“Maldita sea, Cali es una ciudad que espera, pero no le abre las puertas a los desesperados”.
Andrés Caicedo (Piel de Verano).
Andrés Caicedo es un ícono de las letras hispanoamericanas. Es el arquetipo del infante terrible tropical, o caleño para ser más preciso. En la actualidad, su obra podría ser ubicada en el gótico tropical, por recrear ambientes turbios atravesados por personajes jóvenes (casi niños) signados por la depravación y la ruina, por difuminar los límites de la realidad y convocar pesadillas en formas vampíricas, caníbales u otras criaturas, y, por conectar estas situaciones con la cultura pop trópico-caleña. Sin embargo, Caicedo es mucho, mucho más.
Su tránsito por la vida fue fugaz, vivió como quien tiene sus días contados experimentando todo con meticulosidad. Combinando el desenfreno con la disciplina para crear regímenes y calendarios de lectura, de escritura, de observación de películas, y cómo no, de rumba aderezada por cuanta sustancia psicotrópica se pueda conseguir en la pachanga colombiana. Por supuesto, la muerte de Caicedo fue un sacudón y quizá, para muchos es la faceta más interesante del autor: su premeditada partida. Y con ella su mensaje, el que resuena en ¡Que Viva la Música!, vivir y morir joven, probándolo todo atravesado por la salsa y el rock and roll. Juventud y cultura pop, anglo y colombiana, cinefilia y melomanía se entretejen en cada historia del autor. Así, sus lectores recordamos que quizá no hay nada más espléndido y efímero que la juventud, que se escapa como agua entre los dedos; pues casi no nos damos cuenta y llegan los aniversarios, veinte o veinticinco años de tal álbum, el que marcó el verano vital. Por otra parte algunos críticos, muy lúcidos, conectaron la novela con la africanía, con la oralidad y las tradiciones populares que resaltan en una ciudad racista, desigual y poética en medio de los cabellos de María del Carmen Huertas. Sin embargo, de nuevo, Caicedo es mucho, mucho más. Su uso del lenguaje es estético, popular e innovador pues recrea las formas orales desde la forma escrita, sin preocuparse de normas o cárceles léxicas. Este lenguaje es su universo poético, juguetón pero violento a la par, es su forma de habitar la literatura creando un espacio estrictamente caleño; y es que leer a Caicedo es caminar, por un ratico pues, por las calles del Cali de los sesenta/setenta. Nadie como Caicedo logra hacernos sentir el olor a caña, tabaco y brea que desprende esta región geográfica convertida en región literaria. Entonces Caicedo es región literaria, poética urbana, gótico tropical, juventud abigarrada, conciencia social, bibliofilia, cinefilia, melomanía y mucho, mucho más.
La obra de Caicedo es vasta, prolífica, diversa, polifacética. Abundan los cuentos, las cartas, las obras teatrales, la crítica cinematográfica y las reseñas literarias; existen un par de cuentos largos o novelas cortas, además de poesía. No se ha publicado todo lo que escribió Andrés debido a que los materiales originales son extensos y confusos. Existen varias versiones del mismo cuento, con finales diversos, con personajes añadidos, con escenas extra. Además, varios relatos integran a personajes que aparecen en otros relatos, como si fueran episodios fragmentarios e inconexos de intentos de novela, o mejor aún, como si un personaje secundario se escapara de un cuento para protagonizar su propia historia. Entonces la compilación se dificulta. De todas formas, existen volúmenes valiosos que entregan la obra de Caicedo prologada y ordenada para una mejor comprensión de sus lectores. Es el caso de la edición “Destinitos Fatales”, publicada en 1984 por Oveja Negra en la colección Biblioteca de Literatura Colombiana. Editada por Luis Ospina, amigo, cineasta y compañero de Caicedo desde su época en el Cine-Club de Cali, y por Sandro Romero, uno de sus más fervientes lectores; el libro funciona como un tríptico que contiene, además de un prólogo: a) los relatos de Cali-calabozo, b) las historias para jovencitos o Angelitos Empantanados; y c) la novela corta Noche sin Fortuna. En el prólogo, Romero Rey & Ospina (1984), comentan la dificultad al realizar la edición, pues encontraron diversas versiones de los cuentos, teniendo que escoger la que ellos consideraron más lograda. Así, dieron forma a la primera parte titulada: “Cali-calabozo”. Se cuenta que el propio Caicedo tuvo la intención de publicar sus relatos bajo este título (Romero Rey & Ospina, 1984), por tanto, se siente la estela del autor, más allá de las decisiones editoriales tomadas.

