termina con una fuga más: viaja a Dinamarca a buscar a sus supuestos padres daneses junto a la china que ha rescatado de un sex shop. Pero esta ocurrencia está escrita de tal forma que, intencionalmente, tiene el efecto en lector de no creer en la cordura del protagonista, asistiendo así al periplo de un demente.
Desde que confirma “vestirse” con el bigote postizo y transformarse ha estado contando los temas que tiene pendientes con su niño interior, con su padre y su bigote, con su madre y con sus nalgas… esta novela tan inteligentemente construida por Juan José Millás transcurre como un sueño, una narración simbolista y surrealista. Como lectores somos testigos de los actos de un delirante que ha logrado acceder a una profunda realidad, que por única y secreta lo lleva a perder la cabeza. Habría necesitado ser un místico entrenado para pilotear su propia revelación… “Tonto, muerto, bastardo, invisible” es también una novela sobre la frustración de crecer pobre y maltratado. Equivocado con aquel lema de “llegar a ser alguien en la vida”, lo cual quiere decir que, precisamente, el que eres no es alguien, es nadie, y por eso, más te vale ser otro.


Un análisis lúcido y valiente. Más que una reseña, este texto se convierte en un espejo que prolonga la novela hacia el lector. La lectura que propones de Tonto, muerto, bastardo e invisible no se queda en el símbolo del bigote como objeto extraño, sino que lo revela como lo que verdaderamente es: una prótesis del yo, una máscara heredada que permite sobrevivir cuando la identidad propia aún no ha nacido.
Me parece especialmente potente la forma en que conectas la desrealización con la infancia no resuelta. El llanto del niño en el pecho es, quizá, una de las imágenes más honestas de Millás: no como metáfora amable, sino como herida viva. Ahí la novela deja de ser solo crítica social y se vuelve peligrosa, porque toca el núcleo donde el yo se fragmenta.
También es muy acertada la advertencia final: no estamos ante un héroe liberado, sino ante alguien que ha cruzado una frontera sin mapa. La libertad sin integración se vuelve delirio, y la revelación sin contención puede conducir a la violencia. En ese sentido, el texto no romantiza la locura, sino que la expone con crudeza.
Coincido plenamente: reducir esta novela a “la imaginación como aliada” es empobrecerla. Aquí no hay fantasía escapista, hay una implosión de identidad. Millás no escribe sobre inventar otro yo, sino sobre lo insoportable que resulta sostener el propio cuando nunca fue reconocido.
Gracias por este análisis tan bien hilado. Invita no solo a releer la novela, sino a mirarse sin bigotes postizos.
Buena reseña. Lo apunto a mi lista de pendientes.