Zelig es el hombre camaleón, el que se adapta a las circunstancias, el que se transforma según los escenarios y fluye según el correr del viento. Zelig es una metáfora de la pérdida de la identidad individual sustituida por la identidad de masas. Es un dispositivo narrativo que critica la modernidad y que con la llegada de la hipermodernidad ha complejizado sus lecturas. La hipermodernidad corresponde a nuestro tiempo repleto de pantallas, de artificios y sistemas de generación de lenguaje, en donde buscamos formas de desconexión imposibles. Zelig es un mockumentary o falso documental rodado y protagonizado por una de las figuras más controversiales del cine de finales del siglo XX e inicios del siglo XXI. Es que vale preguntarse si Woody Allen, que bien podría ser el propio Zelig ¿es un depredador camuflado en el traje de un cineasta de prestigio? Por supuesto, el caso Allen es complejo y polémico puesto que divide posiciones de las audiencias que se ven enfrentadas a dilemas jurídicos, mediáticos, éticos y artísticos. La cuestión nos recuerda una de las más antiguas preguntas del mundo del arte: ¿Se puede/debe separar a un autor de su obra? A favor y en contra existen argumentos y contrapuntos, y más allá de decantarse por una u otra vía, conviene recordar que cada situación es diversa y sujeta a múltiples interpretaciones por lo que no existe una escapatoria sencilla a este laberinto. De esa manera, volver a Woody Allen es recordar que, en nosotros, seres mortales, cabe el dios y el demonio en la misma palma de la mano. Quiero decir que, aunque se condene al autor, siempre conviene retornar a su obra para cuestionar, replantear o confirmar. En este caso, se trata del guion cinematográfico de Zelig, publicado después del estreno de la cinta por el sello Tusquets en 1984 en su colección Cuadernos Ínfimos. La edición es impecable y se acompaña con fotogramas de la película lo que convierte al libro en un artefacto estético e histórico valioso entre coleccionistas y bibliófilos.
El falso documental recrea con ironía y rigurosidad la vida de un ficticio personaje histórico llamado Zelig, cuya característica es su habilidad para camuflarse acorde a los sujetos que le rodean. De modo que Zelig cambia su apariencia física, su personalidad, sus pensamientos, incluso su identidad para adaptarse a su entorno. La cinta tiene un lenguaje de documental que utiliza material histórico real editado para insertar en el material de archivo a los actores. Así, Allen aparece como Zelig invitado a varios acontecimientos históricos de escala mundial como la era del jazz, el ascenso del nazismo y la segunda guerra mundial. Esta divertida técnica resultó una innovación debido a su manipulación artesanal previa a la era digital y que ha sido replicada en varias películas con distintos objetivos. Además, Allen moviliza otros artefactos narrativos como la entrevista a expertos, la narración en off de modo extradiegético, testimonios ficticios, envejecimiento artificial de escenas con actores, reconstrucciones cinematográficas y un tono académico para dotar de verosimilitud y autoridad discursiva a su documental ambientado en los años 20 y 30 del siglo XX. Zelig es narrado desde una multiplicidad de voces en una polifonía similar a unos archivos orales o mediáticos ficcionales e idéntica a los documentales verídicos creando situaciones hilarantes, sarcásticas y críticas.
Sin embargo, más allá del distintivo humor ácido de la primera etapa de Allen y de las virtudes técnicas de su película, su argumento resalta por mostrar una de las facetas más irónicas de la modernidad. Se trata de su reflexión sobre la identidad, aquella cuestión inherente a cada persona que se desplaza entre una esencia vital y/o una construcción social. Por ello, la identidad es algo que se mantiene y que se transforma a la par. La identidad, que alguna vez estuvo signada por conceptos absolutos, fue fragmentándose y subjetivándose con la modernidad mientras la postmodernidad terminó por estallar una bomba que convirtió toda estabilidad en un fluido, en palabras de Lyotard (1987) se acabaron los grandes relatos. Así, vivimos en la era de los flujos, las fluctuaciones, las complejidades. Desde la dramaturgia social postulada por Goffman (1959) se interpreta a la vida social como un teatro en donde los humanos ejecutamos papeles. Y Zelig es ese actor que cambia de papel y se adapta a cualquier rol para ser parte de una masa cohesionada; es una máscara sin telón de fondo. Y esta masa no es otra que el individuo alienado y capturado por las industrias culturales, una masa de Zeligs, como presagiaba Gramsci (1981).

