Reseña de “El Cristianismo. Orígenes”

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El cristianismo es más que una religión, es la institución espiritual más importante e influyente de Occidente. Su inspirador y ¿fundador?, Jesús, el Mesías, es quizá, el personaje histórico más importante del mundo occidental. Tal es así que, a partir del Siglo VI y de la visión de Dionisio el Exiguo, hemos dividido el tiempo en dos periodos: antes y después de Cristo. La historia de Jesús, como sabemos, está consignada en los evangelios, tanto en los oficiales como en los apócrifos. Sin embargo, fue gracias a la acción de sus discípulos, encabezados por Pablo, Pedro y los otros apóstoles e imbuidos por la fuerza del Espíritu Santo, que este movimiento se propagó a lo largo y ancho del orbe helenístico del Mediterráneo y de la diáspora judía y llegó, varios cismas después, hasta nuestros días como un símbolo de lo que fuimos, somos y seguiremos siendo. El cristianismo, en su vertiente católica, modificó el curso de los tiempos progresivamente al subvertir los valores de la antigüedad y reemplazarlos por nuevos encabezados por el amor, la compasión y la bondad. Por eso, el cristianismo primitivo propició un fin de ciclo y el inicio de otro. Por supuesto, el cambio fue gradual y conllevó predicación, martirio, monacato, política, homilías, herejías, concilios. Esto configura diversos escenarios que, según los creyentes, estuvieron predestinados por el creador para cumplir sus designios: establecer el Reino de Dios. Por eso, la etapa de cristianismo primigenio, que abarca los primeros cuatro siglos de nuestra era, es un caldo de cultivo fértil para vislumbrar estos cambios en el orden histórico, político y religioso. El libro: “El Cristianismo, Orígenes” del sacerdote jesuita Jesús Simón, es un acercamiento en el ámbito religioso que funciona como una apología y una hagiografía de los doctores y patriarcas de la iglesia que nos precedieron.

Cristianismo. Orígenes
Año: 1981
Autor: Jesús Simón (Jesuita)
Edición: Primera edición
Editorial: Apostolado Mariano de Sevilla
CIudad: Sevilla

La obra, editada por el Apostolado Mariano en Sevilla, inscrito en la tradición catequética edificante, presenta seis capítulos con la siguiente estructura: 1) era apostólica; 2) padres apostólicos; 3) cristianismo heroico y militante; 4) el ascetismo cristiano; 5) el depósito de la fe; y 6) grandes figuras de la iglesia primitiva. A través de estos seis capítulos se teje un relato que desde la filosofía de la historia se plantea como un destino manifiesto del cristianismo, es decir, del pueblo de Dios. Por eso, los análisis no revisten una profundidad política, aunque se presente un contexto histórico detallado. En contraste, el objetivo del libro es unificar estos acontecimientos bajo la estela de lo sobrenatural. Se entiende entonces este tortuoso camino como voluntad de Dios, debido a que las proezas realizadas por los cristianos exceden las posibilidades humanas. Para Jesús Simón la historia del cristianismo no se define por el libre albedrío humano, sino por la voluntad de Dios como una teleología acatada por sus siervos sin vacilación. Por tanto, esta obra es cristiana antes que histórica. Como lector, me dejó un sabor almibarado, esperaba más historia y política. Sin embargo, como mapa de hazañas de los héroes primitivos del cristianismo, resulta una colección ejemplar de los más altos méritos de los hombres y mujeres que encontraron a Cristo.