Esta versión de Cali-Calabozo contiene 15 relatos escritos entre 1969 y 1972, se trata de cuentos protagonizados en mayor medida por hombres y mujeres adolescentes, entre los doce y quince años. Personajes que provienen de clases acomodadas y que, por diversos motivos, han roto relaciones con sus padres o sus entornos para encausarse en un delirio de sombras. Seres humanos habitados por la nostalgia, estudiantes del San Juan Berchmans, caminantes de la urbe y admiradores de diversos elementos de la cultura pop. Son sujetos signados por la derrota, que llevan destinitos fatales desde la primera letra del relato. En varias ocasiones se repite una estructura en donde, el narrador se levanta con cierto letargo en la mañana, observa el paisaje y empieza a reflexionar en cada uno de sus pasos y situaciones. De modo que el tiempo se ensancha, se expande, funciona como un contrapunto de timbales que completa el relato, mientras las acciones, casi siempre conducen a la ruina o la depravación, muchas veces, en compañía de mujeres carnívoras o caníbales que llevan en su boca la vagina dentada de la muerte y el placer. Otras veces, sus personajes, como Clarisolcito, se conducen en busca de la música, del cine, de la pelea, de la soledad, o de alguna obsesión a cualquier costo, perdiéndolo todo, sacrificándolo todo. Eso sí, cavilando inmensamente en cada ocasión. El volumen abre con “Infección” una muestra del talento adolescente del autor que empieza a crear un tono de escritor maldito. Después en “Por eso yo regreso a la ciudad”, encontramos un narrador encerrado, casi en aislamiento que contempla la ciudad. Nótese que casi siempre sus narradores son protagonistas de los relatos, no existe la narración en tercera persona ni la omnisciencia tradicional. En “Vacío”, aparecen Angelita y Miguel Ángel, jóvenes de clase acomodada que se muestran, una y otra vez en sus historias creando una saga propia, la cual aparece en la segunda parte del tríptico de esta edición. El relato “besacalles” contiene una extraña belleza y violencia, al retratar, siempre en primera persona, la experiencia de un travesti que propicia encuentros clandestinos que no siempre llegan a feliz término. Muchas veces, los hombres se escandalizan al observar, debajo de la falda, unos testículos adolescentes. Este relato está basado, según indica el prólogo, en un famoso habitante de Cali quien murió en extrañas circunstancias.
Después, el relato “De Arriba a Abajo de Izquierda Derecha”, que tiene múltiples versiones, es un retrato irónico de dos muchachos que buscan algún sitio donde empiernarse, buscando algún recoveco donde puedan amarse, lo más pronto posible, pues el narrador debe estudiar para un examen de química. “El Espectador” es un cuento sobre un man que contempla cine y que entiende aquello que nadie más; pero no puede conversarlo con nadie, sabe que tiene que callarse. “Felices amistades” inicia la etapa criminal del autor, aquí tenemos las conversaciones entre jovencitos que se envuelven en el hampa, por gusto, necesidad, satisfacción e incomprensión. El cuento “Lulita que no quiere abrir la puerta” parece una versión primitiva de “Los Dientes de Caperucita”, relato premiado y de escritura compleja, muy cercano a la belleza de la oralidad, en donde, al igual que en “Berenice”, brota la mujer devoradora y la extraña filia de los protagonistas de disfrutar al ser mordidos por unos blancos dientes o hurtar una dentadura amarillenta. “En las garras del crimen”, es una especie de thriller contado por un maestro de literatura, uno de sus pocos personajes adultos, que surge esta historia cercana a un divertimento cuyo fondo es la venganza. “Patricialinda” es otro de esos relatos en donde el narrador reflexiona muchísimo, a partir de muy pocas situaciones; aquí aparecen algunos retazos de sus personajes emblemáticos Angelita y Miguel Ángel. “Calibanismo” es una pieza excelsa que al parecer era parte de su novela Antígona, publicada bajo el nombre de “Noche sin fortuna”. En este texto se analiza las actitudes y gustos por la carne del personaje femenino que aparece en dicha novela. Este relato resuena con el ecuatoriano Pablo Palacio, que en “el antropófago” (1926) había explorado el tema del canibalismo, bajo la óptica de la mente del criminal. Ambos textos entienden a la antropofagia como una forma extrema del amor. Cierra esta sección “Los Mensajeros”, una extraña ucronía, pues un narrador, antigua estrella de cine recuerda los gloriosos días de Caliwood, cuando el Valle del Cauca se transformó en el centro del séptimo arte continental. Y, casi como un epílogo, se encuentran tres textos “destinitos fatales”, surgidos originalmente en la revista Ojo al Cine, impresa por el Cine-Club de Cali, en medio de indagaciones sobre Polanski y el género del horror. Para los compiladores, toda la obra de Caicedo puede resumirse en destinitos fatales, aún más, su vida estuvo signada por la tragedia, por un destino fatal llevado a término con sus propias manos (Romero Rey & Ospina, 1984).