Si recordamos a McLuhan y sus ideas sobre el medio y el mensaje, veremos que la postmodernidad transforma la percepción para convertirnos en objetos de consumo y consumirnos unos a otros. El camaleón ya no busca adaptarse, busca producir (Han, 2012). Incluso sobreproducir porque en nuestros días de Inteligencia Artificial parece que todo está hecho y resuelto. Y aún así, seguimos inmersos en tareas repetitivas y absurdas. Es que Zelig está cercano al existencialismo y a la literatura del absurdo en el sentido en que revela que su protagonista no es la excepción; sino la norma. Así como el estado de excepción se convirtió en la norma (Agamben, 2010), la indefinición caracteriza la postmodernidad. Oscar Wilde lo anticipó con su bellísima frase: “definir es limitar”. Así, la identidad humana desbordó sus límites para atravesar toda frontera, no solo la del género; sino también la de la tecnológica y la de las especies biológicas. Así, Zelig podría ser leído casi como un Therian cuya animalidad no es otra que la del ser humano conformista y ralentizado. Así nos quiere el poder, entumidos, miedosos, repetitivos. Durante la obra, el camaleón humano se cura merced a los tratamientos de la doctora Eudora Fletcher, quien con paciencia, esmero y amor consigue que Zelig mencione sus propias opiniones separándose de la manada. Aunque al poco tiempo el protagonista retoma el vicio de las transformaciones, al final logra una vida feliz equilibrando lo ajeno y lo propio.
Esta obra ha sido interpretada y reinterpretada acorde a la óptica de los intérpretes, pero también debido a los contextos sociales, culturales y políticos. En su momento la obra fue recibida con aplausos por su ironía, humor fino, desarrollo técnico y crítica social, sin embargo, en la actualidad, parte de la crítica cuestiona esos méritos debido a los problemas de la vida de su autor. Por supuesto, Allen es incómodo y refleja como una obra puede ser reinterpretada cuando cambian las coordenadas de análisis para su autor. Más allá, la modernidad tecnológica del siglo XX dio paso a la posmodernidad líquida (Bauman, 2006), vigilada y artificial del siglo XXI lo que cambió, de nueva cuenta, la interpretación de Zelig. Si antaño algunas de sus reflexiones se encaminaban al peso de la dimensión individual, al valor de la opinión propia y al estimulo para desafiar las homogenizaciones, hoy dichas reflexiones se tensionan pues han cambiado los dispositivos que nos permiten mediar con el mundo. Así, en la actualidad la dimensión individual está borrada y hegemonizada por inteligencia artificiales que vacían de sentido la palabra, por redes virtuales que erosionan el sentido de la experiencia y por videos cortos que disuelven el sentido del arte y del humor. Parece que todo queda vaciado y nos quedamos con el recipiente/representación (Debord, 1999). Zelig es incurable hoy porque el amor no es estable, ni generoso ni trabajado; es caótico, líquido, de a ratitos. Zelig es incurable porque el mundo contemporáneo no quiere sujetos estables, quiere trabajadores Zelig/camaleones que puedan intercambiar funciones, horarios y competencias a gusto del dueño o del jefe, cobrando lo mismo, o cada vez menos.
Sí, el peso de las acusaciones de Allen es imposible de ignorar y, aunque existan disyuntivas legales, es difícil no reparar en la violencia machista y sistémica asociada al abuso de poder en los círculos de entretenimiento mediático. Pero, esta reseña es más sobre nosotros -sujetos contemporáneos- que sobre Zelig o Allen, es recordarnos que “el camaleón” antaño combatido, hoy es deseado. Juzgamos a Allen pero habitamos a Zelig.
Bibliografía
- Agamben, G. (2010). Homo sacer. El poder soberano y la vida desnuda. Valencia: Pre-textos.
- Bauman, Z. (2006). Vida Líquida. Buenos Aires: Paidós.
- Debord, G. (1999). La sociedad del espectáculo. Valencia: Pre-Textos.
- Goffman, E. (1959). La presentación de la persona en la vida cotidiana. Buenos Aires: Amorrortu.
- Gramsci, A. (1981). Cuadernos de la Cárcel 1-5 (1929-1932). México DF: Ediciones Era.
- Han, B.-C. (2012). La sociedad del cansancio. Barcelona: Herder.
- Lyotard, J.-F. (1987). La condición posmoderna: Informe sobre el saber. Madrid: Cátedra.

Excelente!!
Nunca dejo de aprender.
Felicitaciones!!👌