El primer capítulo, la era apostólica, relata los hechos de los apóstoles, consignados en la propia Biblia y atribuidos al mismo autor del Evangelio de Lucas. Como se sabe, este libro histórico y hagiográfico tiene una composición estructural que destaca la vida de dos santísimos: San Pedro y San Pablo. Las acciones de estos dos enviados del altísimo se contraponen o se narran en contrapunto con hazañas de otros héroes o mártires como el propio Esteban, quien, inflamado por el fuego del Espíritu Santo, proclamó su nombre en un momento y sitio equivocado. El Sanedrín, bajo la influencia de Caifás, Sumo Sacerdote, y Anás, antiguo Sumo Sacerdote, habían condenado a Jesús y después se ensañaron con los seguidores del nazareno quienes representaban un movimiento contrahegemónico confuso. Por un lado, los judeocristianos parecían alineados en contra de Roma, de Judea y del Sanedrín; por otro, sus prácticas y mensajes eran contradictorios pues parecía que no reclamaban poder o dinero, sino sujeción espiritual. A la par, sucedían prodigios, curaciones y proezas que obnubilaban a una población deseosa de milagros, de mártires, de mesías, pero, sobre todo, de un caudillo político que conduzca a la liberación colonial de la provincia subyugada por el Imperio Romano. Así, religión y política se confundían en las aspiraciones de judíos militantes. Para muchos, se necesitaban dos Mesías: Jesús pastor del rebaño, y un caudillo militar que tome las armas. Ante eso, el mensaje cristiano es irreverente, inusitado, inaceptable; pero es a la vez el camino del amor. La doctrina del perdón al enemigo y del amor hacia el prójimo, en lugar de la venganza o la endogamia étnica y cultural, fue aceptado y a la par repudiado desde entonces hasta ahora. El odio se trastocó en amor, en una profundidad teológica y dogmática poco aplicada en aquel entonces y en nuestro tiempo. Aun así, el discurso del amor caló hondo en la población, muchos dejaron padres, hermanos y familia, posesiones, tierras y dinero, y lo dieron todo, como dice el evangelio. Lo dejaron todo en una suerte de comunidad de ayuda a los huérfanos, viudas y desposeídos, y siguieron a los pescadores. Otros tantos siguieron la línea política libertaria y llevaron sus reclamos hasta las Guerras Judías del 66-73 que devinieron en la destrucción del Templo como narra Flavio Josefo.

Cubierta del libro El cristanismo orígenes

Esta etapa es maravillosa en el sentido de que el naciente cristianismo propició varias escuelas, muchas veces enfrentadas entre sí. De hecho, la enseñanza de Pablo, el apóstol de los gentiles, conocido como paulina, es la que terminará imponiéndose gracias a su apertura hacia los gentiles y su desvinculación con los aspectos más extremos de la ley judía como la circuncisión. Por eso la importancia de la conversión de Saulo de Tarso, quien, en su camino a Damasco, es sorprendido por el Nazareno y llamado a ser su más ferviente seguidor y difusor. Por ende, las Cartas escritas por San Pablo destinadas a las primeras comunidades cristianas constituyen una parte amplia y fundamental del Nuevo Testamento. Resaltan de entre ellas, las Cartas a Corinto que detallan el amor de Dios como un carisma que permite superar la fragmentación comunitaria, a los Gálatas, que enfrenta la Ley judía a la fe en Cristo, y a los Romanos, que sintetiza la teología paulina. De hecho, se puede sugerir que Pablo es el constructor intelectual y cultural del cristianismo (Endara, 2023). En ese sentido, los debates teológicos sobre la divinidad de Jesús, la divinidad de María, la trinidad evangélica, el Espíritu Santo y la naturaleza de su persona fueron amplísimos y en ocasiones, llevaron a extremismos especialmente durante los siglos II, III y IV. Estas diferencias fueron ampliándose al punto en que se crearon verdaderas sectas denominadas herejías desde la postura oficial; aunque en realidad serían credos alternativas o dogmas otros. Estas prácticas fueron limadas por diversos obispos denominados apologetas o apologistas, esto significa que a través del púlpito o los escritos polemizaron con las ideas de su época, con los rivales dogmáticos y con el poder imperial para desterrar estas herejías y constituir un corpus teológico único. Esto se consiguió a través de los siglos gracias a los concilios ecuménicos que agruparon a los obispos de su época para que, iluminados por la palabra, interpreten la voluntad divina.