La segunda parte del tríptico “Ángeles empantados o Historias para jovencitos” es un retablo de relatos que pueden ser leídos como una novela perspectivista y polifónica. Se trata de tres cuentos entrelazados protagonizados por Angelita y Miguel Ángel. Dos jóvenes caleños de buena posición económica, que son retoños de familias acomodadas, que tienen toda la vida por delante. Sus nombres son su destino, dos ángeles, dos nínfulos, dos criaturas abriéndose a la vida, dos personajes que atraen miradas por ser enigmáticos y bellos. Muchachos divinos, estereotipos de la burguesía, limpiecitos, portadores del amor en estado virginal (Romero Rey & Ospina, 1984). En el primer relato “El pretendiente”, encontramos a un narrador que nos habla desde el encierro de una habitación, con una perspectiva de quien recuerda con nostalgia sus tristes días. Así, este personaje, al igual que los otros, lleva la marca de haber atravesado la desgracia, lo cual contrasta con su edad, pues parece que los personajes lo han sufrido todo en un cortísimo periodo de vida. El pretendiente recuerda su encuentro con Angelita y el rechazo que sufrió cuando se le declaró. De todas maneras siguieron viéndose como amigos, pero la muchacha estaba enamorada de su nuevo novio Miguel Ángel. Esta relación se explora en el segundo relato, que es homónimo “Angelita y Miguel Ángel”, narrado a dos voces, ella le implora, lo anhela, lo espera. Pero él, recíproco al inicio, cae en los brazos de una meretriz fascinante, la propia Berenice, que tiene su propio cuento; así vemos como se integran los diferentes personajes como si fueran todos habitantes de esa Cali literaria que Caicedo configuró. El final se advierte trágico en “Tiempo de la Ciénega”, pues los muchachos caminan rumbo a los arrabales en donde el encuentro con los barrios populares y la evidencia de la inmundicia les conducen al desmoronamiento. Angelita y Miguel Ángel se encuentran con unos muchachos marginales, con quienes habitan en el infierno sin desearlo; no como ellos, blanquitos, taciturnos por nada. Esto desencadena la violencia pues los arrabaleros no soportaron tanta blanquitud, tanta imposibilidad, tanta muchacha hermosa, mientras ellos, empobrecidos causan asco. Fue demasiado, acabaron con ella manchando la virginal blancura de la calle con rojo muerte. Según la crítica, este es el mejor relato del volumen por incluir un choque de clases vehemente, por ello, se ha publicado en otras antologías del autor o de literatura caleña.