A los apóstoles, les sucedieron los Padres Apostólicos. El capítulo dos explica los contextos, la prédica y las gestas de tres de ellos: San Clemente Romano, San Ignacio Magno y San Policarpo; tres figuras que, según la tradición, conocieron, aprendieron y convivieron con los doce escogidos. A ellos le sucede la era martirial, caracterizada por las constantes persecuciones, encarcelamientos y vejaciones que recibieron los cristianos. Fueron cerca de tres siglos de persecuciones locales, intermitentes y desiguales propiciadas en mayor medida por Roma y sus diversos aliados. Aunque se conoce que el cristianismo aumentó la cifra de muertos y el rigor de las persecuciones, también se recuerda a varios emperadores infames precisamente por su violencia y sed de sangre. De entre ellos, uno de los más recordados es Nerón, quien después del incendio de Roma acaecido en su periodo, culpó a los cristianos y los utilizó como un chivo expiatorio para lavar la corruptela política y moral del régimen. Las acciones de Nerón se inmortalizaron en diversos formatos literarios y cinematográficos siendo una cúspide de estas representaciones la publicada en 1896 por el polaco Henryk Sienkiewicz titulada Quo Vadis. La obra literaria, extraordinaria en magnitud, en su apuesta teológica y en contextualización histórica, describe la llegada del cristianismo a Roma, además de su propagación entre los ciudadanos que aceptaron dichosos convertirse en mártires. La trama, por supuesto, se adereza por un amor prohibido entre una cristiana y un centurión romano que, como no podía ser de otra manera, como Cornelio, termina convirtiéndose en seguidor del Nazareno. Sin embargo, más allá de recreaciones ficcionales modernas, la tradición consigna cientos de mártires castigados, encarcelados, obligados al trabajo forzado, crucificados, enfrentados a fieras, desollados o quemados vivos bajo órdenes de Domiciano, Trajano, Marco Aurelio, Septimio Severo, Decio, Valeriano y Diocleciano.

En ese sentido, mientras la historia resalta la crueldad romana, el cristianismo destaca la templanza, el estoicismo, la entrega, el goce con el castigo, la humillación y la violencia sufrida por responder a una fe. Convertirse en mártir, es decir morir debido a las creencias religiosas es, desde entonces, considerado prueba de heroísmo y valentía. Así, Jesús Simón plantea que este sufrimiento fue una prueba de resistencia que reafirma un orden sobrenatural en la expansión y supervivencia del cristianismo. Fue, en su interpretación, una prueba necesaria de la cual el movimiento salió fortalecido y se consolidó desde sus bases hasta alcanzar al propio emperador Constantino. Por supuesto, no todos los cristianos fueron mártires y si el movimiento sobrevivió significa que a la par se utilizaron estrategias de ocultamiento, omisión, negociación y apostasía. En tanto Constantino, luego de soñar con la Cruz de Cristo como el estandarte de su victoria bélica y civil según indica la tradición, propició el alto al fuego y la conversión de un imperio pagano a través del primigenio Edicto de Tolerancia (311) al que le siguió el Edicto de Milán (313). Después, gracias a Teodosio y a los concilios, Roma emergió como el centro de la iglesia cristiana católica de Occidente. En oriente, a la par, se desarrollan los monacatos; es decir, la figura del sabio que lo dejó todo y que siguiendo a Cristo se internó en el desierto en penitencia, ayuno y adoración. Fueron diversos anacoretas quienes infundieron el ejemplo de la vida monacal, siendo los más famosos: San Pablo el ermitaño (no el apóstol), San Antonio Abad, San Pacomio y San Basilio. Si bien se los agrupa como padres del desierto, existieron diferencias sutiles entre los anacoretas o eremitas individuales y los cenobitas de vida comunitaria. Fue precisamente San Basilio quien estableció las primeras reglas, los hábitos de austeridad y cuidado, pero también el amor al trabajo y a la oración. Dichas reglas serían trasladadas a Occidente gracias a los monjes benedictinos algunos años después.

Contracubierta del libro El cristanismo orígenes

En poco menos de dos siglos, la iglesia se expandió por Oriente y Occidente en un proceso gradual y heterogéneo. Este fue un terreno nebuloso y pantanoso en donde las tradiciones se estaban inventando. En estos primeros siglos se escribieron los evangelios oficiales entre finales del Siglo I e inicios del Siglo II, y los apócrifos entre el Siglo II y el IV. También se difundieron las cartas y otros documentos del cristianismo primitivo de los cuales se han encontrado restos, fragmentos o se tiene noticia de su existencia por haber sido citados en textos posteriores. Asimismo, muchos sabios expusieron sus doctrinas, muchas veces contradictorias, lo que como indicamos fue denominado herejías. A pesar de que la visión de Jesús Simón es enlazar la herejía con la soberbia y la mala vida, muchas de sus proponentes fueron referentes y ejemplos de vida intelectual y moral. No se trata entonces de que la escuela paulina, a la postre triunfadora y sobreviviente sea la verdadera, se trata de que ganó en la arena política y religiosa y condenó a las demás. Estas otras, no siempre sanguinarias ni depravadas, estaban en ocasiones cercanas a la gnosis, otras estaban reservadas para el pueblo judío, otros ensalzaban la divinidad de Jesús mientras otros lo convertían en humano sabio pero mortal. Estos conflictos se limaron en diferentes concilios, siendo los siete primeros los que sembraron las bases de la teología católica moderna. De entre estos se suele comentar el de Nicea (325) que estableció el credo cristiano, la divinidad de Jesús y del Espíritu Santo y que se enfrentó a Arrio y sus seguidores; y el de Éfeso (431) que estableció la divinidad de María. Para el catolicismo, los cismas de Oriente y Occidente, es decir la separación de los ortodoxos y de los protestantes respectivamente, representan otras instancias de herejía que se escapan al marco temporal propuesto en este volumen.

Para cerrar la edición, Jesús Simón contextualiza la vida y la obra de algunos de los padres de la iglesia: Tertuliano el apologeta quien introduce categorías jurídicas romanas al cristianismo, Orígenes el sabio, maestro, catedrático y filósofo de la escuela de Alejandría, San Juan Crisóstomo embanderado de las vocaciones y la ordenación sacerdotal, San Jerónimo doctor de las Sagradas Escrituras y traductor de la edición vulgata en latín, San Ambrosio defensor de la unicidad de la iglesia, San Agustín de Hipona modelo de arrepentimiento y conversión, y Prudencio, el gran poeta del cristianismo que fusionó la fe a las formas poéticas latinas. A todos estos, también le sumaría Eusebio como el máximo historiador del cristiano antiguo quien es frecuentemente citado al momento de referirse a las tradiciones sobre los mártires y los padres de la iglesia. Cada una de estas figuras se merece un altar en la historia del catolicismo siendo mis favoritos Orígenes, por su conexión filosófica con el pensamiento griego, y Agustín de Hipona por sus vicios, su carnalidad y su manera de renunciar a todo por seguir a Jesús. Para esta obra, todos estos acontecimientos son la voluntad de Dios ejerciéndose y la humanidad respondiendo a esta voluntad. Por eso, para muchos cristianos la historia no es otra cosa que el cumplimiento de los designios de Dios en camino para establecer su reino de paz eterno. Para la academia, sin embargo, se trata de contextos históricos, sociales, políticos y culturales que devinieron en el triunfo de una forma de pensamiento filosófico, religioso y espiritual sobre formas derrotadas en cada momento y situación histórica. Entonces se crea una tensión política e histórica: ¿Está la historia predestinada por alguna voluntad divina o la construimos los seres humanos?

Creo que la construimos personas de carne y hueso con intereses personales, afectivos, económicos, sociales, culturales y políticos. Por eso, no se trata de probar la existencia de Jesús o la verosimilitud de sus relatos o de los evangelios, se trata de verificar cómo un corpus narrativo, encausado por el poder, pudo establecer una estructura social jerarquizada que controla, limita y violenta; pero a la vez restaura, sana, libera. En ese sentido, la iglesia católica no es un legado de Cristo porque Jesús no fundó ninguna iglesia, es más bien un legado de lo hombres y mujeres que, siguiendo las enseñanzas del nazareno propusieron reglamentos, mitos y narraciones en contraste con otras. Al final, triunfan unas y se descartan otras en un proceso que continúa sucediéndose, pues la fragmentación es la norma de las sectas protestantes. Para concluir, vale recordar que más allá de dogmas, tradiciones, victorias, política o poder, algunas ideas del cristianismo son útiles, practicas e imprescindibles. Amar a tu prójimo como a ti mismo, no necesitamos nada más. Existen muchos cristianos, pero muy pocos practican este amor, este perdón, esta bondad; porque al final, poco importa tener a Cristo en el corazón (su figura, sus rezos, su devoción), lo que importa es tener amor, mucho amor para dar y compartir. Eso es Cristo. Amémonos los unos a los otros.

Bibliografía

Endara, F. (10 de Mayo de 2023). La literatura es el origen. Obtenido de Blog de la Universidad Indoamérica: https://blog.indoamerica.edu.ec/resenas/la-literatura-es-el-origen/

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