El final del tríptico es la novela “Noche sin fortuna”, frase tomada de una canción de los Panchos, que dice: “le diste luz a mi vida, en mi noche sin fortuna, como un rayito, claro de luna”. Aquí, los personajes principales son los secundarios de los angelitos empantanados. El narrador protagonista es Solano Patiño, que ya había aparecido en otros relatos casi como una figura al fondo. Acá se exploran las complejidades de este niño atroz, enfermo del estómago e introvertido. Patiño debe acudir a una fiesta, pero casi no quiere, preferiría quedarse con su madre en una relación casi edípica. Pero debe salir para encontrarse con su amigo Danielito Bang. La fiesta es el cumpleaños de la quinceañera Angelita, la misma que después morirá en “Tiempo de la Ciénega”. Después de deambular y reflexionar por horas en las calles vacías, Solano llega a la fiesta donde se pone malo, no encuentra a su amigo y, cuando al fin lo hace, este desaparece y reaparece con una mujer mayor. Se trata de Antígona, de hecho este era el nombre original de la novela incompleta, que incluía voces polifónicas y varios de los relatos ya indicados. Esta mujer tiene la vagina en la boca, da placer y muerte al mismo tiempo. Entonces Solano será secuestrado por Antígona, y él con gusto se entregará a sus dientes, mientras recuerda a su madre, siendo víctima de la depravación. Solano es un personaje marginal, no por su círculo social o sus posibilidades económicas; lo es por su manera atorrante de obsesionarse, por la forma en que se interna en la noche para, como en una alucinación, ver las olas del mar sobre la urbe esperando a la mujer caníbal que lo liquide y lo precipite a su destinito fatal.
Como se aprecia, la obra de Caicedo es vasta y compleja. Además de sus relatos y novelas, se ha publicado su correspondencia y su crítica de cine “Ojo al Cine”. Por fortuna, la mayor parte de sus ediciones han sido supervisadas por Luis Ospina y Sandro Romero, quienes se volvieron los custodios de los manuscritos originales, junto a la hermana del poeta. En la actualidad, Caicedo sigue siendo leído y descubierto por las nuevas generaciones que encuentran en el caleño el espíritu de una época y de la juventud. Caicedo siempre será joven. Sus temas, personajes y situaciones refieren a la adolescencia perdida y violentada, una etapa vital, cada vez más infantilizada, escéptica y conservadora. En efecto, en los últimos años, los jóvenes han dejado de ser ese grito que desafía las normas para ser esos moldes dispuestos a servir al mejor postor. Se han entregado al entretenimiento viral y virtual para buscar la satisfacción instantánea, de modo que lo pesadillesco, lo marginal y el arrabal van quedando de lado. Quiero decir que los jóvenes que antaño se rebelaban ante los sistemas opresores, ahora se entregan sumisos a la maquinaria. Es casi como si el mundo feliz los hubiera capturado. Las tendencias en las redes muestran un temor ante los excesos y una búsqueda de fortalecimiento de las verdades sólidas que la postmodernidad intentó difuminar. Y es que pareciera que después de la pandemia al haber perdido casi todas las certezas, los adolescentes quieren recuperar dichas certezas fortaleciendo valores como la familia, la fe, la tradición o el orden. Así, leer a Caicedo es desordenar esa adolescencia cooptada por los poderes, es sacudir a esos jóvenes para vociferar en su rostro: la vida es corta, pruébalo todo, arriésgate, no tengas miedo, total todos moriremos. Pero morir joven, adulto o geriátrico no es el asunto, la muerte no es el asunto; la vida lo es. Lo importante es vivir siempre joven, recordando que la edad es solo un número, y que, a pesar de todas las advertencias de los medios y las redes, deberíamos llegar al final del camino como un bólido semidestruido por habernos atrevido a conducir a través de todas las carreteras, aunque a veces haya dolido. Y es que las nuevas generaciones no saben lo que fue el 23; más bien aplauden el fuego, la quema, la violencia, celebran la muerte de quien piensa, siente o vive diferente, alaban a ese líder fuerte que quiere ordenarlo todo; en cambio nosotros seguiremos bailando en medio de las llamas, escuchando a Mick Jagger, desordenando y expandiendo el espíritu de Caicedo y del 23 a tantos oídos sordos. Se me olvidaba, ¿Si Caicedo es el abuelo del gótico tropical, Palacio es el abuelo del gótico andino?
Bibliografía
Romero Rey, S., & Ospina, L. (1984). Invitación a la noche. En A. Caicedo, Destinitos Fatales (págs. 9-25). Bogotá: Oveja Negra.
